Mientras Tanto

Capítulo Especial III -Antes de que doliera

Teo

Hay personas que llegan a formar parte de tu vida de una manera tan natural que nunca te preguntas qué harías si algún día ya no estuvieran.

Simplemente están.

Como el ruido de las llaves de tu padre entrando por la puerta.

Como la voz de tu madre llamándote desde la cocina.

Como los pasos apresurados de tu hermana por el pasillo.

Como escuchar tu nombre completo todas las mañanas.

Theodore.

En aquel entonces no sabía cuánto podía llegar a doler una palabra.

---

—Theodore.

Abrí un ojo.

—Theodore.

Me tapé la cara con la almohada.

—Theodore, son las siete y media.

—Cinco minutos. —respondí.

—Dijiste eso hace diez minutos. —aseguró mi padre.

—Entonces otros cinco. —insistí.

Escuché una risa al otro lado de la puerta.

—Vas a llegar tarde a la universidad.

—No voy a llegar tarde.

—Tu profesor de estructuras piensa que todos los estudiantes deberían aprender a llegar antes que él.

Me incorporé de golpe.

—¿Las siete y media?

—Siete treinta y dos.

—¡Papá!

La risa de Robert, mi padre, llenó el pasillo.

—Te espero abajo, Theodore.

Y se fue.

Me quedé sentado en la cama, despeinado, con una maqueta a medio terminar sobre el escritorio y varios planos regados por el suelo.

Arquitectura.

Había noches en las que me quedaba despierto hasta las tres de la mañana dibujando líneas que probablemente tendría que borrar al día siguiente.

Y aun así me encantaba.

Me encantaba la sensación de comenzar con una hoja en blanco y terminar con algo que antes solo existía dentro de mi cabeza.

Me levanté, me puse lo primero que encontré y bajé las escaleras.

Eloísa ya estaba sentada en la mesa. Tenía catorce años y una habilidad extraordinaria para hacerme perder la paciencia antes de las ocho de la mañana.

—Pareces muerto —dijo.

—Buenos días para ti también.

—Mamá dijo que anoche otra vez te quedaste despierto hasta tarde.

Miré a Marianne, mi madre.

—¿En serio?

—No dije nada malo. —dijo mientras dejaba una taza sobre la mesa.

—No dije que fuera malo.

—Entonces no pongas esa cara. —respondió.

Me senté frente a Eloísa.

—¿Qué cara?

—Esa.

—¿Cuál?

—La de estudiante de arquitectura que cree que dormir es opcional.

—Yo sé que tengo razón. —Eloisa sonrió.

—Eso es lo peor.

Robert apareció desde la cocina con un plato en la mano.

—¿Ya están discutiendo?

—No —respondió Eloísa.

—Sí —dije al mismo tiempo.

Mi padre soltó una carcajada y dejó el plato frente a mí.

—Come.

—No tengo hambre.

Robert levantó una ceja.

—Theodore.

—Está bien. —suspire.

Ese era su truco.

No necesitaba insistir demasiado.

Solo decía mi nombre de esa manera.

Como si con una palabra pudiera recordarme que todavía era su hijo antes que cualquier otra cosa.

---

Vivíamos en una casa que no era demasiado grande, pero que siempre parecía estar llena.

Llena de voces.

De puertas que se abrían y cerraban.

De platos sobre la mesa.

De discusiones pequeñas.

De risas que aparecían cuando menos las esperábamos.

Aunque entre mis padres existía una tensión que yo había aprendido a reconocer con los años.

No siempre discutían.

A veces era peor.

Simplemente dejaban de hablarse.

Yo no sabía exactamente cuándo había empezado.

Solo sabía que había días en los que Robert llegaba del trabajo y Marianne apenas levantaba la mirada.

Otros en los que ella desaparecía durante horas dentro de su habitación.

Y otros en los que parecía que todo estaba bien.

Como aquella mañana.

O al menos eso quería creer.

—¿Qué estás haciendo hoy? —preguntó mi padre.

—Tengo clase hasta las cuatro.

—¿Y después?

—Tengo que terminar una maqueta.

—¿Otra?

—Es la carrera que elegí.

—Lo sé. —Sonrió— Solo quería saber si ibas a tener tiempo para cenar con nosotros.

Lo miré.

—Sí.

—Bien. —Robert se sentó a mi lado— Quiero verla.

—¿La maqueta?

—Claro.

—Todavía no está terminada.

—Entonces quiero verla cuando esté terminada.

—No entiendes nada de arquitectura.

—No necesito entenderla para saber si mi hijo está orgulloso de lo que hace.

No supe qué responder.

Bajé la mirada hacia mi plato.

Eloísa nos observaba desde el otro lado de la mesa con una sonrisa pequeña.

—Papá dice eso porque quiere que le diseñes una casa cuando seas famoso.

Robert se llevó una mano al pecho.

—Me has descubierto.

—Lo sabía.

—Una casa enorme —continuó él—. Con una biblioteca.

—¿Biblioteca?

—Por supuesto.

—¿Y para qué quieres una biblioteca si no lees?

—Para fingir que leo.

Me reí.

Marianne también.

Y durante unos minutos fuimos solamente eso.

Una familia desayunando.

Sin enfermedades.

Sin despedidas.

Sin decisiones difíciles.

Sin saber que algún día recordaríamos aquella mesa de una manera completamente distinta.

---

En la universidad, pasé prácticamente todo el día pensando en una estructura.

Una profesora había pedido que diseñáramos un espacio que tuviera un propósito más allá de ser funcional.

Un lugar que hiciera sentir algo.

Me quedé mirando mi hoja durante varios minutos.

Después escribí una palabra.

Hogar.

No sabía por qué.

Tal vez porque para mí la arquitectura siempre había tenido algo que ver con eso.

Con construir un lugar donde alguien quisiera quedarse.

Al terminar las clases, regresé a casa con los planos bajo el brazo.

Encontré a Eloísa tirada en el sofá.

—¿Terminaste?

—Casi.




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