Amar con cicatrices

Capítulo 7

La ducha fue larga, casi innecesariamente larga. El agua caliente de la ducha de mármol con cabezal de lluvia era un lujo que en Maharashtra habría resultado inconcebible. El jabón era de bergamota y neroli, un regalo de Larissa que estaba en el estante desde antes de que él llegara. Se lo puso sin pensar, se lo enjuagó, se quedó bajo el agua con los ojos cerrados y la frente apoyada en el azulejo hasta que el vapor empañó el cristal.

- “Marcel, son las siete y media. Larissa dijo que en el club a las ocho”, llamó doña Florencia dando unos golpecitos en la puerta.

Se vistió con lo primero que encontró en el armario, un traje oscuro de Zegna que le quedaba ligeramente holgado en los hombros. Se miró en el espejo de cuerpo entero del vestidor. El hombre que le devolvía la mirada tenía ojeras profundas y la mandíbula más marcada de lo que recordaba. Parecía un cirujano que acababa de salir de una guardia de treinta horas, no un Batista.

El club estaba en Higienópolis, era un edificio de estilo neoclásico con columnas corintias y un vestíbulo de mármol donde un conserje con guantes blancos recibía a los socios por su apellido. La cena se sirvió en una mesa del comedor principal, bajo un candelabro de cristal de Baccarat.

La mesa tenía ocho lugares. Edvaldo y Florencia ocupaban los extremos. Larissa estaba a la derecha de Marcel, con la mano izquierda sobre el mantel de lino de modo que el solitario de tres kilates capturara la luz del candelabro en cada gesto. Los otros comensales eran los Maggi, el padre de Larissa, Augusto Maggi, un hombre de mandíbula cuadrada y corbatas de seda italiana que importaba caucho del Amazonas; la madre, Bárbara Maggi, que hablaba de la última subasta de Sotheby's como quien describe el menú del día; y un hermano de Larissa llamado Rafael, que vestía un traje Prada y miraba el teléfono debajo del mantel.

La conversación giró como siempre sobre negocios, propiedades, la cotizaciones del real frente al dólar, la última reforma del restaurante D.O.M., el viaje de los Maggi a Saint-Tropez en julio, la nueva colección de Valentino, la fiesta de Fin de Año en el Costa Verde Resort que los Batista patrocinaban desde hacía seis años.

Marcel escuchó en silencio. Comió el ceviche de entrada, el lenguado de plato principal y el crème brûlée de postre sin saborear nada. Su padre discutía de la fusión con el grupo asegurador portugués. Augusto Maggi hablaba de un contrato de suministro con Pernambuco. Florencia y Bárbara hablaban de la decoración floral de la iglesia de la Consolata y Larissa hablaba de todo a la vez, interrumpiendo a su madre para corregir el tono de las servilletas y a su padre para sugerir que el brindis de la boda lo hiciera el senador Motta, que era primo segundo de los Maggi y podía conseguir una mención en la columna social del O Estado de S. Paulo.

En un momento de la velada, Augusto Maggi se dirigió a Marcel.

- “Y bien, muchacho, ¿cómo estuvo esa aventurita en la India? ¿Mucho exotismo?”, preguntó Augusto.

Marcel dejó el tenedor sobre el plato.

- “Fui a trabajar, señor Maggi. No fue una aventura”, respondió Marcel.

- “Claro, claro, trabajo humanitario, muy loable. Pero ya toca ponerse serio, ¿no? La boda, la familia. Ya has jugado lo suficiente a los misioneros”, replicó Augusto.

Larissa le puso la mano sobre el antebrazo. Las uñas, esmaltadas en un rojo oscuro, se clavaron levemente en la tela del traje.

- “Papá tiene razón, Marcel. Ya es hora de volver a la realidad”, dijo Larissa.

Marcel miró la mano de Larissa sobre su brazo. Las uñas eran perfectas, en la clínica Oliveira, Neha se cortaba las uñas al ras cada semana porque no podía permitir que un borde de queratina rompiera el guante de látex durante una sutura. Una uña larga en un quirófano era un vector de infección.

- “La realidad es exactamente donde he estado, Larissa”, expresó Marcel.

- “Sé lo que quieres decir, cariño. Pero tú y yo sabemos que hay realidades y realidades. La tuya está aquí, conmigo, con tu familia. No en un pueblo perdido atendiendo gente que ni siquiera puede pagar la consulta”, comentó Larissa.

Marcel la miró, preguntándose qué quedaba en esa mujer para construir una vida. Bárbara Maggi cambió de tema rápidamente, habló del viaje a Maldivas, de los resorts sobre el agua, de si era mejor el Conrad o el Soneva Fushi. Florencia coincidió en que el Conrad tenía mejor servicio de spa. Edvaldo pidió otra copa de Malbec.

Marcel no volvió a hablar durante el resto de la cena.

El regreso fue en el coche de Edvaldo, un Mercedes negro con chofer que conocía el camino de los Jardines a Higienópolis con los ojos cerrados. Larissa iba en el coche de sus padres.

- “Marcel, Larissa está muy emocionada con la boda. No la decepciones. Esa muchacha te ha esperado doce meses. Doce meses. No muchas harían eso”, comentó Florencia.

- “Lo sé, mamá”, dijo Marcel.

- “¿Lo sabes? Entonces demuéstralo. Mañana la acompañas a la sastrería. Y el sábado a Itatiba. Y el miércoles al club para el cóctel del senador. Hasta la boda, tu agenda es la de ella, ¿entendido? Es así como funcionan las cosas en esta familia”, expresó Florencia.

Edvaldo no dijo nada. Miraba por la ventanilla con expresión seria, recordando con nostalgia la paz de la clínica rural, tan distinta al ahogo que lo oprimía en ese instante.

El vehículo cruzó la verja del edificio. Marcel subió solo a la vivienda mientras sus padres se habían quedado en el vestíbulo dando indicaciones al chofer. Fue a su habitación, la misma que había dejado doce meses antes, la cama king size con sábanas de algodón egipcio, el escritorio de caoba, la estantería con los libros de medicina que no se había llevado, la fotografía enmarcada de su graduación en la Universidad de São Paulo.

Se sentó en el borde de la cama. Abrió el primer cajón del escritorio y sacó el teléfono que su padre le había enviado por correo a Bombay hacía dos meses, un modelo nuevo que él apenas había usado.




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