Amar con cicatrices

Capítulo 23

Sara redujo la velocidad frente a la sastrería Brescia sin que Marcel pidiera que se detuviera. Lo hizo porque lo vio girar la cabeza hacia la acera y porque conocía ese gesto. El Fiat Uno se arrimó al cordón de la vereda. Sara tiró del freno de mano y el coche quedó quieto.

Marcel no se movió de inmediato. Tenía la mano en la manija de la puerta y los ojos en el edificio de la sastrería.

- “Mi bisturí”, dijo Marcel.

Sara no preguntó cuál bisturí ni por qué. Marcel abrió la puerta, bajó al cordón y el calor de la calle le cubrió el cuerpo. El Brioni le pesaba en los hombros. Antes de cruzar la acera, se inclinó hacia la ventanilla de Sara.

- “Dos minutos”, comentó Marcel.

- “Tengo toda la noche”, respondió ella, y apoyó la sien contra el marco de la ventanilla, cerrando los ojos.

Marcel empujó la puerta de la sastrería Brescia. El espejo de cuerpo entero al fondo devolvió a Marcel su propia imagen y lo que vio fue un hombre con un traje de cuatro mil dólares que tenía el aspecto de alguien que había dormido en una estación de tren.

Don Brescia estaba detrás del mostrador, midiendo un hombro con una cinta amarilla que le colgaba del cuello. Levantó la vista y sus ojos recorrieron a Marcel de arriba abajo con rapidez.

- “Doctor Batista”, dijo don Brescia al verlo.

- “Don Brescia. Vine a recoger algo que dejé aquí hace unas semanas. El bisturí”, expresó Marcel.

El sastre no preguntó nada. Señaló con la cinta hacia el estante inferior del mueble de caoba junto al sofá de cuero color tabaco, donde los objetos perdidos de los clientes descansaban entre botones de nácar y muestras de tela.

Marcel se arrodilló frente al estante. El estuche estaba exactamente donde lo había dejado después de una prueba de traje, cuando todavía era el doctor Batista que se medía trajes para bodas que no quería celebrar. Abrió el cierre de presión. Dentro, sobre un forro de terciopelo gastado, descansaba el bisturí número once de su residencia, con la hoja protegida por una funda de plástico transparente que se había amarilleado con el tiempo. La empuñadura llevaba grabado su nombre con una punta de bisturí más fina, un trazo que el profesor Cardoso le había hecho hacer a todos sus residentes el primer día: M. Batista — R1. La marca de un cirujano que exigía precisión al décimo de milímetro.

Marcel cerró el estuche y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al sobre blanco con la nota que todavía no había tirado. Se incorporó y fue entonces cuando la puerta de la sastrería se abrió detrás de él.

El profesor Cardoso entró como entraba en el quirófano, sin anunciar su presencia, ocupando el espacio con la autoridad de quien estaba acostumbrado a que los demás le prestaran atención. Sus ojos recorrieron la sastrería con rapidez, pero se detuvieron en Marcel con atención.

- “Batista”, dijo Cardoso.

Marcel se volvió. El profesor Cardoso lo miraba desde la puerta con la cabeza ligeramente inclinada.

- “Profesor”, dijo Marcel.

Cardoso avanzó tres pasos hacia el interior. Don Brescia, que reconocía las jerarquías, se apartó discretamente.

- “Vine a recoger un traje”, dijo Cardoso, sin mirar a Don Brescia. “Pero parece que encontré algo más”.

Marcel no respondió. El bisturí estaba en el bolsillo.

- “He oído lo del Club Atlético”, continuó Cardoso, con la voz que usaba para los partes postoperatorios, sin inflexión, sin juicio, solo datos. “Su padre llamó a tres personas en quince minutos. La primera fue al director del Hospital Santa Catarina. La segunda fue al consejo médico. La tercera fue para mí”.

- “¿Y qué le dijo mi padre?”, dijo Marcel.

- “Que había perdido la cabeza. Que rechazó el hospital, la boda, la familia. Que era un ingrato. Y entonces me preguntó si yo podía hablar con usted, hacerle entrar en razón”, expresó Cardoso.

- “¿Y usted vino a la sastrería a hacer eso?”, replicó Marcel.

-“No. Vine a recoger un traje. Pero ya que está aquí, le voy a decir lo que no le dije a su padre”, dijo Cardoso.

Marcel esperó. Cardoso dio un paso más.

- “Hay un hospital en Río. Está en la zona portuaria, cerca del barrio de Saúde. Atiende a refugiados haitianos, congoleses, sirios que llegan sin papeles y sin historia clínica. No tiene quirófanos de última generación ni microscopios operatorios. Tiene una sala con tres camillas, un autoclave que funciona a veces y un generador que se apaga cuando llueve”, expresó Cardoso.

Cardoso se detuvo. Don Brescia, desde la máquina de café, había dejado de fingir que no escuchaba.

- “Necesitan un cirujano que sepa reconstruir rostros”, dijo Cardoso. “No para estética. Para reparar. Labios leporinos mal operados, fracturas mal soldadas, quemaduras. Personas que cruzaron fronteras y llegaron con la cara partida y nadie las miró”.

- “¿Por qué me lo dice a mí?”, preguntó Marcel.

- “Porque tiene la cara de alguien que acaba de quemar; y supongo que ya sabe que su padre le cerrará la puerta de cualquier hospital importante”, respondió Cardoso.

- “¿Cuándo?”, dijo Marcel.

- “Mañana. El hospital se llama São Sebastião. Hable con una mujer llamada Tainara. Ella lleva la administración. Dígale que la envío yo”, comentó Cardoso.

Cardoso recogió su traje del mostrador. Antes de empujar la madera, se detuvo sin volverse.

- “Batista”, dijo Cardoso.

- “Sí”, replicó Marcel.

- “La precisión al décimo de milímetro no se pierde cuando se cambia de hospital. Se pierde cuando se deja de mirar al paciente”, expresó Cardoso.

La puerta se cerró con su sonido de bisagras. Los vitrales temblaron en sus marcos. Don Brescia volvió a su cinta amarilla como si nada hubiera ocurrido. Marcel se quedó de pie en medio de la sastrería y supo que tendría que tomar una decisión.

Cuando volvió al Fiat Uno, Sara tenía la radio puesta en una emisora que solo emitía estática y voces que entraban y salían. Marcel subió, cerró la puerta y puso el estuche del bisturí sobre la guantera. Sara lo miró, luego miró el estuche y no dijo nada. Puso primera y el coche arrancó con su tos de motor viejo.




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