Amar con cicatrices

Capítulo 40

El ómnibus los dejó en la terminal de Río a las cuatro de la tarde. Marcel cargó la mochila al hombro y tomó la mano de Eliza sin decir nada. Caminaron por la avenida hasta el edificio de concreto en Saúde.

Marcel se quedó de pie junto a la estufa de gas, con la mochila todavía al hombro. Miró a Eliza. La cicatriz de su cuello capturó la luz del farol amarillo que ya empezaba a encenderse en la plazoleta del flamboyán. Él dejó la mochila en el suelo, sacó el teléfono del bolsillo y lo puso sobre la mesa.

- “Voy a llamar a Sara”, dijo Marcel.

Eliza levantó la vista. No preguntó nada. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa.

Marcel desbloqueó el teléfono. El número de Sara aparecía en la pantalla con el código de área de São Paulo, apretó el botón de llamada.

- “Marcel”, La voz de Sara llegó con el ruido de fondo de una oficina: teclas, una impresora, alguien hablando en voz baja.

- “Sara. Necesito hablar contigo”, dijo Marcel.

- “Estoy en la oficina. ¿Qué pasó?”, preguntó Sara.

- “No puedo esperar. (Marcel se acercó a la ventana) Quiero deshacer el poder que le di a papá”, respondió Marcel.

- “¿Qué poder, Marcel?”, preguntó Sara.

- “El poder sobre las acciones y las patentes. Las que el abuelo me dejó antes de morir. Se lo transferí a papá antes de viajar a la India. Quiero revocarlo”, respondió Marcel.

- “¿Estás hablando en serio?”, consultó Sara.

- “Nunca hablo más en serio que cuando hablo bajo, Sara”, dijo Marcel.

- “Marcel, no puedes simplemente... ¿Tienes idea de lo que significa eso? Papá va a…”, empezó Sara.

- “Papá va a hacer lo que siempre hace. Mandar a alguien, presionar, amenazar con cortarme el acceso a algo que ya no uso. (Marcel apoyó la mano en el marco de la ventana. Las rejas de hierro le dejaron marcas en la palma) No me importa el dinero, Sara. Nunca me importó. Pero me importa lo que están haciendo con la mujer.que amo, quieren que sea un Batista, van a tener al peor de los Batista”, replicó Marcel.

- “¿Qué le hicieron a Eliza?”, cuestionó Sara.

- “Recibió la visita de un tipo llamado Leo que no sabe ni su idioma, con una historia que no puede ser más que una asquerosa mentira”, expresó Marcel.

Eliza escuchaba desde la silla de plástico. Sus manos se habían movido de la mesa a sus rodillas. La cicatriz del cuello palpitaba con cada latido, o eso le parecía.

- “Sara”, dijo Marcel, “necesito que me digas cómo revocar el poder legalmente. Hoy mismo, yo soy médico, tú eres la abogada”.

- “No puedo darte eso por teléfono”, aseguró Sara.

- “Entonces ven. O envíame los documentos. Pero hazlo antes de que papá se entere de que lo pienso hacer”, dijo Marcel.

- “Así no se enfrenta a papá, no cuando le quieres poner una camisa de fuerza, lo digo en términos que puedas entender”, expresó Sara.

Marcel soltó el marco de la ventana. Se dio la vuelta. Sus ojos encontraron los de Eliza. Ella estaba sentada con las manos sobre las rodillas y la espalda recta como la de alguien que escucha una sentencia.

- “Sara”, dijo Marcel sin apartar la vista de Eliza, “voy a ir a São Paulo. Voy a ir. Y voy a hablar con ellos, cara a cara, todos juntos”.

- “Marcel, escúchame. Papá se va a desesperar, es un arma peligrosa la que piensas accionar”, advirtió Sara.

- “Sara, voy a ir solo. Y les voy a decir una cosa. Si siguen usando trucos sucios contra la mujer que amo, van a conocer a un Marcel que no les va a gustar”, dijo Marcel. “Uno que sería capaz de vender las acciones y las patentes a los rivales de la familia antes que dejar que le pongan un dedo encima a ella”.

- “Hablamos cuando llegues”, dijo Sara, y cortó.

Marcel dejó el teléfono sobre la mesa. Caminó hasta la silla donde Eliza estaba sentada. Se arrodilló frente a ella. Las rodillas chocaron contra las baldosas rotas del suelo. Tomó las manos de ella. Estaban frías a pesar del calor de Río.

- “Eliza. (Su voz era la misma de Saquarema, la misma de la cama de la pensión azul cuando le besó la frente) Voy a São Paulo. Voy a hablar con ellos. Y cuando vuelva, esto se acaba, voy a pedirte algo y no sabes la felicidad si tú respuesta es afirmativa”, dijo Marcel.

- “¿Seguro que lo que ellos pretende se acaba?”, preguntó Eliza.

- “Sí, porque ellos no pueden perder lo que yo tengo. Y yo sí puedo perderlo. Esa es la diferencia. A mí no me quita el sueño vender todo a quien sea. A ellos les quita el sueño perderlo”, respondió Marcel.

Eliza lo miró, sus dedos apretaron los de Marcel.

- “¿Y si te hacen algo?”, preguntó Eliza.

- “Soy su hijo. No van a hacerme nada. Lo que van a hacer es intentar convencerme. Y cuando no puedan, van a amenazar. Y cuando no puedan amenazar, van a negociar. Y ahí es donde yo gano”, respondió Marcel.

Eliza soltó una de sus manos y la puso sobre la mejilla de Marcel. Él cerró los ojos. La palma de ella estaba húmeda por el calor de la cocina.

- “Voy contigo”, dijo Eliza.

- “No”, replicó Marcel. “Esto es entre ellos y yo. Si vas tú, te van a usar. Te van a poner fotos delante. Te van a hablar en italiano. Te van a decir que eres otra persona, van a ensuciar tu imagen, y yo le voy a romper la cara a quien se atreva hacerlo. Y no quiero que estés ahí para eso”.

Eliza retiró la mano. La puso sobre su regazo. La cicatriz del cuello se movió cuando tragó saliva.

- “¿Cuándo te vas?”, preguntó Eliza.

- “Mañana. El primer vuelo a Congonhas”, respondió Marcel.

- “¿Y yo?”, cuestionó Eliza.

- “Te quedas aquí. Dona Iolanda puede subir si necesitas algo. Y la señora de la lavandería ya te conoce. No vas a estar sola; cualquier cosa me llamas, no esperan mi presencia”, dijo Marcel.

Eliza se levantó de la silla. El plástico crujió. Caminó hasta la ventana.

- “No me gusta esto”, dijo Eliza sin darse la vuelta.

- “Lo sé”, comentó Marcel.

- “No me gusta que vayas solo”, expresó Eliza.




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