Amar con cicatrices

Capítulo 16

Durante unos segundos ninguno dijo nada. El ventilador de techo giraba de manera constante. Desde el patio llegaban el ruido amortiguado del tráfico de la calle Dos Andradas, el triturar de un puesto de jugos y el ronquido del motor de un camión de reparto. Marcel no prestaba atención a nada de eso, solo miraba a Eliza.

Concepción golpeó suavemente el reposabrazos de madera con los nudillos.

- “Siéntense, les he dicho”, dijo Concepción.

Marcel retrocedió medio paso y buscó la silla donde descansaba su chaqueta. La apartó y se sentó. Eliza dudó un instante; después aproximó su silla a la mesa y se acomodó con la espalda recta. Concepción observó el movimiento en silencio.

- “¿Por dónde quieres empezar?”, le preguntó la anciana a Marcel.

Marcel se pasó la mano por la nuca; sentía el vello húmedo en la base del cráneo.

- “¿Qué hacen acá?”, preguntó Marcel.

- “Tuve un recuerdo, y necesitaba venir a Brasil”, respondió Eliza. “Hay un nombre que vuelve una y otra vez, un hombre llamado Leo”.

Marcel mantuvo la expresión serena, aunque su postura corporal se tensó de inmediato.

- “No sé quién es Leo”, continuó Eliza. “Pero cuando escucho ese nombre, siento una presión aquí”.

Se llevó la mano al centro del pecho, justo debajo del esternón.

Marcel bajó la mirada un segundo. Ignoraba quién era aquel hombre o qué vínculo los había unido, pero le causó una punzada de molestia escuchar la solidez con que pronunciaba ese nombre. Había en su rostro un matiz de calidez que no asomaba al hablar de ningún otro recuerdo.

- “¿Y qué sitio concreto recuerdas?”, preguntó Marcel procurando conservar la neutralidad.

Eliza cerró los ojos un instante.

- “Calor. Pero no como el de São Paulo; un calor con sal. Y tambores. Muchísimos tambores”, respondió Eliza.

Concepción se inclinó hacia delante en su asiento.

- “Río”, murmuró la anciana con voz queda. “Estás hablando de Río de Janeiro”.

Eliza abrió los ojos y la contempló.

- “No lo sé. Solo sé que el ritmo de los tambores era rápido, que había plumas, color. Y multitud. Mucha gente”, comentó Eliza; y continuó narrando lo que había recordado.

Marcel observó las manos de Eliza mientras gesticulaba. Sus dedos eran largos y exhibía la uña del pulgar derecho ligeramente astillada.

- “¿Y de tu rostro?”, preguntó Marcel bajando el tono. “¿Qué recuerdas de tu cara?”

Eliza se rozó la mejilla izquierda con la punta de los dedos. Deslizó la mano hacia abajo siguiendo el contorno de la mandíbula hasta llegar a la línea blanquecina del cuello. Su mano se detuvo sobre la cicatriz.

- “No sé cómo era, supongo que se parece a este, debe ser este”, dijo Eliza.

Marcel asintió despacio. Había moldeado ese rostro hueso a hueso, placa a placa e injerto a injerto durante ocho agónicos meses en la clínica Oliveira, con Vanderlei sosteniendo los separadores y Neha alcanzándole el material. Había reconstruido el pómulo, reparado el suelo de la órbita y suturado el platisma plano a plano. Sin embargo, ignoraba la fisonomía original que el fuego le había arrebatado, siguió copiando el lado intacto, sin saber que Elizabeth D’Angelo siempre tuvo un rostro simétrico y perfecto.

- “Yo tampoco sé cómo era antes”, admitió él en un susurro. “Solo sé cómo lo dejé”.

Eliza guardó silencio. Sus ojos volvieron a recorrer las facciones de Marcel, desde el nacimiento del pelo hasta la barbilla, antes de recostarse contra el respaldo.

- “¿Cómo te llamas?”, le preguntó Marcel a Eliza.

- “Eliza”, respondió ella sin dudar.

- “¿Y antes de eso?”, cuestionó Marcel.

- “No sé si existía un antes”, respondió Eliza.

Marcel se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas.

- “Frederico acaba de decir que ya existes para el Estado”, murmuró Marcel. “Pero existías mucho antes de que un funcionario te entregara un papel”.

Eliza sostuvo su mirada.

- “Tú me diste un rostro “, dijo ella. “El Estado me dio una identidad. Ninguno de los dos me ha dado un pasado”.

El aire de la sala olía a papel viejo y a café filtrado. Desde algún punto lejano del edificio llegaba el zumbido discontinuo de una máquina.

Concepción extendió su mano arrugada y cubrió la de Eliza.

- “El pasado terminará por volver”, dijo la anciana. “O quizás no. Pero ahora tienes un suelo donde pisar”.

Marcel contempló el gesto. La mano nudosa de Concepción descansando sobre la de Eliza. Y la sombra de Leo volviendo a flotar entre ellos.

- “¿Quién era él?”, inquirió Marcel de pronto.

Eliza volvió la cabeza hacia él.

- “¿Quién?”, consultó Eliza.

- “Leo”, dijo Marcel.

Concepción alzó levemente las cejas, pero prefirió guardar silencio.

Eliza bajó la mirada hacia el sobremanos de madera.

- “No lo sé”, expresó Eliza.

- “Pero recuerdas la sensación de caminar a su lado. De que te llevara de la mano”, dijo Marcel.

- “Sí”, dijo Eliza.

Marcel apretó las mandíbulas.

- “¿Y recuerdas qué sentías por él?”, preguntó Marcel.

Eliza demoró unos segundos en responder.

- “Paz. Era feliz a su lado”, respondió Eliza.

Marcel experimentó un ardor estomacal que no pudo razonar. No tenía ningún derecho a sentir celos. Acababa de reencontrarla y ni siquiera sabía qué lugar ocupaba en una vida borrada por el trauma. Aun así, le irritaba saber que otro hombre había habitado su felicidad y que ese rastro permanecía intacto mientras todo lo demás se había disuelto.

- “¿Lo querías?”, preguntó Marcel.

Eliza negó con la cabeza lentamente.

- “No lo sé. Solo sé que confiaba en él con los ojos cerrados”, respondió Eliza.

Marcel apartó la mirada y se puso de pie. La silla de madera protestó con un crujido. Caminó hacia la ventana y contempló el patio interior.

- “Mañana por la noche tengo una fiesta”, dijo Marcel sin girarse.

Eliza no respondió. Concepción tampoco.




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