Amar con cicatrices

Capítulo 13

Larissa lo miró fijamente, levantando la ceja, no estaba acostumbrada a que le repliquen cada decisión que tomaba, a no tener siempre la razón.

- “No he dicho eso”, empezó Marcel.

- “Lo insinúas siempre. Cada vez que menciono la fiesta, miras el teléfono. Cuando hablo del anillo, te frotas la sien. Y cuando revisamos la lista, te excusas para atender llamadas de la clínica o de pacientes que no te corresponden”, dijo Larissa.

- “Los pacientes me corresponden siempre”, replicó Marcel.

- “No. Los pacientes son asunto del hospital. Tú eres un Batista. Tu prioridad es esta familia, este compromiso, esta fiesta... y yo”, expresó ella.

- “Soy cirujano, Larissa”, dijo Marcel.

- “Eres un Batista en primer lugar. Cirujano eres los martes por la mañana cuando no hay compromisos sociales”, expresó Larissa con un tono más fuerte.

Marcel notó la tensión en su mandíbula y la relajó con esfuerzo. Pensó en Cardoso, quien solía repetir que la tensión del cirujano se transmite al corte, un milímetro de temblor puede generar un milímetro de cicatriz. Recordó también a Persico explicándole en Milán que la cirugía reconstructiva facial requiere precisión y control.

- “Pasé un año en la India”, dijo Marcel en un tono más bajo de lo previsto. (Larissa parpadeó. Él continuó) Pasé ocho meses reconstruyendo el rostro de una mujer indocumentada, sin nombre ni pasado. Y lo logré. Y ahora pretendes que me angustie por las tarjetas de mesa”, dijo Marcel.

El silencio se instaló en el salón. Marcel observó el jarrón de Murano con las gardenias.

- “¿Eso es lo que soy para ti?”, la voz de Larissa no se elevó; se volvió más fría. “¿Tarjetas de mesa?¿Mientras juegas a ser el héroe en la India con tu clínica rural y tu paciente sin cara?”

- “No intentes acorralarme, Larissa. No le funcionó a mi madre y tampoco te funcionará a ti”, replicó Marcel.

- “¿Me estás comparando con tu madre?”, cuestionó Larissa.

- “Te estoy diciendo que entiendo el propósito de este evento. Es una transacción comercial. Los Maggi aportan sus influencias en el sector inmobiliario; los Batista, la red hospitalaria. El diamante de tres quilates es el símbolo del acuerdo, la fiesta de mañana es su formalización y yo soy la persona que ambas familias están uniendo”, expresó Marcel.

Larissa no dio un paso atrás. Se mantuvo frente a él mientras el anillo reflejaba la luz de los focos.

- “Si eres parte del acuerdo, cumple con tu parte. Debes sonreír y saludar. Ponte el esmoquin. Baila con la hija del embajador y deja de mirar la pantalla como si aguardaras un rescate”, comentó Larissa.

- “No espero que nadie me rescate”, dijo Marcel.

- “Entonces deja de actuar como si estuvieras secuestrado”, afirmó Larissa.

Marcel dio un paso atrás de forma instintiva. Era una reacción habitual en él cuando necesitaba establecer distancia durante una situación tensa. Larissa lo percibió al instante.

- “¿Adónde vas?”, preguntó Larissa.

- “A tomar aire”, respondió Marcel.

- “Falta organizar la distribución de los asientos”, insistió Larissa.

- “Larissa llevo veintiocho días en Brasil. En este tiempo he dormido doce noches en mi apartamento. Las otras dieciséis las he pasado aquí, en reuniones con tu madre, con el catering, el florista, el trío de cuerdas, el sacerdote, tu diseñador y cada persona que consideras imprescindible para mañana. He firmado tres borradores de capitulaciones matrimoniales. He renunciado a la jefatura de área que me correspondía a petición de tu padre. Cancelé las intervenciones de los martes porque necesitabas que probara el menú. Y ahora exiges que me quede a ordenar tarjetas”, expresó Marcel.

- “Sí. Eso es exactamente lo que exijo”, aseguró Larissa.

- “Pues no”, dijo Marcel.

Larissa lo observó durante unos segundos.

- “¿No?”, cuestionó Larissa.

- “No. Saldré a caminar. A mi regreso terminaremos con las tarjetas”, dijo Marcel.

Se dio la vuelta antes de que ella pudiera responder. Cruzó el pasillo de madera oscura, pasó junto a la cocina y salió del apartamento. El ascensor privado tardó siete segundos en abrirse. Durante ese tiempo, Marcel apoyó la frente contra el espejo bronce. El cristal estaba frío y su respiración dejó una ligera marca que desapareció poco después.




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