Amar con cicatrices

Capítulo 11

El viaje fue largo. Volaron de Bombay a Doha, donde esperaron cuatro horas en tránsito antes de embarcar rumbo a São Paulo. Eliza no pegó ojo en todo el trayecto. Pegada a la ventanilla, pensaba en el Carnaval, en las imágenes que comenzaban a emerger de la bruma de su mente y en el hombre llamado Leo.

Concepción durmió a su lado gran parte del vuelo, con la cabeza ladeada y las manos entrelazadas sobre el regazo. En un momento de la noche, Eliza la contempló y comprendió que aquella anciana de ochenta y cuatro años era lo más cercano a una familia que le quedaba en el mundo.

Llegaron a São Paulo un miércoles por la tarde. El aire era rotundamente distinto, no tenía la aridez tibia de Maharashtra, sino una humedad densa, pesada, saturada de humo de autobuses y cemento mojado. Frederico las aguardaba en la terminal con un cartel de cartulina donde había escrito «Abuela Conceição» con rotulador negro. Era un hombre de unos treinta y cinco años, de sienes rapadas, traje gris sin corbata y mirada perspicaz, acostumbrado a los laberintos de la burocracia estatal. Besó a Concepción en la frente y le ofreció a Eliza un apretón de manos breve y profesional.

- “Bienvenida”, dijo Frederico, antes de añadir en italiano a petición de su tía, “Benvenuta”.

A pesar de su profesionalidad, no pudo evitar que la mirada se le fuera por un instante a la cicatriz del cuello de Eliza. Ella le respondió brevemente en ese mismo idioma y las guió hasta un vehículo gris estacionado en la zona de salidas.

El apartamento de la calle Aurora era modesto, ocupaba un segundo piso cuyas ventanas daban a una vía ruidosa por la que transitaban autobuses a cada instante. Concepción se acomodó en el dormitorio principal, mientras que Eliza pasó la primera noche en un colchón delgado sobre el suelo del salón. Permaneció despierta un largo rato, mirando las manchas de humedad del techo y escuchando el pulso urbano de São Paulo mientras la figura de Leo volvía a rondarla.

A la mañana siguiente, Frederico las recogió temprano. Caminaron por la calle Dos Andradas, en el centro histórico, donde la arquitectura de principios de siglo sobrevivía entre puestos de comida ambulante y comercios de telas.

La sede de Veredas ocupaba una propiedad discreta. En la puerta de madera oscura destacaba un letrero sobrio con la marca de la organización. Concepción empujó la puerta y entraron. Una joven sentada tras un escritorio sepultado en carpetas alzó la vista, miró a la anciana, luego a Eliza y finalmente a Frederico, quien le dedicó un leve asentimiento.

La empleada se puso de pie y las condujo por un pasillo lateral hasta un despacho pequeño.

- “Siéntate”, le indicó, guiándola suavemente hacia una silla de madera.

Frente a Eliza reposaba un formulario impreso en portugués con casillas sencillas: nombre, fecha de nacimiento, nacionalidad. Todas permanecían en blanco.

Frederico aguardaba de pie junto al marco de la puerta, con los brazos cruzados. La joven trajo un café en vaso de plástico y lo dejó sobre la mesa, mientras Concepción se sentó al costado de Eliza.

- “No sé qué poner”, murmuró Eliza observando las líneas vacías.

- “Pon lo que sientas hoy”, le aconsejó Concepción. “Lo que escribas aquí no tiene por qué ser definitivo”.

Eliza tomó el bolígrafo. La tinta azul, suelta y algo espesa, le manchó ligeramente los yemas. Escribió «Eliza» en la primera casilla, el único nombre al que podía aferrarse. Lo trazó con una caligrafía inclinada y fluida que reconocía como propia, aunque no recordara cuándo la había moldeado.

Dejó en blanco la fecha de nacimiento. En la casilla de nacionalidad escribió «italiana», el idioma que brotaba de sus labios con mayor naturalidad.

Apoyó el bolígrafo sobre la mesa y contempló el papel. La tinta azul aún brillaba bajo la luz que entraba por la ventana.

Y entonces, de forma inesperada, la imagen de Marcel irrumpió en su mente. No entendía por qué aparecía en ese instante, frente a un documento oficial en el corazón de São Paulo, pero allí estaba. Recordó sus manos de cirujano, largas, precisas y serenas. Su voz grave, capaz de alternar el portugués paulista con un italiano de acento milanés. Recordó el tono pausado con el que hablaba, asegurándose de que cada palabra fuera entendida.

Volvió a verse en el espejo de la clínica el día que le retiraron los vendajes. Marcel estaba justo detrás de ella, reflejado en el cristal con la bata manchada y los ojos fijos en el rostro que le había devuelto.

¿Iba a Río de Janeiro únicamente para buscar a Leo? ¿O también guardaba la esperanza secreta de dar con Marcel?

La incógnita quedó flotando en el aire. Leo era un fragmento de memoria inacabado; Marcel, en cambio, era un hombre de carne y hueso que existía en algún lugar de ese mismo país. Un médico que custodiaba una carpeta de cuero con cuatrocientas doce páginas sobre su historia, que le había esculpido los rasgos y le había dado la única identidad que poseía.

Buscarlo podría parecer una insensatez. No tenía su apellido completo, ni un teléfono, ni una dirección. Solo sabía que era cirujano, que había trabajado en la clínica Oliveira, que dominaba el italiano y que la había tratado con un respeto que jamás olvidaría.

- “Está bien”, interrumpió la voz de Concepción, devolviéndola al presente. “Lo demás lo gestiona Frederico; él conoce los atajos de la burocracia. Tú solo debes estar presente cuando te convoquen, firmar donde te señalen y decir la verdad sobre quién eres”.

- “Pero ni siquiera sé quién soy”, contestó Eliza.

Concepción hizo un esfuerzo por erguirse y le apretó la rodilla con afecto.

- “Claro que lo sabes. Eres una mujer que domina varios idiomas, que sobrevivió a un incendio devastador, que lleva una cicatriz en el cuello y otras partes, cuya memoria funciona de otra manera. Pero estás aquí, viva. Eso eres. Lo demás no son más que papeles”, expresó Concepción.




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