El autobús bajó la sierra frenando en cada curva. Saquarema apareció sin aviso, era un pueblo de calles anchas y arena blanca, donde el viento del mar movía los toldos. Marcel pagó al conductor con monedas sueltas que sacó del bolsillo del pantalón, las mismas que había contado tres veces en la terminal, y bajó primero, extendiendo la mano hacia ella.
Eliza bajó del autobús, se pasó la lengua por los labios y sintió la sal. Tosió y Marcel le ofreció una botella de agua tibia y ella bebió sin parar, con el agua cayéndole por el mentón y el cuello, mojando la trenza que le caía sobre el hombro izquierdo y dejando al descubierto la cicatriz del cuello, rosada bajo el sol.
La pensión era una casa de dos pisos, a tres cuadras de la playa, detrás de una iglesia sin campanario. La dueña les entregó una llave atada a un trozo de madera con el número cuatro grabado a fuego. Subieron una escalera de madera que crujía como la del hospital en Maharashtra, aunque aquí olía a coco y a lejía en lugar de a yodo y polvo de ladrillo. La habitación tenía una cama de matrimonio con sábanas blancas, y otra individual; ya le había comentado Marcel, compartirían la habitación, pero le daría su espacio.
Eliza dejó la mochila en el suelo y se sentó en el borde de la cama. Marcel cerró la puerta, puso el cerrojo, y se quedó de pie con las manos en los bolsillos, mirándola con alivio contenido y miedo de que algo haya salido mal.
- “Tienes arena en el pelo”, dijo él.
- “Tienes ojeras hasta el cuello”, respondió ella.
Y entonces Eliza rio. Fue una risa corta, seca, que le salió del pecho sin permiso, y que la sorprendió más que a él. Se llevó la mano a la boca, como si hubiera dicho algo indebido, y luego volvió a reír, más largo, más hondo, hasta que le dolieron las costillas y los ojos se le llenaron de agua que no era tristeza. Ella estaba viva, y no sabía quién había sido pero sabía que ahora estaba riendo, y eso le bastaba.
Marcel la miró reír. Se sentó a su lado en la cama. El colchón crujió. Sus rodillas se tocaron.
- “Vamos a la playa”, dijo Eliza.
- “Ahora no. Descansa”, comentó Marcel.
- “No quiero descansar. Quiero ver el mar”, replicó Eliza.
Caminaron las tres cuadras descalzos, con las chanclas colgando de los dedos, porque la arena estaba demasiado caliente para pisar con suelas. El mar de Saquarema era una lámina verde-amarilla que se rompía en espuma blanca sobre una orilla ancha y plana, donde los surfistas caminaban con sus tablas bajo el brazo. Eliza se detuvo al borde del agua y metió los pies. El agua estaba tibia, más tibia que el aire, y le subió por los tobillos.
Avanzaron juntos, paso a paso, con la arena cediendo bajo sus pies y el agua subiendo por las pantorrillas, las rodillas, los muslos. Cuando el agua le llegó a la cintura, Eliza se detuvo. La marea le tiraba del cuerpo de manera suave e insistente. La camiseta de algodón blanco que llevaba se le pegó al pecho y al vientre, transparente, mostrando la línea oscura del sostén deportivo y la sombra del ombligo. El pelo trenzado le flotaba en el agua.
Marcel estaba a un paso de ella, con la camiseta gris pegada al torso. Eliza se acercó. El agua se movió entre ellos, empujándolos suavemente uno hacia el otro. Le puso las manos en la cintura, por encima de la camiseta, y sintió el calor de su piel a través del algodón empapado. Marcel no se movió.
Ella le tomó el borde de la camiseta y tiró hacia arriba. Marcel levantó los brazos. La tela pasó por su torso, por sus hombros, por su cara, y quedó flotando en el agua. Eliza la apartó con la mano y la dejó ir. La camiseta derivó lentamente hacia la orilla con la marea.
El torso de Marcel estaba frente a ella, moreno por el sol de Río que se cuela entre los edificios, blanco en el pecho donde la bata médica lo cubre siempre.
Eliza le tomó la mano derecha. La giró con cuidado, palma arriba. Se acercó la mano a la boca y besó. Marcel cerró los ojos. Su mano tembló en la de ella, un temblor finísimo que solo se sentía porque ella tenía los dedos apretados alrededor de su muñeca, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel.
- “No recuerdo haber estado con alguien”, dijo Eliza, con la boca todavía cerca de su mano, con la voz distorsionada por el viento y el ruido de las olas. “No sé si alguna vez amé a alguien. No sé si me entregué alguna vez, de esta manera, a alguien. No lo recuerdo. No los tengo”.
Hizo una pausa. Una ola más grande los golpeó a ambos en el pecho, empapándoles el pelo y la cara. Eliza no se limpió el agua de los ojos.
- “Pero quiero estar contigo”, dijo Eliza. “Aunque no recuerde haberlo hecho antes. Aunque no sepa cómo se hace. Aunque sea la primera vez que lo recuerde”.
Marcel abrió los ojos. La miró con una expresión que no era deseo, no todavía, no principalmente. Era la expresión de un hombre que ha sostenido un corazón en las manos, que sabe lo que pesa, que sabe lo que late, y que ahora tiene ese corazón frente a él, ofrecido, no en una mesa de operaciones sino en el agua tibia de un mar que huele a sal y a algas. Tragó saliva.
- “Eliza”, dijo Marcel.
- “No me digas que no. No me digas que es por tu código médico. No me digas que soy tu paciente. Ya no soy tu paciente. Soy una mujer que está en el mar contigo y que quiere saber qué se siente”, expresó Eliza.
Marcel no dijo nada. Le tomó la cara con la mano izquierda, con el pulgar en la mejilla y los dedos detrás de la oreja, donde el pelo se separaba de la piel y dejaba ver el lóbulo y el inicio de la cicatriz del cuello. Le apartó la trenza mojada. La miró fijamente y luego la besó.
No como en las películas, no con música ni con cámara giratoria. La besó con la boca que sabía a sal y a agua tibia y a miedo, con los labios que se abrían y se cerraban buscando el ángulo correcto.
Se separaron. Eliza tenía la boca húmeda y los labios un poco hinchados, y se los pasó con la lengua, como probando algo. Marcel respiraba por la boca, con el pecho subiendo y bajando rápido.