Amar con cicatrices

Capítulo 30

Eliza se miró en el espejo de la cocina del segundo piso del edificio de concreto. Se había recogido el pelo en una trenza lateral.

Eliza se puso los pendientes. Eran pequeños, de plata, con una turquesa diminuta que Concepción le había regalado en una bolsa de plástico diciendo: "Para trazer cor." No recordaba si alguna vez había usado pendientes antes. No recordaba qué ropa le gustaba, qué comida prefería, si le gustaba nadar o montar a caballo o tocar algún instrumento. Lo único que tenía era el nombre Leo escrito en un cuaderno.

Marcel subió las escaleras de concreto sin baranda, tomándolas de dos en dos. Llevaba la bata blanca doblada sobre el brazo y una bolsa de plástico con algo que olía a comida caliente. Golpeó la puerta con el codo y Eliza abrió. Él se quedó quieto en el umbral mirándola.

- “Estás lista”, dijo Marcel.

- “Estoy lista”, respondió Eliza.

- “El lugar adonde vamos no es elegante. Es una terraza sin cartel en Santa Teresa. La dueña se llama Mercedes. Cocina moqueca y no acepta reservas. Hay que tocar un timbre y esperar”, expresó Marcel.

- “Perfecto”, dijo Eliza.

Marcel extendió el brazo. Salió y bajaron juntos, él delante, ella detrás, las manos rozándose en la baranda inexistente.

Caminaron por la plazoleta del flamboyán. Tomaron un autobús en la Rua Sacadura Cabral que subió por las calles estrechas de Santa Teresa con el motor rugiendo en cada curva, y Eliza se agarró del pasamanos mientras el vehículo se inclinaba y los pasajeros se balanceaban; sin saber, que su herencia se sumaban en millones y millones de euros.

Bajaron en el Largo dos Guimarães cuando el sol ya tocaba las crestas de los cerros. El empedrado era irregular, con raíces que sobresalían como dedos de la tierra. Faroles con luz amarilla se encendían uno a uno y los gatos los miraban desde los muros con ojos fosforescentes.

Marcel la guió por una calle empinada que subía entre casas coloniales con fachadas descascaradas y ventanas con celosías pintadas de colores. Llegaron a una puerta verde sin letrero. Marcel tocó el timbre. Esperaron.

La puerta la abrió una mujer baja, con cabello cano recogido en un moño y manos pequeñas que se limpiaban en un delantal manchado de achiote. Los ojos de la mujer evaluaron a Marcel con una mirada breve, después a Eliza, y se apartó para dejarlos pasar sin decir una palabra. El pasillo olía a dendê, a coco, a pescado cocinado a fuego lento. Eliza siguió a Marcel por el corredor hasta una terraza con suelo de baldosas portuguesas rotas, una mesa de madera desgastada, dos sillas de paja, y una vista de la ciudad que se extendía desde los tejados de Santa Teresa hasta la línea del mar.

Doña Mercedes salió de la cocina con dos platos hondos humeantes. Los puso sobre la mesa sin ceremonia. La moqueca burbujeaba dentro de una cazuela de barro, con trozos de pescado blanco sumergidos en una salsa espesa de tomate, cebolla, pimiento y aceite de dendê que teñía todo de un anaranjado profundo.

- “Come”, dijo Mercedes, y entró de nuevo en la cocina sin agregar nada más.

Eliza y Marcel se sentaron. Él le acercó la cazuela. Ella tomó la cuchara, sopló sobre la superficie de la salsa, probó. El sabor del pescado se deshacía en la boca con una untuosidad que mezclaba el coco, el dendê, y algo más, algo que no sabía nombrar pero que le recorría el paladar como una memoria que no tenía.

- “¿Cuándo aprendiste a comer moqueca?”, preguntó Marcel.

Eliza dejó la cuchara sobre el plato.

- “No lo sé. No sé si lo aprendí o si simplemente lo sabía”, respondió Eliza.

- “Hay cosas que el cuerpo recuerda aunque la cabeza no pueda acceder a ellas”, comentó Marcel.

- “¿Como los tambores?”, preguntó Eliza.

- “Como los tambores”, dijo Marcel.

Comieron en silencio. Eliza se limpió la boca con la servilleta de tela y miró la cicatriz de Marcel en el dorso de la mano izquierda, una línea blanquecina que recorría el tendón del pulgar hasta la muñeca. Él la vio mirar.

- “Me la hice con un bisturí en el quirófano de campaña”, dijo Marcel. “La mesa se tambaleó cuando pasó un camión y resbalé”.

- “¿Duele?”, preguntó Eliza.

- “Ya no. Duele la primera semana. Después el cuerpo decide que no vale la pena seguir enviando la señal”, respondió Marcel.

Eliza apoyó la cuchara en la cazuela. La salsa anaranjada goteó sobre la cerámica.

Dona Mercedes salió de la cocina con dos copas desparejas, una de vidrio transparente, otra de cerámica esmaltada con el borde desconchado. En cada una había una porción de pudín de tapioca con leche condensada, la superficie dorada por el horno. Las puso sobre la mesa, recogió los platos vacíos de moqueca, y volvió a desaparecer.

Eliza tomó la cuchara. El pudín cedió bajo la presión, tibio, con la textura granulada de la tapioca mezclada con la untuosidad de la leche. Masticó despacio. El dulzor le cubrió la lengua como una película.

- “Cuando regresaste a Brasil”, dijo ella, y me quedé en el hospital, ahí fue cuando recordé Vagamente a Leo”.

Marcel no respondió. Tomó la copa de agua y bebió. La mano que sostenía el vaso tenía los nudillos blancos.

- “Yo no sabía quién era yo”, dijo Eliza. “Pero sabía que Leo era importante. Y sabía que los tambores iban con él. Y que los tambores iban con Río. Así que vine aquí”.

- “Y yo vine a buscarte”, comentó Marcel.

Eliza se quedó mirándolo. La buganvilla de la pared se movía con la brisa y un pétalo cayó sobre la baldosa del suelo.

- “Y ahora estás aquí”, dijo Eliza.

- “Ahora estoy aquí”, repitió Marcel.

Eliza extendió la mano sobre la mesa. No la puso sobre la de él. La dejó a medio camino, con la palma hacia arriba, los dedos relajados. Marcel la miró. Después puso su mano sobre la de ella. Las palmas se encontraron y los dedos se cerraron. La mano de él era más grande, con callos en la base de los dedos por el bisturí, y estaba más fría que la de ella.




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