El murmullo regresó al salón. Primero en conversaciones aisladas y, poco a poco, en un murmullo generalizado mientras los invitados comenzaban a mirarse entre sí y a levantarse de sus asientos. El trío de cuerdas no volvió a tocar.
Marcel permaneció de pie frente a la mesa familiar durante cinco segundos más. Miró a su padre, que había vuelto a sentarse y sujetaba la copa de whisky con ambas manos. Miró a su madre, que rehuía su mirada. Miró a Thomás, quien negaba con la cabeza lentamente, como el médico que confirma un diagnóstico indeseado. Miró a Ricardo, que mantenía los ojos fijos en el mantel para evitar cualquier reacción.
No pronunció una sola palabra. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida con el mismo paso firme con el que había entrado: ni rápido ni lento, conservando la postura erguida que su madre le exigió desde los cuatro años. Los zapatos italianos resonaron sobre el mármol mientras doscientos pares de ojos lo seguían en absoluto silencio.
El empleado que le había abierto la puerta lateral ya no estaba. Marcel cruzó el vestíbulo en cuatro zancadas, empujó el portón de madera y salió al patio del club. Todo había salido exactamente como supuso que debía ocurrir.
El calor de la tarde resultaba sofocante. Los automóviles de lujo continuaban alineados en el estacionamiento, pero al fondo, junto a la cancela trasera que daba a la calle, aguardaba un vehículo distinto: un Fiat Uno gris, con el capó abollado y una calcomanía de los Ramones en la luneta trasera. El motor estaba encendido y el escape emitía un ronroneo irregular que olía a gasolina mal quemada.
Sara ocupaba el asiento del conductor. Llevaba la chaqueta de cuero negro abierta sobre una camiseta de la misma banda. Sostenía el volante con ambas manos y mantenía la vista fija en la salida del club, con la mandíbula apretada.
Al ver aparecer a Marcel, se inclinó para empujar la puerta del copiloto.
- “Sube”, ordenó Sara.
Marcel vaciló un instante. Miró hacia atrás, hacia los portones de madera del club. Sabía que había evitado el compromiso, pero eso no significaba que fuera un hombre libre; esto era tan solo el comienzo.
Se acomodó en el asiento del pasajero. La tapicería estaba cubierta con una sábana raída y algo rígido le presionó la espalda. Se giró, en la parte posterior, acumuladas sobre el asiento, se amontonaban sus pertenencias. Una maleta de lona con ropa, una caja de cartón repleta de libros, un neceser de cuero y una carpeta que custodiaba cuatrocientas doce páginas de historial médico, el expediente de Eliza. Lo había empacado esa misma mañana de forma instintiva, metiéndolo en el coche mientras Sara fumaba un cigarrillo apoyada en el capó.
Sara pisó el acelerador antes de que Marcel cerrara la puerta por completo. El Fiat Uno arrancó con un tirón, las ruedas chirriaron sobre las baldosas del patio y el vehículo se internó en el callejón trasero hasta desembocar en la avenida.
El tráfico de São Paulo estaba colapsado y el aire se llenaba de bocinazos. Sara conducía con una mano en el volante mientras con la otra accionaba la manivela para bajar la ventanilla y dejar entrar la brisa caliente de la tarde.
Recorrieron cinco manzanas en silencio. Los semáforos se sucedían en una secuencia autómata de rojo, amarillo y verde. Sara cambiaba de marcha con brusquedad; el coche gemía en segunda y cobraba impulso en tercera.
- “¿Estás seguro?”, preguntó Sara sin apartar la vista del parachoques del autobús que los precedía.
Marcel dirigió la mirada hacia el exterior. Los edificios de la avenida desfilaban ante él, un puesto de jugos de mango, una tienda de telas con muestras colgando de la fachada, una mujer con un niño en brazos esperando el transporte.
- “De lo único que estoy seguro”, respondió Marcel, “es de que la mujer que amo no está en ese club”.
Sara no contestó. Metió otra marcha, pisó a fondo el acelerador y coló el Fiat Uno en el hueco entre dos camiones de reparto con una maniobra que hizo gemir los neumáticos. En la parte trasera, la carpeta del expediente se deslizó contra el respaldo con un golpe sordo.