Amar con cicatrices

Capítulo 34

Eliza inclinó la cabeza para verlo hacia abajo, sonrió para sí, y todas sus emociones se habían acumulado en su columna vertebral.

- “No tengo ningún lunar en la cintura”, dijo Eliza. No tengo ningún lunar en forma de luna creciente en ninguna parte de mi cuerpo. Y usted lo sabe, o debería saberlo, porque si fuera lo que dice ser, lo habría descubierto la primera noche que me viera sin ropa”.

Leo Santos se levantó de la silla de plástico blanco con un movimiento brusco. La silla se volcó hacia atrás y golpeó la pared de baldosas rotas con un chasquido seco. Dio un paso hacia Eliza, y la cocina se volvió todavía más pequeña: su cuerpo ocupando el espacio entre la estufa de gas y la mesa, su sombra cayendo sobre ella y tapando la luz de la ventana.

Eliza no se inmutó. Lo miró fijamente, con un recelo instintivo que se negaba a doblegarse. Aunque ella lo ignoraba conscientemente, la sombra de Elizabeth D’Angelo no se dejaba intimidar ni siquiera por un hombre corpulento; no solo porque poseía excelentes habilidades de defensa personal, sino porque su sangre, los fantasmas protectores de Sergio, Leopoldo y Fabricio D’Angel, destruirían a todos si alguien se atrevía a dañarla, así había crecido, así había vivido.

Eliza, despojada de su memoria, no lo sabía con palabras, pero algo muy hondo dentro de su pecho lo exigía a gritos.

- “Joya, por favor”, dijo el hombre, y la voz le salió más grave, con una vibración que pretendía ser autoridad pero que sonaba a desesperación. “No sé qué te ha pasado. No sé qué te hicieron. Pero soy tu pareja. Te conozco. Te conozco desde antes de que todo esto empezara. Esas fotos son reales. Nosotros somos reales. No puedes decirme que no me conoces cuando dormíamos en la misma cama”.

Eliza no retrocedió. No movió un pie, no giró la cabeza, no desvió la mirada. La cicatriz de su cuello quedó justo bajo la línea de la mandíbula del hombre, que la superaba en altura por al menos una cabeza entera. La diferencia de masa entre los dos era evidente, él con los hombros anchos tensando la camisa azul marino y ella delgada y quieta. Pero algo en la quietud de ella, en la ausencia total de movimiento, en esos ojos que no parpadeaban, hizo que Leo Santos retrocediera medio paso sin que nadie le pidiera que lo hiciera.

- “Si pretende engañarme”, dijo Eliza, y la voz le salió con una claridad que no tenía nada que ver con el volumen, porque era baja, casi susurrada, “entonces debería ser más inteligente que yo. Una mujer como la que tiene enfrente no se deslumbra con baratijas”.

Leo Santos la miró. Ella lo miró. Un pétalo rojo cruzó por la ventana y cayó sobre la mesa de plástico, entre las fotografías trucadas y el cuaderno azul.

Leo Santos recogió el sobre de la mesa. Lo hizo con un movimiento lento, demasiado lento. Metió las dos fotografías de vuelta en el sobre sin doblarlas. La silla de plástico blanco seguía volcada contra la pared. No la recogió.

- “Esto no se queda así”, dijo el hombre, desde la puerta metálica abierta, con la espalda ya medio vuelta hacia la escalera exterior. “Voy a volver con más pruebas. Tú eres Joya Bianchi. No sé qué te hicieron, pero vas a recordar”.

No esperó respuesta. Bajó la escalera de concreto sin baranda con pasos pesados que resonaron contra el hormigón. Eliza se quedó de pie en la cocina, mirando el espacio vacío de la puerta abierta, con la luz del mediodía cayendo sobre las baldosas rotas del suelo y el pétalo rojo todavía sobre la mesa de plástico.

Recogió la silla volcada, la puso derecha y se sentó. Levantó la vista hacia la ventana, hacia el flamboyán que perdía pétalos rojos sobre el banco de hormigón, y cerró los ojos.

Diez minutos después, los pasos de Marcel subieron la escalera exterior de concreto. Apareció con una pequeña mochila de lona al hombro. Se detuvo en el marco de la puerta metálica y miró a Eliza sentada en la silla de plástico blanco.

- “¿Lista?”, preguntó Marcel.

Eliza se levantó. Cogió la mochila de lona que había preparado, una muda de ropa, ropa interior y un cepillo de dientes. Nada más. Se acercó a Marcel en la puerta y le puso la mano en el pecho.

- “Vámonos”, dijo Eliza. “Pero antes de irnos necesito que me cuentes algo”.

- “¿Qué?”, preguntó Marcel

- “Nada de lo que tú ya me has contado. Algo nuevo. Algo que no esté en mi historial médico. Algo que sea solo tuyo”, respondió Eliza.

Marcel la miró. La cicatriz de su cuello brillaba bajo la luz del mediodía que entraba por la ventana de la cocina. Él no preguntó qué había pasado durante el tiempo que se había tardado en regresar. Ella no se lo dijo. Se quedaron en la puerta metálica abierta, con el aire húmedo de Saúde pegándose a la piel, y él le contó algo que no estaba en ningún historial, que la primera vez que la vio con el cabello pegado a la frente con sangre seca y la piel grisácea por la pérdida de sangre le recordó una pintura que había visto en un museo en São Paulo, de una mujer tumbada que podía estar dormida o podía estar muerta, y que él no supo cuál de las dos era hasta que le sintió el pulso.

Eliza lo escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, asintió una vez con la cabeza, un movimiento mínimo que apenas movió la trenza lateral. Salió a la escalera exterior de concreto sin baranda y empezó a bajar. Marcel cerró la puerta metálica y la siguió. Bajaron los tres pisos por la parte posterior del edificio, con los tacones bajos de ella resonando contra los peldaños y los zapatos de él marcando el contrapunto. Ninguno de los dos miró hacia atrás.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.