🔞🔞Advertencia ⚠️: Este capítulo contiene escenas para público adulto.🔞🔞
Marcel se incorporó. Se cernió sobre ella, la miró una última vez, como pidiendo un permiso mudo, y Eliza asintió con la cabeza, una sola vez, sin palabras.
Entró despacio. Muy despacio. Centímetro a centímetro, sintiendo la resistencia testaruda de un cuerpo que se abría por primera vez. Eliza apretó los dientes. Sus manos se aferraron a los hombros de Marcel, con los dedos hundiéndose en la piel hasta dejar marcas blancas que enseguida viraron al rojo. El dolor era real, punzante, pero ella lo recibió con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, porque era un sufrimiento que había elegido, no una agresión infligida, y eso lo volvía soportable, casi hermoso.
Cuando estuvo dentro de ella por completo, Marcel se detuvo. Se quedó inmóvil, con la frente apoyada en la de ella, bebiéndose su aliento, sintiendo cómo los tejidos de Eliza se adaptaban a su presencia, cómo la tensión inicial cedía por grados y cómo el dolor mutaba, como si su propio cuerpo le susurrara: "Ah, esto. Esto es lo que eras".
- “¿Estás bien?”, preguntó él en un murmullo.
- “Estoy... (Eliza abrió los ojos, mirándolo fijamente) Estoy. Solo estoy”, respondió ella.
Marcel comenzó a moverse con una lentitud deliberada, adoptando un ritmo que ignoraba la urgencia del deseo para convertirse en el compás de alguien que escribe un texto con el cuerpo, letra por letra, palabra por palabra. Cada embestida era una sílaba; cada retroceso, una pausa; cada vez que volvía a ella, una frase que se completaba y que Eliza descifraba con la carne, alzando las caderas a su encuentro, enroscando las piernas en su cintura y recorriendo su espalda con unas manos que se fijaban a sus omóplatos cuando el placer ascendía como una marea indetenible.
Eliza descubrió que podía acompañarlo. Que sus caderas sabían moverse, que su piel y sus músculos respondían a cada impulso de Marcel con un contramovimiento perfecto.
El orgasmo irrumpió en oleadas. No como una detonación repentina, sino como una crecida lenta e inexorable que le inundó el vientre, los muslos y la columna hasta saturar cada fibra de su ser, obligándola a arquear la espalda y a clavar las uñas en los hombros de Marcel mientras pronunciaba su nombre, un sonido que era su nombre, pero también un término inédito en el idioma que estaban inventando.
Cuando Eliza estalló en el clímax, su cuerpo se tensó como un arco, con los músculos del abdomen y de la intimidad contrayéndose en espasmos incontrolables, mientras un gemido que oscilaba entre el llanto y el alivio brotaba de su garganta, como si estuviera perdiéndolo y ganándolo todo al mismo tiempo. Marcel la sostuvo durante los temblores, abrazándola con fuerza, permitiendo que su organismo se desahogara por completo.
Después volvió a moverse, acelerando el paso con un control más laxo, buscando su propio destino. Eliza lo sintió contraerse sobre ella, con la mandíbula firme y los ojos cerrados, emitiendo un ronco suspiro que le vibró en el pecho. Ella lo estrechó con desesperación, con las piernas aferradas a su cadera y las manos en su nuca.
Permanecieron así, fundidos, mientras la resaca del mar les lamía los pies y volvía a retirarse, una y otra vez, con la arena adherida a sus espaldas y el sol cayendo sobre ellos como una bendición inmerecida.
Minutos más tarde, se sentaron hombro con hombro sobre la arena, con las rodillas flexionadas y los brazos abrazando las piernas. Eliza tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos, con un sabor a sal, a Marcel y a un porvenir sin nombre.
- “Fue la primera vez”, afirmó ella, con voz suave, carente de interrogación.
- “Lo sé”, respondió él.
- “No recuerdo ninguna noche anterior. Ningún hombre. Ningún amor. Nada. Y ahora... esto es lo primero. Lo único que me pertenece”.
- “¿Y qué es lo que recuerdas?”, quiso saber Marcel.
Eliza abrió los ojos y contempló el mar, cuyas olas rompían con una constancia de respiración.
- “Recuerdo tu peso sobre mí. El dolor y luego el calor. Tus manos en mi cintura. Recuerdo haber dicho tu nombre. Recuerdo el cielo azul, el agua tocándonos los pies, tú dentro de mí y yo sosteniéndote, sin que nada más importara. Solo tú. Solo esto”, dijo Ellza.
Hizo una pausa y se pasó la lengua por los labios resecos por la sal.
- “Leo debió ser alguien importante en otra vida”, continuó Eliza. “Pero no mi pareja. No de esta manera. Si lo hubiera sido, mi cuerpo lo guardaría en la memoria. Mi cuerpo no recuerda a nadie antes de ti. Solo te recuerda a ti”.
Marcel la miró en silencio. No emitió palabra; ninguna frase habría mejorado lo que sus cuerpos ya habían dictado.
Eliza le tendió la mano y entrelazó los dedos con los suyos.
- “No quiero saber nada de mi pasado”, sentenció Eliza. “Ya no. No me interesa quién fui, qué hice, a quién amé o quién me amó. No quiero a Leo ni a ningún fantasma que venga a reclamarme. Solo quiero mi presente. Solo te quiero a ti”.
- “Eliza…”, intentó decir él.
-:“No. Escúchame bien”, lo interrumpió ella, volviéndose con una intensidad que le endureció la mirada. “No quiero que me prometas que me vas a cuidar. No quiero promesas de protección ni de sanación; eso ya lo hiciste en el hospital. Me salvaste la vida. Lo que necesito que me jures ahora es otra cosa”.
Marcel la observó con la gravedad de un hombre consciente de que el futuro se estaba decidiendo en ese instante.
- “Prométeme que no habrá dinero en el mundo capaz de apartarte de mí”, exigió Eliza. “Que ninguna familia, ningún hospital, ningún apellido, ninguna prometida ni ninguna madre en un Mercedes podrá arrancarme de tu lado. Que no vas a regresar a São Paulo para casarte con otra ni a aceptar un cheque a cambio de perderme. Júrame eso”.
Marcel le apretó la mano con fuerza.
- “No habrá fortuna en este mundo que me aparte de ti”, prometió Marcel con voz firme, con una seguridad que ya no temblaba porque el acto físico la había fijado más allá de las palabras. “No hay familia ni título que valgan más que esto. Te lo juro”.