Amar con cicatrices

Capítulo 12

El traje de Ermenegildo Zegna colgaba de los hombros de Marcel Batista. La tela, cortada a medida en Milán durante su estancia con Persico, era de lana de ocho onzas y todavía no había terminado de adaptarse a su cuerpo; llevaba puesto el traje desde hacía apenas tres semanas. El pantalón estaba perfectamente planchado y se ajustaba a unas caderas que habían perdido cuatro kilos durante el último año. La corbata de seda gris perla, anudada con el Windsor que su padre le había enseñado a hacer a los dieciséis años, le resultaba incómoda.

El apartamento familiar en los Jardines ocupaba el piso dieciocho de una torre diseñada por Ruy Ohtake. Los ventanales de suelo a techo dejaban entrar la luz de noviembre, que se reflejaba en el mármol Calacatta y en las superficies de cristal negro. En un rincón, una escultura de Frans Krajcberg proyectaba sombras sobre la pared. En el comedor, la vajilla de Limoges permanecía intacta, la taza de café con la que Florencia Batista había desayunado a las siete y los platos de porcelana que la empleada había devuelto a sus perchas de terciopelo. El aire acondicionado mantenía los veintidós grados exactos que Edvaldo exigía en todas sus propiedades.

Marcel se miró en el espejo de cuerpo entero del vestidor, una pieza italiana de la casa Boffi con marco de nogal. El reflejo mostraba a un hombre de veinticinco años con ojeras violáceas, pómulos que Persico habría definido como faltos de estructura y una mandíbula apretada por la tensión. La cicatriz milimétrica en su pulgar izquierdo, recuerdo de su primera intervención con Cardoso, quedó visible bajo la luz empotrada del techo.

El teléfono vibró sobre la repisa de cuarzo, tenía cuatro mensajes de Larissa en seis minutos. No los abrió. Se examinó los zapatos, unos John Lobb negros con una capa de betún muy fina. El profesor Cardoso exigía precisión al décimo de milímetro; Lobb, según Marcel, exigía la misma atención al cuidado del calzado.

Salió de la vivienda a las cuatro de la tarde. Olegário, el conserje, le abrió la puerta del Audi A8 negro, que mantenía impecable. Marcel condujo en silencio por la avenida Rebouças. Los edificios de cristal se sucedían a ambos lados de la avenida. Hacía un año que había dejado la ciudad y ahora le resultaba poco familiar.

La fiesta de compromiso se celebraría al día siguiente, veinte de noviembre, en el Club Atlético, alquilado en su totalidad.

La recepción del día siguiente reuniría a doscientos invitados, con el catering de Emmanuel Bassi, flores importadas de Holanda por encargo de Bárbara Maggi y un trío de cuerdas interpretando a Bach y Villa-Lobos.

Larissa lo esperaba en su apartamento de la calle Estados Unidos. El vestido de ella, una creación exclusiva de Alexandre Herchcovitch con perlas cosidas a mano en el escote, ya estaba en el armario. La prueba final había concluido y solo quedaba la inspección de Larissa para comprobar que Marcel cumpliera cada detalle del protocolo establecido para el compromiso.

El apartamento de Larissa ocupaba la planta doce. Marcel pulsó el intercomunicador y la voz de ella le permitió entrar sin ningún saludo.

En el ascensor privado, con las paredes forradas en espejo bronce, Marcel observó su reflejo, el traje Zegna, la corbata impecable y los zapatos Lobb.

Larissa lo aguardaba en el salón. El ambiente olía a gardenias, las mismas que su madre, Bárbara, disponía en la residencia de Alphaville, y al Chanel Nº 5 que reservaba para las grandes ocasiones. Vestía un diseño de seda cruda que le cubría hasta las rodillas y caminaba descalza sobre la tarima de madera de ipê. El diamante de tres quilates estaba en su anular. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo. Sobre la mesa del comedor había decenas de tarjetas impresas con nombres y mesas organizadas en filas.

- “Llegas tarde”, dijo Larissa sin alzar la vista.

- “Cuatro minutos”, replicó Marcel.

- “Cuatro minutos es tarde cuando hay doscientas personas esperando que todo resulte perfecto”, comentó Larissa.

Marcel guardó silencio. Se aproximó a la mesa y examinó las cartulinas impresas en tipografía Garamond sobre papel hueso. Los apellidos se repetían: Maggi, Batista, Kessel, Pires, Matarazzo. Eran familias con las que los Batista mantenían relaciones comerciales y sociales.

- “¿Verificaste la lista de Frederico?”, preguntó ella, separando una tarjeta.

- “Frederico no vendrá”, respondió Marcel.

- “¿Cómo que no vendrá?”, cuestionó Larissa.

- “Es mi contacto en el ministerio, Larissa. No un invitado a recepciones”, dijo Marcel.

Larissa alzó la mirada. Sus ojos lo recorrieron detenidamente.

- “Tu contacto en el ministerio es tan relevante como tu familia. ¿Por qué prescindir de Frederico?”, inquirió Larissa.

- “Porque tiene asuntos que no incluyen fingir que le interesa mi compromiso”, respondió Marcel.

- “¿Fingir? (Larissa dejó la tarjeta sobre la mesa) “¿Fingir es lo que hacemos? ¿Tú también estás fingiendo?”

Marcel no se movió. El climatizador marcaba veintiún grados, uno menos que en la casa de sus padres, y sintió frío en los antebrazos.




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