Amar con cicatrices

Capítulo 26

Cuando ella terminó, permanecieron en silencio, entonces él habló.

- “Yo recuerdo toda mi vida”, empezó Marcel. “Recuerdo el colegio suizo-brasileño y el estacionamiento lleno de coches que costaban más que casas. Recuerdo a mi madre pintándose los labios con Dior antes de subir al Mercedes negro. Recuerdo a mi padre firmando cheques con la misma mano con la que me pegaba en la nuca cuando decía algo que no le gustaba”.

Se acercó un paso. Eliza no se movió.

- “Recuerdo la residencia en São Paulo. El profesor Cardoso exigiendo precisión al décimo de milímetro. Recuerdo el intercambio en Milán, a Gianluca Persico enseñándome que la cirugía reconstructiva facial requería conocimientos de ciencia y de arquitectura. Recuerdo cada bisturí que he sostenido, cada rostro que he operado, cada sutura que he anudado”, añadió Marcel.

Otro paso. Estaba nuevamente cerca de ella.

- “Y en toda esa vida, no ha habido nada más importante que los ocho meses que pasé contigo”, dijo Marcel.

Eliza abrió la boca y luego la cerró. Los dedos se le cerraron sobre el borde de la mesa detrás de ella.

- “Ocho meses. La clínica en Maharashtra. El olor a eucalipto y a yodo. Tu cara vendada, y después tu cara sin venda, y después tu rostro después de la reconstrucción que yo había realizado. Las mañanas en las que Concepción dejaba café filtrado en la cocina y te miraba como si te reconociera de algún lugar que no podía nombrar. Las tardes en las que tú traducías para los pacientes y yo te observaba desde la puerta sin que tú supieras que estaba ahí. Las noches en las que el generador se apagaba y nos quedábamos en la oscuridad y tú hablabas de lo que recordabas, que era casi nada, y yo te escuchaba para no olvidar ninguna de tus palabras”, continuó Marcel.

Hizo una pausa y respiró, para ordenar todo lo que Eliza provocaba en él.

- “He conocido a mujeres atractivas”, dijo Marcel, y la palabra "atractivas" salió de su boca con indiferencia. “En São Paulo, en Río, en diferentes lugares. Mujeres con apellidos que abren puertas y sonrisas que han sido diseñadas para abrir las demás. Mujeres que saben quiénes son y de dónde vienen, como tú dices. Mujeres enteras”.

La miró. La cicatriz del cuello. Las palmas lisas sin huellas. El pelo cayendo a ambos lados de un rostro que él había reconstruido con sus propias manos y que conocía con detalle.

- “Pero ninguna tan hermosa como tú”, dijo él sin dejar de mirarla.

Sin utilizar comparaciones ni adornos.

- “Ninguna que haya cambiado mis decisiones. Ninguna por la que yo haya dejado un compromiso sobre una mesa, un hospital con mi nombre en la placa, una familia que me esperaba con un catering de Emmanuel Bassi y una iglesia reservada a las siete de la tarde”, expresó Marcel.

Se tocó el bolsillo interior de la chaqueta del Brioni. El estuche de cuero negro con el bisturí número once estaba ahí.

- “Ahora solo tengo esto para ofrecerte (sacó el bisturí, lo sostuvo un instante en la palma abierta, y luego lo dejó sobre la mesa). A mí. Y a mi trabajo. No tengo dinero. No tengo apellido que valga nada, porque el que tenía lo acabo de dejar en un salón del Club Atlético junto con una prometida que merecía algo mejor que un hombre que estaba mirando hacia otra parte. No tengo casa. No tengo coche. Tengo un bisturí grabado con mi nombre y una oferta del profesor Cardoso para reconstruir rostros en un hospital comunitario de São Sebastião, en Río, que atiende a refugiados”, dijo Marcel.

La voz de Marcel se detuvo un instante. Tragó saliva.

- “Y te tengo a ti. O no te tengo. Que es lo que tú decidas”, añadió él.

Eliza lo miraba. Los ojos se le habían humedecido, pero no lloraba todavía. La mandíbula estaba apretada, los dientes cerrados detrás de los labios, y las manos seguían agarrando el borde de la mesa.

- “Haré lo que sea necesario”, dijo Marcel, y ahora su voz era la más baja de todas. “Lo que sea necesario para que confíes en mí. Lo que sea necesario para que me aceptes en tu vida. No hoy. No mañana. El tiempo que haga falta. Los meses que haga falta. Los años que haga falta”.

Se acercó el último paso, haciendo que sus manos dejarán la mesa.

- “Tú no necesitas recordar quién eras”, dijo Marcel, y levantó la mano, y esta vez no la posó en la mandíbula sino en la palma lisa de ella, sobre las yemas sin huellas, sobre la piel que había perdido sus crestas en un fuego que ella no podía nombrar. “Yo recordaré por los dos. Y cuando estés lista, cuando quieras saber, te lo contaré. Cada día que pasamos juntos. Cada detalle. Hasta que los recuerdos sean tuyos también, o hasta que construyamos unos nuevos sin necesidad de conocer tu pasado”.

Los dedos de Eliza se cerraron sobre los de él.

- “Es una locura”, repitió ella, pero la palabra ya no expresaba rechazo. Era lo que estaba ocurriendo y ella no sabía qué hacer al respecto.

- “Sí”, dijo Marcel. “Es una locura”.

Y la besó de nuevo. Esta vez no hubo error de cálculo en la comisura. La boca de Marcel encontró la de Eliza en el centro, con seguridad. Los labios de ella se abrieron bajo los suyos, y la lengua de Eliza salió a buscarlo, ya sin la timidez del primer beso. La mano de ella, la que sostenía la de él, apretó, y la otra mano subió y se posó en la nuca de Marcel, sobre el pelo corto, y tiró de él hacia abajo con una urgencia mayor que en el primer beso.

Marcel la rodeó con el brazo libre por la cintura y la acercó. El cuerpo de Eliza se apretó contra el suyo, la blusa contra el traje arrugado, las caderas contra las caderas, el pecho contra el pecho, y él sintió los latidos de ella a través de las costillas, acelerados e irregulares.

El beso se profundizó. La lengua de Marcel recorrió la boca de ella con atención, y Eliza soltó un sonido que vibró contra su garganta. Marcel respondió con un movimiento de la cabeza que cambió el ángulo del beso y permitió que sus labios cubrieran más superficie, que la boca de ella se abriera más y que el beso se volviera más intenso.




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