Amar con cicatrices

Capítulo 41

El vuelo de las seis de la mañana aterrizó en Congonhas bajo el cielo nublado de São Paulo. Marcel llevaba la mochila al hombro, una camiseta negra y los mismos shorts de Saquarema. No se había afeitado; una sombra de barba oscura le esculpía la mandíbula. Salió de la terminal y abordó un taxi sin mirar atrás.

La casa de Higienópolis le abrió las puertas con su opulencia de siempre. Florencia ocupaba el sillón de cuero oscuro en el extremo opuesto, luciendo el labial Dior perfectamente perfilado. No se levantó.

Edvaldo Batista aguardaba de pie junto a la ventana, con la persiana semicerrada, enfundado en un traje gris sin corbata y las manos entrelazadas a la espalda.

Larissa Maggi permanecía en el otro sillón, con el bolso de cuero negro a sus pies. No llevaba rastro de maquillaje y una mancha violácea le devoraba el antebrazo izquierdo, justo donde la manga corta fallaba en ocultarla. Ni siquiera lo miró al entrar.

Sara, de pie junto a la mesa auxiliar, sostenía firmemente una carpeta negra.

- “Llegaste”, dijo Sara.

- “Llegué”, respondió él.

- “Siéntate, Marcel”, ordenó Edvaldo.

- “No voy a sentarme”, replicó Marcel.

- “Marcel”, intervino Florencia. “Larissa ha venido a hablar contigo. Atraviesa un momento muy difícil, y tu padre ha tenido que…”.

- “No. (Marcel dejó caer la mochila al suelo) No vine a escuchar lo que Larissa tenga que decir. Ni tampoco lo que tú quieras añadir. Vine a comunicar una sola cosa, y en cuanto termine, me marcharé”, interrumpió Marcel.

- “Estás en mi casa, Marcel”, dijo Edvaldo.

- “Y yo estoy en mi legítimo derecho de revocar el poder que te otorgué. (Marcel extrajo un papel doblado del bolsillo; no era un pliego legal, sino una hoja arrancada a prisa de un cuaderno con su caligrafía médica) Esto es lo que exijo, la anulación inmediata de la administración sobre las acciones y patentes que el abuelo me legó. Sara tiene la carpeta con los registros”, expresó Marcel.

Sara depositó el expediente sobre la mesa de centro.

- “Marcel”, dijo Edvaldo, alterando el ritmo de su voz, volviéndola pausada, calculadora, la de un hombre que sopesa cada sílaba, “sabes perfectamente que un paso así conlleva consecuencias”.

- “Consecuencias”, repitió Marcel, saboreando amargamente la palabra. “Sí. Las habrá, para ustedes”.

Florencia cruzó las piernas, haciendo que el cuero del sillón crujiera de forma sutil.

- “No te pongas melodramático, Marcel”, dijo Florencia.

- “No hago teatro, mamá. Soy exacto. (Marcel avanzó hasta situarse en el centro de la sala) Mandaron a un individuo a Río. Un farsante llamado Leo, a quien le pagaron para suplantar la identidad de una mujer a la que ni siquiera conoce. Le fabricaron un álbum de fotos falsas, le ensayaron un guión y le divulgaron su paradero exacto”, expresó Marcel.

Larissa alzó el rostro de golpe. Sus ojos se clavaron en Marcel por primera vez.

- “Yo no sabía que iban a llegar a ese extremo”, balbució Larissa.

“Me da igual si estabas al tanto o no. (Marcel ni la miró) Estás aquí porque Augusto te golpeó, no soy idiota como suponen ustedes, yo solo no quería complicarme y dejaba que tomaran decisiones por mí. Lamento profundamente, lo que hizo tu padre, pero no vas a utilizarme para rescatar a tu familia de un desastre que no me concierne”, expresó Marcel.

Edvaldo dio un paso al frente.

- “El contrato matrimonial es un requisito indispensable para…”, empezó Edvaldo.

- "No. (Marcel levantó la palma de la mano, con un ademán tan calmado como imperativo) Escuchen todos una sola vez”, interrumpió Marcel.

El zumbido del aire acondicionado pareció tragarse el aire de la sala. Nadie osó interrumpir.

- “El dinero me importa un bledo. Jamás me interesó. El abuelo me confió esas acciones y patentes sabiendo que yo no las emplearía para los fines mezquinos de ustedes. Confiaba en que haría lo correcto. Y lo correcto, hoy, consiste en utilizarlas para blindar a una persona que ustedes intentan demoler”, dijo Marcel.

- “Aquí no se está destruyendo a nadie”, replicó Florencia.

- “Mamá. Contrataste a un mercenario para sembrarle dudas de identidad a una mujer que padece amnesia. Le inventaste un pasado sentimental que jamás existió y lo sé perfectamente porque soy un hombre y no un niño como supones, dándole pruebas falsas en las manos. Eso no es pretender controlarme otra vez; eso es una crueldad calculada”, manifestó Marcel.

Florencia ni siquiera parpadeó. Su pintura de labios permaneció intacta.

- “Si continúan por ese camino”, advirtió Marcel, “si vuelven a enviar a otro títere, si la vigilan o se atreven a tocarle un solo cabello, van a conocer a un Marcel que les aseguro que no les va a gustar.

Edvaldo soltó una risa seca, desprovista de gracia, el sonido de quien atiende una impertinencia ridícula.

- “¿Y qué piensas hacer, Marcel? ¿Presentarte aquí con esa camiseta negra y ropa de playa a intimidarnos?”, cuestionó Edvaldo.

- “No. Voy a vender las acciones y las patentes a los competidores directos de esta familia”, respondió Marcel.

El aire pareció abandonar los pulmones de Edvaldo. Florencia entreabrió los labios en un gesto que equivalía a un alarido mudo. Larissa cerró los ojos con fuerza. Sara mantuvo los dedos firmemente anclados sobre la carpeta negra.




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