Amar con cicatrices

Capítulo 36

🔞🔞Advertencia ⚠️: Este capítulo contiene escenas para público adulto.🔞🔞

Caminaron hacia la orilla con el agua escurriendo por sus cuerpos, pegando la ropa a la piel y delineando formas que el algodón mojado ya no intentaba disimular. El pecho de Eliza se marcaba con nitidez bajo la camiseta blanca; los pantalones de Marcel se adherían a sus caderas y muslos, dejando adivinar la línea tensa de su erección bajo la tela.

En un tramo desierto de la playa, se sentaron sobre la arena tibia con las piernas estiradas y las olas lamiéndoles los pies. Eliza se quitó la camiseta con un movimiento rápido, sin ceremonia, y la dejó caer a su lado. Llevaba un sostén deportivo negro que le comprimía el busto, aplanando sus formas. Se lo desabrochó con los dedos, todavía con un leve temblor, y lo depositó sobre la ropa. Sus senos quedaron al descubierto. La piel de su pecho era tersa, inmaculada, libre de marcas o cicatrices, a excepción de la línea rosada que descendía por su cuello hasta la clavícula como un río seco.

Marcel la contempló en silencio. Alargó la mano y le rozó el seno izquierdo con la yema de los dedos, en una caricia casi imperceptible. El pezón se endureció al instante bajo su tacto. Eliza cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, exponiendo la garganta, la cicatriz y la línea firme de la mandíbula.

- “No me toques como médico”, pidió Eliza. “Enséñame cómo lo haces cuando no lo eres”.

Marcel deslizó la mano desde su pecho hasta la cintura, tanteando la cinturilla del pantalón empapado. Metió los dedos y tiró con suavidad. Eliza levantó las caderas y él le bajó los shorts hasta los tobillos, dejándolos abandonados en la arena. Llevaba unas bragas negras de algodón, sencillas, sin encajes ni adornos, empapadas y esculpidas a su anatomía.

Se miraron fijamente. Él con los pantalones mojados y la erección evidente; ella en ropa interior sobre la arena de Saquarema, bajo un sol cenital que convertía el mundo en un territorio exclusivo para ellos dos, reducido a una playa infinita y a dos cuerpos desarmados. No había nadie cerca. Los surfistas se perdían a lo lejos, hacia el norte, y los puestos de pescado quedaban muy atrás, al sur.

Eliza se inclinó y le bajó el pantalón a Marcel. Él levantó las caderas para facilitarle el gesto. Llevaba unos bóxers blancos que la humedad volvía transparentes, marcando con claridad su excitación. Eliza lo observó con la concentración absoluta de quien contempla un misterio por primera vez, y lo era, de verdad lo era, pensando que, aunque su cuerpo hubiera pertenecido a alguien en el pasado, su mente carecía de registros previos. Eso lo convertía en algo virgen, el primer hito de un archivo que empezaba a escribirse.

Alargó la mano y lo rozó por encima del algodón. Marcel cerró los ojos y apretó la mandíbula; su miembro se contrajo, volviéndose más rígido bajo la tela. Eliza le bajó los bóxers con cuidado, liberándolo, y envolvió su calor con la palma de la mano. Lo sostuvo con asombro, sintiendo el peso, la tirantez de la piel y el pulso rítmico de la vena que latía bajo sus dedos.

- “No sé qué hacer”, confesó, con una honestidad que le quebró la voz.

- “Haz lo que quieras”, respondió Marcel, con los ojos cerrados y el rostro alzado al cielo.

- “¿Y si hago algo mal?”, preguntó ella.

- “No hay nada mal. Todo lo que tocas está bien”, respondió él.

Eliza movió la mano despacio, de arriba a abajo, percibiendo cómo la piel se deslizaba sobre la firmeza, cómo el cuerpo de Marcel respondía con un estremecimiento sordo que le recorría los muslos y hacía que se le encogieran los dedos de los pies en la arena. Lo soltó un instante y se inclinó. Lo besó en el cuello, en la clavícula, en el centro del pecho. Descendió lentamente por el esternón hasta el ombligo, donde detuvo los labios para exhalar el aliento caliente contra su piel, impregnándose del aroma de su cuerpo.

Marcel le sujetó el rostro con ambas manos y la atrajo hacia sí, elevándola hasta su boca. La besó con una intensidad desbordada, con la lengua buscando la suya, con los dientes rozando los labios y con la urgencia contenida durante meses que por fin estallaba en un torrente incontrolable. Le deslizó las bragas hacia abajo con unos dedos que ya no temblaban.

La tumbó con suavidad sobre la arena. Eliza sintió el calor del suelo bajo su espalda y el peso cálido de Marcel cerniéndose entre sus piernas, con su sex0 rozándole el muslo con una fricción húmeda y febril. Él le besó los senos, primero uno y luego el otro, con los labios abiertos y la lengua trazando círculos lentos. Eliza arqueó la espalda y emitió un sonido que ignoraba que su garganta pudiera formular, un gemido bajo, gutural y ahogado.

La mano de Marcel descendió por su vientre hasta la intimidad. Al tocarla, la halló húmeda, no por la brisa del mar, sino por una respuesta propia que brotaba con una generosidad pasmosa, inédita en sus recuerdos. Cuando él encontró aquel punto exacto, Eliza dio un respingo involuntario, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

- “Espera”, pidió Eliza con la voz rota.

Marcel se detuvo de inmediato, retirando la mano.

- “¿Duele?”, preguntó él.

- “No. No es dolor. Es que... es demasiado. No lo sé... no estoy acostumbrada”, balbuceó ella.

- “¿No estás acostumbrada a que te toquen ahí?”, cuestionó él.

- “No estoy acostumbrada a recordar que me tocan ahí” corrigió Eliza.

Marcel la miró con una comprensión súbita que le iluminó el rostro como un relámpago. Le besó la frente y le apartó el cabello húmedo de la frente.

- “Voy despacio”, prometió Marcel.

- “Sí. Despacio”, rogó ella.

Volvió a tocarla con extrema paciencia. Eliza cerró los ojos y se concentró en respirar; su cuerpo fue cediendo por grados, disolviendo la tensión. Las caricias se volvieron un compás que ella comenzó a seguir con las caderas en un ritmo inconsciente, acompasado al movimiento de sus dedos. Cuando él deslizó un dedo en su interior, despacio, notando la natural resistencia de unos músculos que parecían ignorar por completo lo que era una penetración, Eliza abrió los ojos de golpe.




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