La calle Estados Unidos estaba, como de costumbre, colapsada. Un camión de reparto bloqueaba la mitad del carril. El olor a diésel se mezclaba con el vapor de un puesto callejero donde una licuadora trituraba mangos. En el escaparate de una ferretería se exhibían mangueras enrolladas. Marcel caminaba sin rumbo. Sus zapatos Lobb, confeccionados para desterrarlos sobre moquetas de lana y mármol pulido, resbalaban en la baldosa portuguesa de la acera, húmeda por el riego automático.
Desorientado y sofocado por la discusión con Larissa, subió al Audi, pero apenas avanzó unos cientos de metros antes de dejar el vehículo al cuidado de un aparcacoches cerca de la zona centro. Necesitaba perderse entre la multitud. Se quitó la chaqueta del traje y se la colgó sobre el hombro izquierdo.
Avanzó por la calle Dos Andradas, en el corazón antiguo de São Paulo, entre el bullicio de los comercios de telas y los transeúntes apresurados. El sol le quemaba la nuca. Un vendedor ambulante le ofreció un coco helado; Marcel rehusó con un gesto seco. Una mujer con un bebé en brazos le extendió la mano; él buscó en el pantalón y le entregó un billete de cincuenta reales sin detenerse.
En medio de la acera apareció el inmueble. Era una construcción de principios del siglo XX, con fachada de azulejos hidráulicos descoloridos y una puerta de madera oscura con un rótulo sobrio. Las letras, pequeñas y en tono verde oliva, componían una palabra: «Veredas». Debajo, un logotipo de líneas discontinuas dibujaba un trazado interrumpido. La puerta permanecía entreabierta y desde el interior llegaba el zumbar monótono de un ventilador.
Marcel se detuvo en seco. No fue por el letrero ni por la arquitectura. Fue por la figura que acababa de cruzar el umbral.
La vio de espaldas apenas un segundo, pero ese instante bastó para paralizarlo. Sintió cómo la mandíbula se le agarrotaba y la respiración se le volvía entrecortada y superficial.
Aquella espalda estrecha, la inclinación particular de los hombros protegiendo la zona del cuello, la postura contenida. La ropa era humilde, de algodón sin marca. El cabello le caía por la espalda con la misma caída que él recordaba.
Reconoció también su forma de caminar, un paso levemente más corto que el otro, compensando una sutil asimetría en el apoyo. Marcel había diseccionado esa biomecánica decenas de veces en la clínica.
Se aproximó a la entrada. La madera guardaba el calor de la tarde. Tras el umbral se abría un pasillo estrecho de paredes amarillentas y un ventilador de techo que giraba perezoso. Al fondo, una sala luminosa daba a un patio interior donde oscilaban sábanas blancas colgadas de un tendedero.
Escuchó voces. Una masculina y joven; otra de una anciana, pausada, impregnada del acento del interior de Goiás que le recordaba a Vanderlei.
Empujó la puerta. El pasillo flanqueado por carpetas apiladas conducía al diminuto despacho con una silla de madera y una mesa con un formulario impreso.
Y la mujer sentada ante el papel resultaba imposible. Eliza debía de estar en Maharashtra, en la clínica Oliveira, descansando en su catre junto a la anciana que le relataba historias de su infancia. No podía estar en São Paulo, en una ONG del centro histórico, sosteniendo un bolígrafo azul.
Sin embargo, la mujer que tenía enfrente poseía unas palmas llanas, desprovistas de huellas dactilares. Marcel las observó cuando ella alzó una mano para retirarse un mechón del rostro, y allí estaba la cicatriz del cuello.
Exactamente sobre el plano donde él aplicó la sutura con Prolene 6-0, ejecutada con la pulcritud que Cardoso le había exigido y que Persico perfeccionó en Milán.
Marcel se apoyó en el marco de la puerta. Sus nudillos se tornaron blancos mientras la madera crujía bajo su peso.
La mujer no se giró de inmediato. Mantenía la vista fija en el formulario, donde había trazado una palabra con letra inclinada y firme. Marcel reconoció esa caligrafía, era la misma que figuraba en las fichas de evaluación del dolor en la clínica rural.
La palabra escrita era «Eliza».
La observaba una anciana frágil de manos nudosas, Doña Concepción Oliveira. La misma mujer a la que Marcel había atisbado al fondo de las videollamadas con Vanderlei. Allí estaba, a miles de kilómetros de la India, conservando la misma serenidad ancestral.
Junto a la puerta, de pie y con los brazos cruzados, Frederico custodiaba el espacio con su traje gris sin corbata y el cabello rapado en las sienes.
Marcel no avanzó. Permaneció inmóvil en el umbral, con la chaqueta Zegna colgada del hombro y el nudo de la corbata aflojado. Inspiró el aire denso del despacho mientras contemplaba a la mujer que acababa de plasmar su nombre en el papel.
El bolígrafo se detuvo. Eliza alzó la cabeza. Al principio no reparó en él; miró hacia el patio, luego desvió despacio la mirada hacia la entrada.
Los ojos de Marcel se encontraron con los suyos. Eran los mismos ojos que lo habían acompañado durante ocho meses, primero velados por la anestesia, luego desorientados en la penumbra y, finalmente, fijos en sus esquemas cuando él le explicaba los pasos de la reconstrucción facial.
Ahora, esos mismos ojos lo contemplaban con un destello de perplejidad, luchando por rescatar su rostro del abismo de su memoria.
Marcel no articuló palabra. Tampoco se movió. El ventilador continuó con su ritmo monótono. Una gota de sudor le resbaló por la sien izquierda hasta perderse en la mandíbula.
Concepción lo observó desde su rincón. Sus manos se apretaron levemente sobre el regazo.
- “Pasa, muchacho”, dijo la anciana con voz pausada. “Cierra la puerta. El aire de la calle entra abrasando”.
Marcel cerró la puerta a su espalda.