Marcel subió la escalera exterior de concreto sin baranda, los zapatos resonando contra los peldaños con un ritmo que ella ya identificaba entre todos los sonidos del barrio.
Apareció en el marco de la puerta metálica abierta con su bata blanca doblada sobre el brazo y una bolsa de papel en la mano que olía a pan de queso recién hecho.
Dejó la bolsa sobre la mesa y se quedó mirándola con una expresión que intentaba ser profesional y no lo conseguía nunca del todo.
- “Tengo el dinero”, dijo Marcel, sin preámbulo. “No es mucho, pero basta para dos noches en un lugar que conozco en Petrópolis. Una pensión arriba de una panadería. Hay un río, árboles, silencio. Necesitas salir de aquí, Eliza. Necesitas aire.
- “¿Cuándo nos vamos?”, preguntó Eliza.
- “En una hora. Voy a recoger algo en el hospital y vuelvo. Quédate aquí. No te vayas a ir, hermosa”, respondió él.
Marcel le tocó el hombro con la punta de los dedos, un contacto breve que provocó algo que aún tenía nombre en el vocabulario de Eliza, y salió por la puerta metálica.
Eliza se quedó de pie junto a la ventana, mirando los pétalos rojos que cubrían el banco de hormigón. Acomodó la blusa que llevaba puesta y se trenzó el cabello a un lado, dejando la cicatriz visible. No le importaba.
Pasaron cuarenta y cinco minutos. Eliza había comido dos panes de queso de la bolsa que Marcel dejó, había bebido el agua del vaso. Entonces oyó los pasos.
No eran los pasos de Marcel. Eran más pesados, más lentos. Se detuvieron en el descanso de la escalera. Una sombra cruzó el marco de la puerta metálica abierta.
El hombre que apareció tenía una estatura considerable, hombros anchos que tensaban la tela de una camisa azul marino con el segundo botón desabrochado y un cabello cortado casi al cero que marcaba su mandíbula cuadrada. Los zapatos de cuero marrón estaban limpios, demasiado limpios para el barrio de Saúde, y el reloj de plata que llevaba en la muñeca izquierda era desproporcionadamente grande. Sonrió.
- “Joya”, dijo el hombre, y la voz le salió con un tono ensayado. “Joya Bianchi te he encontrado”.
Eliza no se movió. Estaba de pie junto a la mesa de plástico. La luz de la ventana le daba de lleno en el rostro, iluminando la cicatriz que descendía por el cuello. Lo miró con los ojos quietos, sin parpadear, y dejó transcurrir tres segundos completos antes de responder.
- “No conozco ese nombre. ¿Quién es usted?”, preguntó Eliza.
El hombre avanzó dos pasos hacia el interior de la cocina. Tuvo que inclinar la cabeza para no rozar el techo bajo con la coronilla. Sacó del bolsillo trasero de los pantalones de dril bien cortados un sobre blanco y lo dejó sobre la mesa.
- “Soy Leo. Leo Santos, soy tu pareja. Hace cuatro años, Joya. Cuatro años. Te fuiste a la India de paseo y perdimos comunicación durante meses. No sabía qué hacer. La gente de la pensión de Lapa me dijo que te había visto en Saúde. He preguntado en cada esquina”, expresó el hombre.
Eliza bajó la mirada al sobre blanco. No lo tocó. Volvió a mirarlo a la cara y esta vez tardó menos en responder.
- “Siéntese”, dijo Eliza, señalando la única silla de la cocina, una silla de plástico blanco que crujía bajo cualquier peso.
El supuesto Leo Santos la miró durante un instante. Dudó, tiró de los pantalones de dril a la altura de las rodillas y se sentó. Eliza permaneció de pie, con la espalda recta y los brazos a los costados. Él sentado la miraba desde abajo y ella lo miraba desde arriba.
- “Abre el sobre”, dijo él, con la sonrisa fija en el rostro. “Son fotos nuestras, documentos y cosas que te van a hacer recordar”.
Eliza deslizó los dedos por el sobre sin abrirlo. Lo palpó. Había dos fotografías, al menos un papel más grueso y quizás un documento plastificado. Tiró de la solapa y sacó el contenido sobre la mesa de plástico.
La primera fotografía mostraba a una mujer que podría ser ella. Podía serlo. Tenía el mismo corte de rostro, la misma línea de la mandíbula y el mismo color de cabello. Pero la mujer de la foto estaba riendo con la cabeza echada hacia atrás, en lo que parecía una terraza con vistas a una playa, y llevaba un vestido blanco que Eliza nunca había poseído al menos no lo recordaba. El brazo de un hombre rodeaba su cintura. El hombre tenía el cabello corto y la mandíbula cuadrada. Podía ser Leo Santos. Podía ser cualquier hombre con el cabello corto y la mandíbula cuadrada.
La segunda fotografía era más íntima. Mostraba a la misma mujer durmiendo, con el rostro vuelto hacia la cámara, en una cama deshecha con sábanas blancas. La luz era de mañana y entraba por una ventana invisible fuera del encuadre. La mujer de la foto tenía una marca en el cuello, una sombra pequeña que podía ser un lunar o podía ser una sombra. Eliza la miró durante tres segundos. Luego la apartó.
- “¿Cuándo fue esto?”, preguntó Eliza, con el mismo tono sobrio, sin alzar la voz ni bajarla.
- “Hace once meses. Antes de que desaparecieras. Estábamos en Niterói, en la casa de mi familia”, dijo supuestamente Leo Santos y se inclinó hacia delante en la silla. “Yo he estado desesperado”.
Aquel hombre que se hace llamar Leo Santos, está convencido que podrá convencer a la mujer que tiene enfrente y le han dicho que no tiene recuerdos de su pasado.