Amar con cicatrices

Capítulo 33

Eliza seguía con aquella expresión seria y calmada que era tan suya, una mujer que aprendió con los años a tener claras sus emociones y sentimientos, pero no necesariamente a mostrarlos; sus recuerdos no estaban, su esencia sí.

- “Las fotos son buenas”, expresó Eliza, con el tono que siempre habló Elizabeth D’Angelo cuando pretendían engañar a una heredera tonta sin saber que se enfrentaban a la mente más afilada de la familia D’Angelo. “La composición es convincente. La resolución, la luz, el ángulo. Quien las hizo sabe lo que hace. Pero las fotos no son pruebas, señor Santos. Son imágenes”.

- “No soy señor Santos. Soy Leo. Tu Leo”, replicó el hombre.

- “Usted se ha presentado como Leo Santos. Le voy a llamar señor Santos hasta que me dé una razón para no hacerlo”, dijo Eliza.

La silla de plástico crujió cuando Leo Santos cambió de posición. Se pasó la mano por la rodilla del pantalón de dril, un gesto que no tenía razón de ser excepto la necesidad de ocupar las manos con algo. La sonrisa se redujo a la mitad.

- “Está bien”, dijo el hombre, y tragó saliva antes de continuar. “Pregúntame lo que quieras. Soy tu pareja. Sé todo de ti”.

- “¿Qué idiomas hablo?”, cuestionó Eliza.

Leo Santos abrió la boca, la cerró y la volvió a abrir.

- “Portugués”, dijo Leo. “Hablas portugués. Y un poco de inglés. Lo aprendiste en la escuela. La Escuela Británica de Niterói. Desde los seis años. Tu madre insistió en que tuvieras un inglés bueno para la universidad”.

- “¿Un poco de inglés?”, preguntó Eliza con la ceja levantada.

- “Bueno, más que un poco. Hablas bien. Cuando querías. A veces te dabas cuenta de que hablabas en inglés y ni siquiera lo notabas. Te lo decía y te reías”, respondió el hombre.

Eliza lo miró sin mover un músculo de la cara. La cicatriz de su cuello brilló bajo la luz de la ventana,l. No dijo nada durante cinco segundos. Luego apoyó la cadera en el borde de la mesa de plástico y cruzó los brazos.

- “¿Dónde aprendí el inglés?”, preguntó Eliza. “No cuándo. Dónde”.

Leo Santos se humedeció los labios. El gesto fue rápido, casi imperceptible, pero la punta de la lengua apareció y desapareció en menos de un segundo. Miró hacia la ventana, hacia cualquier punto que no fuera el rostro de Eliza.

- “En la escuela. Te lo dije. La Escuela Británica de Niterói. El edificio con el escudo heráldico en la puerta. Empezaste a los seis años. Te graduaste a los diecisiete”, respondió el hombre de una forma atropellada. “Yo te esperaba en la puerta con la moto. Tenías una mochila azul que odiabas porque decías que parecía de niño”.

- “La Escuela Británica de Niterói enseña inglés británico. ¿Recuerda usted si yo usaba el pretérito perfecto o el pretérito perfecto continuo cuando hablaba de cosas que me habían pasado? ¿Recuerda si decía I have done o I have been doing? Porque alguien que me oyera hablar inglés todos los días durante cuatro años sabría eso”, dijo Eliza.

Leo Santos no respondió. Se pasó de nuevo la mano por la rodilla del pantalón, esta vez dos veces seguidas. La sonrisa había desaparecido completamente.

Eliza lo miró fijamente, si aquel hombre y las personas que urdieron el plan supieran que se estaban enfrentando a Elizabeth D’Angelo, nunca se hubieran prestado a llevar a cabo la trampa.

- “¿Y el francés?”, continuó Eliza, sin variar el tono de voz, sin subir la intensidad, sin hacer nada que no fuera hacer una pregunta tras otra con la cadencia de quien lee una lista de comprobación. “¿Dónde lo aprendí? ¿En la misma escuela o en otro lugar? Porque si usted es mi pareja de hace cuatro años, sabrá que hablo francés. Y sabe dónde lo aprendí. Y sabe en qué contexto lo uso. Y sabe qué palabra digo mal siempre, porque todos tenemos una palabra que decimos mal siempre, y quien convive con nosotros la conoce”.

Leo Santos tragó saliva de nuevo. Esta vez el gesto fue visible, la manzana de Adán subió y bajó bajo la piel de la mandíbula cuadrada. Se inclinó hacia delante en la silla de plástico y puso las dos manos sobre la mesa de plástico.

- “Joya, yo no entiendo a qué viene este interrogatorio”, dijo el hombre con un tono de frustración que intentó disfrazar de preocupación. “Vine a buscarte. Vine a llevarte a casa. No vamos a estar aquí hablando de gramática francesa cuando hay cosas más importantes”.

- “No hay nada más importante que esto”, respondió Eliza. “Usted dice que es mi pareja. Que somos íntimos. Que me conoce hace cuatro años. Si eso es cierto, señor Santos, entonces sabe que tengo un lunar”.

Hizo una pausa. Miró las fotografías sobre la mesa. La segunda foto, la de la mujer durmiendo en la cama deshecha. La sombra en el cuello.

- “Un lunar en forma de luna creciente. Usted sabe dónde lo tengo. Porque si somos tan íntimos como dice, lo ha visto cientos de veces. Lo ha tocado. Sabe en qué lado del cuerpo está. Sabe si es más claro o más oscuro que el resto de la piel. Sabe si lo tengo desde siempre o si apareció en algún momento. Dígame dónde tengo ese lunar, señor Santos”, expresó Eliza.

La cocina quedó en silencio. Leo Santos abrió la boca, la cerró, miró las fotografías, miró a Eliza, miró la ventana y volvió a verla, quien tenía la mano en la cintura, haciendo pequeñas caricias.

- “En el…”, empezó el hombre y se detuvo. Se pasó la lengua por el labio inferior. “En la cintura. Lo tienes en la cintura. Lado izquierdo. Cerca de la cadera”.

Eliza no se movió. No bajó la mirada. Ya no se tocó la cintura ni la cadera. Permaneció inmóvil con los brazos cruzados y la espalda apoyada en el borde de la mesa de plástico, mirándolo desde arriba con unos ojos que no parpadearon.




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