Todas las miradas en aquella sala estaban puestas sobre Marcel, que parecía una estatua de mármol en medio de la sala sin hacer ningún movimiento.
- “No tienes la potestad de hacer algo así”, espetó Edvaldo.
- “Claro que la tengo. La titularidad es mía. El testamento del abuelo fue categórico en eso, y Sara lo sabe mejor que nadie porque lo examinó antes que ustedes”, dijo Marcel.
Sara guardó silencio, sin desmentir ni una coma.
- “Si traspaso esos activos a la competencia”, prosiguió Marcel, “ustedes pierden el control del conglomerado. Pierden las exclusividades médicas. Pierden el amparo del hospital. Lo pierden todo. En cambio, yo no pierdo absolutamente nada porque ya carezco de todo lo prescindible. Vivo en un cuchitril en Saúde con los pisos rotos, ejerzo en un hospital público, no tengo coche, ni trajes de marca, ni labial Dior”.
Florencia se puso en pie de un salto. El cuero exhaló un suspiro seco al liberarse de su peso.
- “No te permitas usar ese tono en esta casa”, dijo Florencia.
- “No me lo permito, mamá; ya lo acabo de hacer”, respondió Marcel.
- “Estás hablando de pulverizar a tu propia sangre”, aseguró Edvaldo.
- “No. Hablo de defender a alguien que ustedes intentan aniquilar. La diferencia insalvable es que yo no preciso de su fortuna para respirar, mientras que ustedes dependen de la mía para sostener el imperio. Y si no me escuchan, si no desactivan a Leo y cesan el acoso sobre Eliza, vendo. Hoy mismo, mañana, cuando me plazca, pero lo haré”, dijo Marcel con una sonrisa poco habitual en él.
Larissa se levantó mecánicamente. El bolso de cuero quedó abandonado a su suerte en el suelo.
- “Marcel…”, su voz temblaba, no por la amenaza en sí, sino por el dolor sordo del brazo golpeado. “Mi padre me va a…”
- “Tu padre te maltrata. Y tú lo solapas por puro terror a perder todo. (Marcel la miró por fin) No voy a casarme contigo, Larissa. No firmaré ningún pacto. No por rencor, sino por total ausencia de amor. No arruinaré mi existencia para remendar los vicios de Augusto”, expresó Marcel.
Larissa tragó saliva con dificultad. En sus ojos ya no había asombro, sino un fulgor extraño de frustración.
- “Largo de aquí”, zanjó Marcel. “Vuelve a tu casa. O quédate en el departamento destinado para nosotros; me da igual, es tuyo. Pero no vuelvas a pisar esta casa buscando lo que jamás vas a hallar, ni te unas a maniobras para destruir a la mujer que amo, porque te aseguro que me olvido el respeto que aún guardo por los años que tuvimos una relación, no me hagas tu enemigo, no te va a gustar”.
Larissa recogió su bolso y marchó hacia la salida. Sus pasos resonaron sobre el porcelanato. Antes de cruzar el umbral, se detuvo por un segundo.
- “El moretón”, dijo Larissa sin girarse. “No fue obra exclusiva de mi padre. Mi madre también participó, no eres al único a quien le decidían la vida”.
Y Larissa se fue sin mirar atrás, con mil dudas en su cabeza y con la única certeza de que lo único que tenía es un departamento en un edificio de lujo y en el fondo era mejor que no tener nada.
Edvaldo y Florencia intercambiaron una mirada de reojo que duró una fracción de segundo, pero bastó para que Marcel leyera en ella el cálculo frío de pérdidas y ganancias de dos socios corporativos.
- “Si te atreves a vender”, bramó Edvaldo, “no vuelvas a pisar esta casa”.
- “Entendido”, dijo Marcel con calma.
- “Perderás todo el derecho a nuestro legado”, añadió Edvaldo.
- “Ya lo asumí”, comentó Marcel.
- “Y esa mujer”, intervino Florencia desde su asiento, “esa intrusa no te servirá de nada cuando ni siquiera puedas costear el alquiler de tu pocilga en Saúde”.
Marcel esbozó una sonrisa imperceptible. No era una mueca alegre, sino la de quien ha escuchado la misma advertencia gastada mil veces.
- “Trabajo en un hospital público, mamá. No requiero su dinero para ejercer mi vocación. Y ella traduce para refugiados; tampoco depende de sus chequeras para sobrevivir. Lo que ustedes son incapaces de comprender es que existen vidas más allá del aire acondicionado a dieciocho grados, los suelos de mármol y las colecciones de arte”, expresó Marcel.
Marcel no bajó la mirada, era un hombre que ya no tenía dudas, sabía lo que quería en la vida, y eso implicaba defender a la mujer que amaba hasta de su propia familia.