Amar con cicatrices

Capítulo 9

El calor de Maharashtra se acumulaba contra las paredes de la clínica Oliveira, y Eliza lo respiraba con la boca entreabierta, sentada en el borde del catre donde Concepción había puesto un cobertor de algodón que olía a alcanfor y a sol.

Tenía las manos abiertas sobre las rodillas, las palmas hacia arriba, y observaba sus dedos intentando encontrar en ellos alguna respuesta que su memoria no podía darle. No encontraba nada. Las yemas de sus dedos eran lisas y no tenían huellas visibles. El único rastro de su pasado que conservaba era una cicatriz visible que le cruzaba el cuello hasta la clavícula, una zona de piel rosada que todavía le dolía cuando llovía. Y algunas otras menores, en otras partes del cuerpo que no eran visibles.

Doña Concepción estaba sentada en la silla de madera de espaldar recto, la misma que utilizaba cada mañana para observar el patio desde la ventana del piso superior. Tenía entre las manos una taza de hojalata con café filtrado que ya se había enfriado. No lo bebía. La sostenía mientras observaba a Eliza.

Eliza parpadeó varias veces. Algo apareció de pronto en su mente. No era un recuerdo completo, sino una sucesión de imágenes y sensaciones difíciles de ordenar. Veía plumas, lentejuelas, un tambor que sonaba con rapidez. Una multitud que empujaba y bailaba. Una risa que no sabía si era suya. Había alguien más alto que ella, alguien que le había tomado la mano y la llevaba entre la gente. La mano era grande y cálida, con dedos largos. Una voz decía algo que no podía entender. Era una palabra corta, de dos sílabas.

- “Leo”, dijo Eliza en voz alta, sin darse cuenta de que estaba hablando.

Concepción dejó la taza sobre la mesita de noche y se inclinó hacia delante. No preguntó nada.

- “Leo”, repitió Eliza. Esta vez giró la cabeza hacia Concepción. “Había un hombre o un chico, ni lo sé. Alguien que se llamaba Leo. Estaba conmigo en un lugar con mucha gente. Mucha gente que empujaba, bailaba y gritaba. Había plumas, doña Concepción. Y lentejuelas. Y un olor a algo dulce y salado al mismo tiempo. Creo que era cerveza derramada en el suelo”.

Hablaba mientras movía las manos, intentando ordenar las imágenes que recordaba. Había calor, pero no era el mismo calor de Maharashtra. Era un calor más húmedo. Recordaba el olor a sal y a sudor y una música formada principalmente por tambores.

- “Era un carnaval’, dijo Eliza, y su voz cambió ligeramente. “Había un carnaval. Y Leo estaba conmigo. Me agarraba la mano y me llevaba entre la gente, y yo me reía. Me reía mucho, hasta que me dolía la cara. Él también se reía. Tenía una risa…”

Se detuvo y frunció el ceño.

- “No me acuerdo. Solo sé que me reía con él”, comentó Eliza.

Concepción extendió una de sus manos y la puso sobre las manos de Eliza, que ahora temblaban. Las apretó con firmeza.

- “Río”, dijo Concepción.

- “¿Río?”, repitió Eliza.

- “Río de Janeiro. Lo que describes es el carnaval de Río. Las plumas, las lentejuelas, los tambores. También el calor, el olor a sal y la cerveza. Yo estuve allí hace muchos años, cuando todavía podía caminar sin que me dolieran las rodillas. (Concepción hizo una pausa y miró hacia la ventana del patio, donde la ropa de Neha colgaba bajo el sol) ¿Recuerdas algo más?”, preguntó Concepción.

Eliza cerró los ojos. Intentó concentrarse en la mano de Leo, en el calor de sus dedos y en la sensación de caminar junto a él entre la multitud. Recordaba que él la guiaba y que ella confiaba en él. Después aparecían otras imágenes como confeti, cuerpos pintados y una corona de flores que alguien le había puesto en la cabeza y que le molestaba en la frente.

- “No”, dijo al abrir los ojos. “Solo eso. Él me llamaba por un nombre, pero no recuerdo cuál. Me hablaba en... creo que en italiano. O algo parecido. Había palabras que no eran portugués ni inglés. Palabras que terminaban en vocales”.

Concepción no respondió inmediatamente. Observó a Eliza y continuó sosteniéndole las manos.

Lo que Eliza aún no podía recordar era que, Leopoldo D'Angelo tenía veintitrés años cuando llevó a su hermana menor a Río de Janeiro en secreto. Elizabeth había cumplido dieciocho aquel verano, y Leopoldo había planeado el viaje durante meses. Había guardado dinero en efectivo, para evitar cualquier rastro bancario, en una lata de galletas que escondía detrás del tercer tomo de la Divina Comedia en la estantería de su habitación, porque sabía que su padre, Sergio, nunca abriría un libro de Dante.

Sergio D'Angelo era un hombre conservador y controlador. Había decidido que sus tres hijos, Leopoldo, Elizabeth y Fabricio, estudiarían lo necesario para encargarse de la inmensa fortuna familiar, se casarían con personas de su mismo nivel social y que ninguno tomaría decisiones importantes sin su aprobación. Desde su despacho controlaba buena parte de la vida de sus hijos y esperaba que ambos siguieran el futuro que había decidido para ellos.

Lo que Sergio ignoraba era que su hijo mayor era homosexual. Leopoldo lo había descubierto a los dieciséis años, y a los veinte se enamoró de un compañero de universidad llamado Thiago Solorzano. Thiago, procedente de una familia de clase media con serios apuros económicos, vio en Leopoldo algo más que una atracción mutua: vio la puerta de entrada al círculo de poder al que anhelaba pertenecer.

La relación duró casi tres años en el más absoluto secreto, entre pisos prestados y viajes justificados con excusas académicas. Leopoldo le leía a Montale en voz alta mientras Thiago se duchaba, para luego debatir durante horas sobre el futuro. Thiago aspiraba a un cargo en el Ministerio y estaba decidido a labrarse un nombre.

Con el tiempo, Thiago comprendió que Leopoldo jamás reuniría el valor para enfrentarse a su padre. El pánico a las consecuencias de revelar su orientación sexual era demasiado grande. Fue entonces cuando Thiago empezó a acercarse a la familia D'Angelo por otra vía: comenzó a dejarse ver en eventos sociales, a coincidir con Elizabeth en el campus y a enviarle mensajes que mutaban rápidamente de una cortesía amistosa a persistentes invitaciones a cenar.




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