Amar con cicatrices

Capítulo 38

La luz de Saquarema entró por la persiana de la pensión azul. Eliza despertó con la boca pegajosa por la sal y con dolor en todo el cuerpo. Se giró y Marcel ya no estaba en la cama, pero su lado todavía estaba caliente y conservaba el olor de su piel quemada por el sol.

Ella se incorporó con los ojos entrecerrados. La puerta de la habitación estaba entreabierta y por la rendija entraba el ruido del pueblo, bocinas lejanas, una voz de mujer que llamaba a alguien llamado Júnior, el golpe repetido de un cuchillo sobre madera. Se tocó el cuello, donde sentía tensión alrededor de la cicatriz.

Marcel apareció en el marco de la puerta con dos vasos de jugo de maracuyá y un pan redondo. Tenía puesta la camiseta gris del día anterior y llevaba las chanclas en la mano derecha. Le tendió un vaso sin decir nada y se sentó en el borde de la cama.

- “Bebe”, dijo Marcel. “Hoy hay mercado de pescado en el muelle. Si quieres verlo, hay que ir antes de que el sol esté demasiado alto”.

Eliza bebió el jugo. Era ácido y dulce al mismo tiempo. Después de beber, sintió que tenía más energía.

Se vistieron con la ropa del día anterior, que olía a mar y a sol. Eliza se puso la camiseta blanca sin sostén deportivo porque el deportivo estaba duro por la sal y lo había dejado en la silla. Marcel no comentó nada, pero miró durante un segundo la parte del cuerpo de Eliza que quedaba marcada por la tela blanca bajo la luz de la ventana. Después apartó la mirada.

Caminaron por las calles anchas de Saquarema con las chanclas golpeando el empedrado caliente. El viento del mar les movía el pelo y se lo llevaba hacia la cara. Eliza llevaba la trenza medio deshecha y tenía varios mechones pegados a la sien. Marcel caminaba con las manos en los bolsillos del pantalón corto y con paso tranquilo. De vez en cuando sus codos se rozaban y ninguno se apartaba.

El mercado de pescado estaba instalado bajo una estructura de zinc corrugado sostenida por postes de madera con la corteza parcialmente desprendida. El suelo era de cemento lavado. Los puestos eran mesas de madera colocadas sobre caballetes, cubiertas de hielo picado y pescados que Eliza no reconocía. Algunos tenían la piel azulada y los ojos redondos y brillantes. Otros tenían el cuerpo alargado y la carne roja. Había mujeres con delantal de goma que gritaban los precios en portugués rápido. También había hombres con las manos manchadas de escamas y sangre descargando cajas de un camión estacionado en la entrada.

El olor era fuerte y contenía salmuera y gasolina. Eliza respiró profundamente y sintió que algunos de sus músculos se relajaban.

Marcel se detuvo ante un puesto donde un hombre descamaba doradas con un cuchillo corto. Movía la muñeca con rapidez y precisión. Las escamas saltaban y caían sobre un periódico abierto con titulares que nadie leía.

- “Seu Antônio”, dijo Marcel. El hombre levantó la vista.

- “¿Quieres dorado o corvina?”, preguntó sin preámbulo. Miró primero a Marcel y después a Eliza. Entrecerró un ojo debido al sol que entraba por un costado.

- “Nada hoy”, dijo Marcel. “Pero vi que tienes una cámara ahí atrás”.

Seu Antônio dejó el cuchillo sobre la tabla y se limpió las manos en un trapo que colgaba del cinturón. Se giró y buscó detrás del puesto, sacó una cámara antigua. Tenía el cuerpo metálico negro, la pintura saltada en los bordes, una correa de cuero agrietado y una mancha de sal en el cristal del objetivo. Era una Polaroid que sacaba la fotografía por una ranura lateral.

- “Mi hija me regaló esto hace cinco años”, dijo Seu Antônio, sosteniéndola con las dos manos. “Dijo que era para que sacara fotos de los nietos. Yo la uso más para los peces grandes. Cuando alguien saca una merluza de siete kilos, le tomo la foto y la pego en la pared”.

Señaló una pared del puesto. Había varias polaroids pegadas con cinta adhesiva, hombres sosteniendo peces del tamaño de su antebrazo, mujeres con sombrero de sol sonriendo y un niño con una corvina que le llegaba hasta las rodillas.

- “¿Nos toma una?”, preguntó Eliza.

Seu Antônio la miró. Después miró a Marcel. Después miró la cámara.

- “Pónganse ahí”, dijo el hombre. Señaló un lugar junto al poste de madera, donde entraba la luz del techo de zinc y la luz de los laterales abiertos del mercado. “Pero quédense quietos porque esta cámara tarda un segundo en hacer la fotografía y, si se mueven, la imagen queda borrosa”.

Marcel se puso de pie junto al poste y Eliza se acercó a él. No sabía dónde colocar las manos. Marcel le pasó un brazo por la espalda, por encima de la cintura. Tenía la palma abierta y los dedos separados sobre la tela de la camiseta. Eliza se inclinó hacia él. Su hombro izquierdo quedó apoyado contra las costillas de Marcel. Bajó ligeramente la cabeza hacia ese lado.

- “Listos”, dijo Seu Antônio y levantó la cámara hasta la altura del pecho.

El obturador produjo un ruido mecánico. La polaroid salió por la ranura lateral. Seu Antônio la atrapó con la mano izquierda. Le entregó la fotografía a Eliza sin mirarla.

- “Es de ustedes”, dijo Seu Antônio y volvió a tomar el cuchillo.

Eliza sostuvo la polaroid por el borde blanco. Al principio la imagen era gris y borrosa. Después aparecieron los detalles, la estructura de zinc del mercado, el poste de madera y ellos dos. Marcel llevaba la camiseta gris, tenía la mano abierta sobre la espalda de Eliza. Ella tenía la trenza medio deshecha sobre el hombro izquierdo, la camiseta blanca arrugada y una expresión cercana a una sonrisa.

La cicatriz de su cuello aparecía en la fotografía. La mano de Marcel estaba apoyada sobre su espalda con los dedos abiertos.

- “Tenemos una foto”, dijo Eliza, y no pudo ocultar su emoción.

Marcel la miró, le quitó la polaroid con cuidado, la sostuvo entre el pulgar y el índice y la observó bajo la luz del mercado. Después se la devolvió.

- “Guárdala”, dijo Marcel.

Eliza la metió en el bolsillo de la camiseta. El calor de su cuerpo calentó la fotografía.




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