Eliza había llegado a Río de Janeiro en un autobús de seis horas. Se bajó en la estación rodoviaria de Novo Rio con una mochila al hombro y una dirección escrita en un papel que se estaba borrando entre sus dedos por la humedad.
En la ciudad hacía un calor intenso. Eliza recordó el carnaval, los tambores, las plumas y a Leo bailando con la camisa abierta y una corona de flores en la cabeza. No recordaba que en ese entonces tenía dieciocho años.
La sede de la ONG que la había contratado estaba en una calle estrecha de Saúde, cerca del puerto, en un edificio de dos pisos con la pintura descascarada y un letrero que decía Casa de Passagem en letras que alguien había repintado a mano con pinceladas desiguales.
La coordinadora se llamaba Regina y tenía las uñas pintadas de rojo y un acento del nordeste que hacía más marcadas las vocales. Le explicó que el trabajo era simple, tenía que traducir. Francés para los haitianos, portugués para los que ya lo hablaban pero no sabían leerlo, inglés para los que venían de más lejos. A veces árabe, si conseguía a alguien. A veces nada, solo sentarse al lado de alguien que había cruzado tres fronteras y no encontraba palabras para decir que tenía miedo.
- “Empieza mañana a las ocho”, dijo Regina, y le tendió una llave con un llavero de plástico amarillo. “La pensión está arriba, segundo piso. No tiene ascensor, pero tiene ventana”.
La pensión era una habitación con una cama individual, una mesita de noche con una lámpara que parpadeaba y una ventana que daba a una calle por donde pasaba un tranvía cada veinte minutos, haciendo temblar los cristales.
Eliza dejó la mochila en el suelo y se sentó en la cama. Se quedó mirando la pared, que tenía una mancha de humedad con forma irregular, y pensó en Leo. Pensó en los tambores. Pensó en las plumas.
Se levantó, abrió la mochila y sacó una libreta que había comprado en São Paulo con el dinero que le dio doña Concepción. En la primera página había escrito:
Leo, última vez visto en un carnaval en Río de Janeiro. Preguntar en Lapa, Saúde, en la zona portuaria.
Aunque no supiera qué preguntar, porque no tenía ninguna pista, ningún recuerdo.
Debajo había una lista de nombres que Concepción le había dictado: nombres de músicos, de dueños de bares y de gente que trabajaba en la organización de algunas actividades del carnaval.
Eliza cerró la libreta y la puso bajo la almohada. La ventana tembló con el paso del tranvía.
Marcel llegó a Río en el Fiat Uno de Sara, después de seis horas de carretera en las que solo se detuvieron una vez, en una gasolinera de la BR-116 donde Sara llenó el tanque y Marcel compró dos cafés.
Sara lo dejó frente al edificio de la Casa de Passagem en Saúde a las nueve de la mañana.
- “Llegué”, dijo Marcel.
- “Llegaste”, dijo Sara.
Se miraron. Sara tenía los ojos brillantes de quien había conducido toda la noche con la ventana abierta. Le puso la mano sobre la nuca a Marcel, le apretó el pelo corto y lo soltó.
- “Ve”, dijo Sara.
Antes de viajar, Marcel había contactado a Frederico y, debido a su insistencia y después de comprobar que el compromiso no se había realizado, Frederico le dio la ubicación de Eliza.
Marcel bajó del coche y se quedó de pie frente al edificio. La puerta de la ONG estaba abierta y desde dentro llegaban voces que hablaban en francés y en portugués al mismo tiempo. Entró.
- “Busco a Eliza”, dijo Marcel.
- “Eliza está en la sala de traducción. Fondo del pasillo, segunda puerta a la izquierda”, respondió Regina.
Marcel caminó por el pasillo. Llegó a la segunda puerta a la izquierda. Estaba entreabierta. Dentro, sentada en una silla de madera frente a una mesa con un formulario impreso, estaba Eliza.
Tenía la cabeza inclinada sobre el papel, el pelo suelto cayéndole a ambos lados de la cara y estaba hablando en francés con un hombre sentado frente a ella que vestía una camisa de manga corta con el cuello desabrochado y tenía las manos apoyadas sobre la mesa. La voz de Eliza era baja y pausada, con la cadencia que Marcel recordaba de la clínica Oliveira.
Se detuvo en el umbral. Eliza no lo vio. Seguía hablando con el hombre. Marcel la miró y vio a una mujer que estaba de pie, hablaba y traducía en francés. Ya no estaba en la clínica Oliveira ni en un quirófano. Estaba trabajando en la ONG.
Eliza levantó la cabeza. Sus ojos encontraron los de Marcel en el umbral de la puerta y se quedaron quietos. El hombre frente a ella dijo algo en francés que ella no tradujo.
Eliza se levantó de la silla. El hombre frente a ella la miró confundido, y ella le dijo algo en francés, una disculpa o una promesa, y rodeó la mesa. Marcel no se movió.
Eliza se paró frente a él.
- “Marcel”, dijo ella.
- “Eliza”, respondió él.
- “Tu compromiso”, dijo ella.
- “Lo dejé todo atrás”, respondió Marcel.
Eliza no sonrió de inmediato. Primero sus ojos cambiaron, luego la comisura derecha de su boca se elevó un milímetro. Después hizo lo mismo a la izquierda. Y entonces sonrió.
Marcel también sonrió. No era la sonrisa que había mostrado en el Club Atlético, ni la del Colegio Suizo-Brasileño, ni la de las fotografías familiares con lápiz labial de Dior. Era una sonrisa que le marcó las ojeras y relajó sus hombros.
El hombre de la camisa de manga corta tosió detrás de Eliza. Ella se volvió, le dijo algo en francés y él recogió su formulario y salió de la sala con un gesto de gratitud o resignación.
Eliza cerró la puerta. Se volvió hacia Marcel. Y se olvidaron de todo: de la libreta con los nombres de Leo, de los músicos de Lapa y de los dueños de bares de Saúde, de la carpeta de 412 páginas, de que ella no tenía pasado y de que él había abandonado la vida que le habían trazado.