Amar con cicatrices

Capítulo 10

Cuando Leopoldo cumplió veintitrés años y Elizabeth dieciocho, decidió llevarla de viaje. Sabía que no podría protegerla indefinidamente de las imposiciones de Sergio, así que quiso regalarle unos días de libertad absoluta antes de que su padre volviera a dictar las reglas de su vida.

Eligió Río de Janeiro porque podía pagarlo con sus ahorros y porque la multitud del Carnaval les brindaría el anonimato perfecto. Elizabeth jamás había salido del radar paterno; Leopoldo solo deseaba verla disfrutar sin tener que pedir permiso para respirar.

Para burlar el control de Sergio, falsificó un programa académico con el membrete de la universidad, detallando horarios y ponencias de un supuesto congreso de lingüística en Curitiba. Sergio, siempre minucioso, pero desbordado de trabajo esa semana, no verificó la información y autorizó el viaje. Elizabeth subió al avión con una maleta pequeña; Leopoldo la esperaba en la terminal con dos billetes y la promesa silenciosa de que esos días serían inolvidables.

En Río, Elizabeth floreció. Se pintó el rostro, lució una corona de flores, bailó hasta el amanecer y recorrió la ciudad de la mano de su hermano. Él la observaba reír, feliz de devolverle algo de luz. Lo que Elizabeth ignoraba era que Leopoldo guardaba su propio secreto: no sabía que era homosexual, como tampoco lo sabía su padre. La única persona que había compartido esa parte de su vida era Thiago Solorzano, pero para entonces Thiago ya había quedado fuera de su camino.

Eliza, en el catre de la clínica, no recordaba nada de aquello. Ni a Sergio, ni la Divina Comedia, ni la lata de galletas, ni el falso programa de Curitiba, ni el rostro de Thiago. Su amnesia retrógrada había borrado los nombres y los rostros de su pasado autobiográfico, pero había respetado milagrosamente las estructuras de su mente: las habilidades aprendidas, el léxico, la gramática. Podía haber olvidado quién era o a quién había amado, pero los idiomas que aprendió en su infancia permanecían intactos en su cerebro, esperando ser hablados.

Lo único que conservaba de toda su vida anterior era la calidez de una mano, el estruendo del Carnaval y la certeza de haber sido feliz junto a Leo.

- “Doña Concepción”, dijo Eliza, y su voz se quebró al pronunciar el nombre. “Leo era... alguien importante. No sé quién era. No sé si era mi hermano, mi amigo, mi... No lo sé. Pero cuando pienso en ese nombre, aquí (se tocó el centro del pecho con los dedos) siento algo. No quiero olvidarlo”.

Concepción asintió despacio.

- “¿Quieres ir a Río?”, preguntó Concepción.

Eliza no respondió de inmediato. Miró sus manos y después observó la ventana, donde el patio de la clínica estaba iluminado por el sol de Maharashtra.

“¿Cómo?”, dijo Eliza. “No tengo papeles. No tengo nombre. No tengo nada. No puedo subir a un avión, no puedo cruzar una frontera, no puedo ni alquilar una habitación. No existo, doña Concepción. No existo en ningún papel”.

Concepción soltó las manos de Eliza y se incorporó en la silla con esfuerzo. Metió una mano en el bolsillo del delantal y sacó un teléfono móvil viejo, de tapa y con teclas pequeñas. Era uno de los teléfonos que utilizaban en la clínica para emergencias porque en la zona no siempre había señal para los teléfonos inteligentes.

Lo abrió con el pulgar, marcó un número de memoria y se lo llevó al oído. Esperó unos segundos.

- “Aírton”, dijo doña Concepción cuando respondieron. “Soy tu hermana. Necesito que me escuches”.

La conversación duró once minutos. Eliza solo pudo escuchar algunas partes de lo que decía Concepción, que hablaba en portugués rápido: «documentos», «una chica», «sin identidad», «Río», «tu hijo».

Concepción colgó y guardó el teléfono.

- “Mi hermano Aírton vive en Belo Horizonte”, dijo, volviéndose hacia Eliza. “Su hijo, Frederico, tiene un cargo en el ministerio. Conoce a personas de una organización llamada Veredas, que trabaja con personas que están en situaciones como la tuya, sin documentos o sin una identidad reconocida. Pueden ayudarte a tramitar una identidad provisional. Un documento que te permita viajar y realizar ciertos trámites mientras se resuelve tu situación”.

Eliza la miró fijamente.

- “¿Existir?”, preguntó Eliza.

“Existir legalmente mientras averiguamos quién eres”, respondió Concepción. “No será tu nombre verdadero ni resolverá tu historia, pero puede permitirte viajar a Río y comenzar a buscar respuestas”.

- “¿Y qué busco?”, preguntó Eliza.

Concepción no respondió. La observó durante unos segundos.

- “Eso lo sabrás cuando llegues”, respondió Concepción.

Los días siguientes estuvieron llenos de gestiones. Concepción habló con Aírton tres veces más y, después, Frederico, el sobrino-nieto, llamó una noche desde São Paulo.

- “Abuela, está tramitado. Veredas la recibe la semana que viene. Necesito que venga con ella. El trámite es presencial”, dijo Frederico.

Eliza escuchó la conversación desde el catre. No entendía todos los detalles, pero entendía lo esencial, iba a viajar. Saldría de aquella clínica y viajaría hasta Brasil, al país donde había estado con Leo.

- “Puedo trabajar”, dijo aquella noche, cuando Concepción entró en su habitación con una taza de café caliente y se sentó en la silla de siempre. “No tengo recuerdos, pero puedo hablar. Hablo varios idiomas. Italiano, portugués, inglés y descubrí que también español. No sé cómo ni por qué los conozco, pero los hablo. Puedo traducir. La ONG, Veredas, ¿no necesita traductores? Personas que pasen de un idioma a otro y ayuden a comunicarse”.

Concepción la miró con atención.

- “Se los propondré”, dijo Concepción, y bebió un sorbo de café.

La partida de la clínica Oliveira tuvo lugar un martes por la mañana, antes de que el calor apretara. Neha les entregó dos tazas de té de cardamomo caliente y un hatillo con arroz y dal para el trayecto. Las abrazó en el umbral y se despidió en silencio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.