Amar con cicatrices

Capítulo 18

Leopoldo también recordó la mirada de su padre cuando se puso en pie, ante las expresiones de Elizabeth; la silla rozó con firmeza el suelo de madera.

- “No vas a cambiar de carrera por un capricho. Eres una D'Angelo, y los D'Angelo no abandonan lo que beneficia a nuestros intereses”, expresó Sergio.

- “Los D'Angelo”, marcó Elizabeth, alzando la voz por primera vez. “Los D'Angelo hacen lo que tú ordenas. Los D'Angelo se sientan donde tú indicas. Los D'Angelo se casan con quien tú decides (hizo una pausa mientras sus nudillos se blanqueaban al aferrar el borde de la mesa) Yo no”.

Sergio no replicó. Dio media vuelta y abandonó el comedor, haciendo resonar sus pisadas en el pasillo. Elizabeth permaneció inmóvil. No lloró. Terminó su café con absoluta parsimonia.

Leopoldo recordó haber comprendido en ese instante que su hermana no actuaba por impulso. Había comprado los temarios, consultado los plazos y gestionado el traslado con minuciosidad.

Sucedió al día siguiente, Sergio subió a su habitación por la noche, tras la cena. Desde el pasillo, Leo captó fragmentos de la discusión. La voz de su padre sonaba inflexible; la de Elizabeth, cada vez más alterada.

De pronto, sobrevino el silencio. Y a continuación, el sonido inequívoco de la ventana abriéndose de golpe.

Leopoldo corrió por el pasillo. Al llegar al dormitorio, vio a Sergio inmóvil junto al alféizar, contemplando la noche mientras las cortinas se agitaban con la brisa. Elizabeth ya no estaba.

Leopoldo se asomó al vacío. Dos pisos más abajo, sobre el césped del jardín, reposaba un colchón inflable.

Fabricio, con apenas quince años, estaba arrodillado junto a él. Elizabeth yacía sobre el plástico, con el cabello cubriéndole parte del rostro. Fabricio la sujetaba por los hombros mientras le hablaba con pánico.

Elizabeth lo había calculado todo. Esa misma tarde le había pedido a Fabricio que inflara el colchón y lo ubicara bajo su ventana. No buscaba quitarse la vida; buscaba demostrarle a su padre que prefería despeñarse antes que doblegarse a su voluntad.

Leopoldo bajó los peldaños a toda prisa. Cuando pisó el jardín, Elizabeth ya estaba sentada en la hierba, con un rasguño sangrante en el antebrazo. Fabricio permanecía a su lado, con las manos temblorosas.

Elizabeth le posó una mano en la rodilla.

- “Estoy bien”, le dijo con voz firme.

Sergio bajó en ese momento. Leo lo vio cruzar el porche, avanzar por la gravilla y detenerse a corta distancia. Examino a Elizabeth, luego el colchón y finalmente a Fabricio. No articuló una sola palabra. Se quedó allí unos segundos, dio media vuelta y regresó al interior de la mansión.

A la mañana siguiente, Elizabeth acudió a la facultad de Lenguas a formalizar su matrícula. Sergio no la acompañó, tampoco volvió a prohibírselo.

El silencio de la mansión D'Angelo trajo a Leopoldo de vuelta al presente. La chimenea apagada, las persianas y el sofá volvían a encuadrar la estancia. La mujer que tenía enfrente continuaba siendo, a sus ojos, Elizabeth.

- “Dijiste que no ibas a cancelar la boda”, repitió Leopoldo.

- “Te repito no voy a cancelarla”, dijo la falsa Elizabeth.

- “¿Y si papá te lo prohíbe?”, preguntó Leopoldo.

Ella lo miró fijamente. Se tomó un instante antes de responder.

- “Entonces no lo haré porque él lo prohíba. Lo haré o lo dejaré de hacer únicamente porque yo lo decida”, aseguró la falsa Elizabeth.

Leo cerró los ojos un segundo. Su tono de voz continuaba resultándole sutilmente ajeno, pero no lograba descifrar el motivo.

- “Elizabeth”, insistió él. “No quiero que te cases con Thiago”.

- “Lo sé”, afirmó ella.

- “Entonces…”, dijo Leopoldo.

- “Y no voy a renunciar a casarme porque tú no quieras, ni porque papá lo exija, ni porque nadie pretenda gobernar mi vida”, expresó la falsa Elizabeth.

Leopoldo abrió los ojos. Ella continuaba erguida, con las manos apoyadas en las rodillas.

Rememoró a su hermana en la hierba del jardín, tras la caída, asegurándole a Fabricio que estaba a salvo. Rememoró a Sergio retirándose sin abrir la boca. Rememoró la matrícula de Lenguas y la obstinación de Elizabeth.

Ahora tenía ante sí a una mujer que pronunciaba un no con la misma ferocidad. Y Leopoldo continuaba sin comprender por qué, aun así, algo en el fondo de su ser le gritaba que esa mujer era una extraña.




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