En Italia, Leopoldo estaba de pie junto a la chimenea apagada de la mansión D’Angelo, con una mano apoyada en la repisa de mármol y la otra mano cerrada en un puño sobre el muslo. La falsa Elizabeth permanecía sentada en el borde del sofá, con las manos juntas sobre las rodillas y la espalda rígida.
- “No vas a casarte con Thiago”, dijo Leo. No era una pregunta. Era la tercera vez que lo repetía desde que había entrado en la sala, y cada vez lo pronunciaba con mayor dureza.
Ella alzó la barbilla un centímetro.
- “Ya te he dicho que no voy a cancelar la boda”, expresó la falsa Elizabeth.
- “Papá no lo va a permitir”, replicó Leopoldo.
- “Papá no está aquí’, dijo ella.
El silencio que siguió se prolongó durante varios segundos. Leo apretó los dedos sobre la piedra; el mármol estaba gélido. Leopoldo la observó, durante un instante fugaz, él experimentó la punzada de que aquella mujer no era más que una intrusa ocupando el espacio de su hermana.
La impresión se disipó al momento. Llevaba semanas aturdido por la zozobra y ahora, frente a ella, la crispación lo superaba.
- “Elizabeth, escúchame. Thiago no es…”, empezó Leopoldo.
- “No me digas lo que es o no es Thiago. No eres mi padre”, replicó la falsa Elizabeth.
- “No. No soy tu padre (se apartó de la chimenea y avanzó tres pasos hacia ella) Soy quien organizó aquel viaje a Río. Soy quien te sacó de esta casa cuando tenías dieciocho años y papá te tenía confinada como si fueras una niña de doce. Soy el que…”, dijo Leopoldo.
- “Lo sé”, lo interrumpió ella sin alzar la voz. “Lo sé, Leo. Y por eso te pido que no sigas”.
Leo se detuvo a un metro del sofá. La cadencia de sus palabras guardaba un matiz que no encajaba con el recuerdo exacto de su hermana, pero prefirió no detenerse a analizarlo. Su mente aceptaba esas pequeñas disonancias sin cuestionarlas.
Se quedó mirándola. Ella no apartó la vista. Y entonces acudió a su memoria la casa de los D'Angelo tras el viaje a Brasil.
Recordó el pasillo del segundo piso, la puerta del dormitorio de Elizabeth abierta de par en par y la luz tibia de septiembre entrando por el ventanal del fondo. Recordó a su padre erguido en el umbral, con traje oscuro y los brazos cruzados.
Todo se había desencadenado días después de regresar de Brasil. Elizabeth había vuelto de Río transformada. Durante las primeras jornadas no articuló palabra solo comía en penumbra, dormía con la puerta atrancada y se instalaba en el jardín a devorar volúmenes que nada tenían que ver con los textos de derecho que Sergio le había exigido para ingresar en Finanzas.
Leo la había visto llegar con una bolsa de la librería tres días después de aterrizar. Sacó un manual de fonética aplicada y otro de sintaxis comparada. Sin decir nada, los dejó sobre la mesita de noche.
Al cuarto día, Elizabeth bajó a desayunar y se plantó frente a Sergio.
- “Voy a cambiar de carrera”, anunció con voz serena y tajante.
Sergio dejó la taza de café sobre el plato.
- “No vas a cambiar nada”, dijo Sergio.
- “Ya he hablado con la facultad. El traslado a Lenguas se puede formalizar hasta el quince de octubre. Después haré una pasantía en Asistencia Social. Necesito idiomas para ayudar a las personas”, comentó Elizabeth.
- “Tú vas a estudiar Derecho y Finanzas. Esa es la tradición de esta familia”, exigió Sergio.
- “Era la tradición de esta familia”, dijo Elizabeth.
Leopoldo, agazapado en la escalera con medio cuerpo oculto tras la balaustrada, observaba la escena. Elizabeth no había gritado, ni suplicado, ni llorado. Había tomado una decisión y estaba dispuesta a sostenerla hasta las últimas consecuencias.