Días después de la primera reunión que tuvo con la mamá de Marcel para pedir ayuda para encontrarlo, doña Florencia la cito, Larissa fue de inmediato, no tenía mucho tiempo.
- “Siéntate derecha”, le ordenó Florencia, sin moverse del sitio. “Y no me vengas con esa cara. Ya te dije que el chico es terco como su padre”.
- “Necesito encontrarlo, Florencia. Es importante”, imploró Larissa.
- “Todo lo que le pasa a esa familia es importante para ti, querida. Esa es la idea”, afirmó Florencia.
Florencia se separó de la chimenea, caminó hasta la mesa de centro donde reposaba una bandeja de plata con una cafetera que no había tocado nadie, y sirvió una taza, se la ofreció a Larissa.
- “¿Sabes lo que me dijo Edvaldo cuando el chico se fue? Me dijo «Déjalo, que aprenda». Mi hijo, con un título de medicina, está viviendo como residente en un barrio de gente que no sabe ni cruzar la calle. Está en Río”, comentó Florencia.
- “¿En Río?”, repitió Larissa.
Florencia la miró. Se sentó por fin en el sillón opuesto, cruzó las piernas, y apoyó la taza sobre la rodilla.
- “No soporto que mi hijo viva con su sueldo de médico, Larissa. Es indigno. Edvaldo dice que es el precio de la libertad, pero Edvaldo es un hombre, y los hombres confunden la libertad con el abandono de las obligaciones. Mi hijo no debería estar viviendo de un sueldo de hospital comunitario. Mi hijo debería estar aquí, en esta casa, contigo a su lado, firmando los papeles que van a asegurar que esta familia no se desmorone”, expresó Florencia.
- “Si me dices dónde está, puedo hablar con él. Puedo hacerle entender”, aseguró Larissa.
- “Está en un barrio que se llama Saúde. Si no lo encuentras en el hospital, lo encuentras en la calle. Mi hijo no se esconde, querida. “, expresó Florencia.
- “Gracias, Florencia”, dijo Larissa.
- “No me agradezcas. Trae a mi hijo de vuelta", pidió Florencia.
Después de su conversación, Larissa subió a su Audi sin mirar atrás y marcó el número de la agencia de viajes antes de haber salido del barrio.
Horas más tarde, el avión aterrizó en Santos Dumont. Larissa llevaba una maleta de cuero negro con lo indispensable, un neceser con corrector suficiente para dos semanas, vestimenta para el clima de Río y una libreta donde había anotado todo lo que recordaba de los tres años con Marcel.
Las dos primeras semanas fueron una búsqueda sin resultados. Saúde era un barrio del puerto, estrecho, con calles que olían a orina y a comida cocinada con mucha cebolla, edificios de concreto con rejas en las ventanas y ropa tendida en los balcones que goteaba sobre las aceras. Larissa caminó por la Rua Sacadura Cabral con tacones que no eran adecuados para el empedrado, preguntando en farmacias, panaderías y en la lavandería automática de la esquina. Mostró una foto de Marcel en su teléfono y la gente la miraba sin reconocerlo.
Lo encontró un miércoles, dieciséis días después de haber llegado a Río. Fue en el hospital São Sebastião, un edificio de paredes descoloridas con un letrero medio borrado y una sala de espera llena de gente. Preguntó en la recepción por el doctor Marcel Batista y la recepcionista le señaló el pasillo de las consultas sin levantar la vista del ordenador.
Lo vio salir de una consulta con una bata blanca y el estetoscopio colgando del cuello. Él no la vio de inmediato. Estaba hablando con una enfermera y anotando algo en una libreta. Cuando levantó la vista, la reconoció después de unos segundos.
- “Larissa”, dijo Marcel.
Marcel dejó de escribir. La enfermera los miró a ambos con curiosidad y se alejó por el pasillo.
- “Necesito hablar contigo, Marcel. Cinco minutos”, exigió Larissa.
Él cerró la libreta. La miró durante unos segundos y le indicó con la cabeza la puerta de salida. Caminó delante de ella sin esperarla, atravesó el pasillo y salió a la calle.
Caminaron hasta la plazoleta. Marcel se sentó en el banco, se quitó la bata blanca y la dobló sobre sus rodillas. Larissa permaneció de pie, con los tacones sobre los pétalos, el vestido de lino arrugado después de dos semanas de búsqueda.
- “Estás en Río”, dijo él. “¿Cuánto llevas aquí?”
- “Dieciséis días”, respondió Larissa.
- “No deberías haber venido”, dijo Marcel.
- “¿Dónde más iba a estar?”, replicó Larissa y se sentó a su lado, dejando medio banco de distancia entre los dos. “Lo que dijiste en la fiesta me molestó, lo reconozco, y actué mal. Me dio miedo. Lo que me proponías no era mi mundo, pero después me di cuenta de que no podía dejar todos estos años de relación. ¿Crees que no tengo sentimientos?”
- “Larissa, no vine aquí a esconderme. Vine a trabajar. Tú debes seguir tu vida y encontrar a alguien adecuado para ti”, dijo Marcel.
- “El muelle de Ilhabela, Marcel. Hace dieciocho meses, mucho antes de que viajaras a la India. Tú dijiste que ibas a comprar una casa ahí. ¿Te acuerdas? El agua era verde y las tablas del muelle crujían. Me dijiste que era el mejor sitio que habías visto en tu vida”, expresó Larissa.
- “Me acuerdo”, dijo Marcel, con una voz que no contenía la calidez que Larissa esperaba.
- “La cafetería del Iguatemi, segundo piso, la mesa junto al ventanal. Íbamos los domingos después de almorzar con tu madre. Tú pedías siempre el mismo capuchino y me robabas la mitad del muffin de arándanos. Decías que era por dieta, pero era porque te gustaba más el mío”, comentó Larissa. “El apartamento que vimos en Pinheiros. El que tenía la cocina con isla y el balcón que daba al parque. Tú dijiste que ibas a leer ahí los domingos”.
- “Larissa…”, interrumpió Marcel.
- “Los proyectos matrimoniales, Marcel. La lista de invitados. El menú que tu madre y la mía discutieron durante cuatro horas. La fecha de diciembre. El anillo (Levantó la mano izquierda, donde el anillo de compromiso seguía en su dedo) ¿Nada de esto pesa? ¿Tres años, Marcel? ¿Tres años no pesan?”, cuestionó Larissa.