Marcel se incorporó lentamente. Las rodillas le crujieron contra el suelo de baldosas partidas, y se quedó de pie frente a ella.
Se movió hacia la mochila que había quedado tirada junto a la estufa de gas. Abrió la cremallera principal con un sonido seco que cortó la bachata por un instante, y sacó un sobre manila, grueso, con las esquinas dobladas por el viaje en avión. Lo colocó sobre la mesa de plástico, al lado del Polaroid de Saquarema.
- “Antes de que abras nada”, dijo Marcel, y su voz salió más baja de lo que pretendía, rasposa por el aire seco del avión y por las horas de silencio entre Congonhas y el descenso en Santos Dumont, “quiero que me escuches”.
Ella no respondió. Cruzó los brazos sobre el pecho y esperó.
- “Te estoy pidiendo que te cases conmigo”, dijo Marcel.
Eliza no parpadeó. Sus dedos se apretaron contra sus propios brazos.
- “No te estoy ofreciendo lo que mi familia te ofrecería”, continuó Marcel, y levantó una mano del borde de la mesa para señalar el sobre manila sin abrirlo. “Ahí adentro hay un recibo y una transferencia. Vendí las joyas que mi abuelo me dejó. El collar de esmeraldas colombianas que mi bisabuela trajo de Bogotá en los años cuarenta. Los pendientes de diamantes amarillos que mi abuelo compró en Ginebra cuando mi madre cumplió veintiuno. La sortija con el rubí birmano que mi abuela paterna usó cuarenta años sin quitársela ni para dormir”.
Se detuvo un momento para tragar saliva, quizás para poder explicarse a sí mismo lo que había decidido dejar atrás.
- “Los Batista llevan seis generaciones acumulando. Mi abuelo no era pobre. Su abuelo no era pobre. El padre de su abuelo ya tenía haciendas en Minas y participaciones en los primeros bancos de São Paulo. Lo que hay en ese sobre no es el producto de la desesperación de un hombre sin nada. Es el resultado de un hombre que tenía demasiado y eligió quedarse con lo justo”, expresó Marcel.
- “¿Cuánto?”, preguntó Eliza.
- “Suficiente para dejar Saúde. Suficiente para un departamento en Flamengo o en Botafogo, con agua caliente y una puerta que cierre con llave y una ventana que no tenga rejas. No suficiente para el Mercedes de mi madre. No suficiente para las copas de cristal de Higienópolis”, respondió él.
Marcel rodeó la mesa y se arrodilló de nuevo frente a ella. Levantó las dos manos y las puso sobre las rodillas de Eliza.
- “No te estoy ofreciendo una vida de lujos. Te estoy ofreciendo lo necesario para una vida tranquila. Y sobre todo, una vida llena de amor. El amor que sé dar. Es el amor de un hombre que no supo cuándo se enamoró de tí, pero que desde que reconoció que no podía amar a nadie más que a ti, supo que iba a pasar el resto de su vida intentando merecerte”, expresó Marcel.
Eliza lo miró. Sus ojos recorrieron la cara de Marcel, las manos sobre sus rodillas, los dedos anchos de cirujano que temblaban apenas con un temblor que no era frío.
- “Marcel”,dijo ella.
- “No me respondas todavía”, interrumpió Marcel.
- “Marcel”, repitió Eliza más fuerte, y él calló. Ella le tomó las manos que estaban sobre sus rodillas y las apretó. “Te voy a decir sí”.
El pecho de Marcel se expandió. La respiración entró por la boca como si hubiera olvidado cómo respirar por la nariz durante los últimos tres minutos.
- “Pero con una condición”, añadió Eliza.
Él asintió. Las manos de ella seguían apretando las suyas con una fuerza que no correspondía a la delicadeza de los dedos.
- “Pase lo que pase”, dijo Eliza, “confiamos el uno en el otro. No importa quién venga. No importa qué traigan. Así como tú has renunciado a todo, así yo descubriera que pertenezco a la familia más rica del mundo, te escogería a tí y a nuestra vida juntos sin dudar. No importa nada de eso, solo confiamos”.
- “Confiamos”, repitió Marcel.
- “No es una pregunta, Marcel. Es la condición. Si dudas de mí, si dudas de ti, si dejas que alguien que no soy yo te haga creer que soy alguien que no soy, entonces todo esto (soltó una mano y señaló el sobre, la Polaroid, la cocina, la ventana con rejas y a ellos mismos) se rompe”, dijo Eliza.
Marcel no soltó la mano que ella seguía apretando. Con la otra, la que ella había soltado, tocó la cicatriz del cuello de Eliza. La yema del dedo índice recorrió la línea vertical desde debajo de la oreja hasta la clavícula, sintiendo el relieve de la piel reparada, la textura diferente del tejido cicatricial, el calor que emanaba de la zona como si la cicatriz tuviera su propia temperatura.
- “No voy a dudar”, dijo Marcel.
- “No me estás escuchando. No me estás diciendo que no vas a dudar. Me estás prometiendo que, si llega el momento en que todo apunte a que debes dudar, no vas a dudar igual”, expresó Eliza.
- “Eso es lo que te estoy prometiendo”, aseguró Marcel.
- “Mírame”, dijo Eliza. “Sí, me caso contigo.
Marcel soltó la mano de ella y le tomó la cara con las dos palmas. Las manos le temblaban, y la piel de Eliza sintió el temblor como un cosquilleo en las mejillas.