A cuarenta minutos de avión y seis horas de autobús, en una sala de Higienópolis con el aire acondicionado fijado en dieciocho grados, Florencia Batista estaba sentada en el sillón de cuero oscuro con una carpeta negra sobre la mesa auxiliar y un vaso de agua que no había tocado. Larissa Maggi estaba sentada en el otro sillón, con el bolso de cuero negro en el suelo y las manos sobre las rodillas.
- “Mi contacto confirmó los datos”, dijo Florencia. “Ella no tiene memoria de su vida anterior. La identidad que usa es provisional, otorgada por Veredas. No hay registro biológico, no hay huellas en ningún sistema. Es como si hubiera nacido en Maharashtra el día de la cirugía”.
- “Esto también dice que fue a Río buscando a alguien”, dijo Larissa.
- “Un tal Leo. Mi contacto sacó información de Frederico, pero al parecer no sabe quién es. Ella tampoco”, expresó Florencia.
- “Eso es todo lo que necesitan”, comentó Larissa.
- “¿Qué es lo que necesitan, Larissa?”, preguntó Florencia.
- “Un hombre. Alguien que se presente ante ella y le diga que es Leo. Que la conoce, que tenían una relación amorosa, una vida juntos, que él puede dar testimonio de quién era ella antes de la cirugía”, respondió Larissa.
- “¿Y si ella no lo reconoce?”, cuestionó Florencia.
- “Realmente no puede reconocerlo. No recuerda nada. Esa es la posibilidad que se abre. Ella tiene un nombre sin rostro, un vacío en forma de hombre. Cualquiera que ocupe ese vacío con la información correcta se convierte en Leo”, dijo Larissa.
- “La información correcta”, repitió Florencia.
- “Se sabe que asocia el nombre con tambores y Río, que no tiene otros recuerdos. Un hombre con esa información puede construirse una historia que ella no tiene forma de contradecir”, explicó Larissa.
Florencia se incorporó en el sillón. El cuero crujió bajo su peso como un guante ajustándose.
- “El plan tiene un costo. El hombre que consiga querrá su paga, además alguna que otra evidencia de su pasado falso”, dijo Larissa.
- “Paguemos”, aseveró Florencia.
Florencia abrió la carpeta negra sobre la mesa auxiliar. Dentro había hojas impresas con membrete de una empresa de seguridad privada de São Paulo. Fotografías de Eliza tomadas con teleobjetivo, en la plazoleta, en la puerta del edificio de concreto, en la parada de autobús de Sacadura Cabral. En todas se veía la cicatriz del cuello, nítida bajo la luz de la tarde; después habló por teléfono con su esposo.
- “Edvaldo autorizó el presupuesto”, dijo Florencia. “Un hombre de unos treinta y cinco años, complexión media, que hablará portugués con acento carioca y inglés fluido. Se presentará ante ella como Leo. Le dirá que eran pareja antes del accidente. Que él la buscó durante meses y que por fin la encontró”.
- “¿Y Marcel?”, preguntó Larissa.
- “Marcel no podrá contradecirlo. Él no sabe quién es Leo. Solo sabe que ella dice ese nombre en sueños. Si este hombre dice ser Leo y ella no tiene recuerdos para refutarlo, Marcel queda desplazado”, respondió Florencia.
Larissa recogió el bolso de cuero del suelo. Lo puso sobre las rodillas.
- “¿Cuándo?”, preguntó Larissa.
“El hombre estará en Río en tres días”, respondió Florencia
- “Tres días”, dijo Larissa.
Larissa se levantó. El aire acondicionado le golpeó los brazos desnudos y la piel de gallina apareció como una erupción instantánea. Sostuvo el bolso contra el pecho.
- “¿Y si Marcel descubre el plan?”, preguntó Larissa.
- “Marcel no descubre nada. Marcel está en un hospital comunicó en Saúde, trabajando turnos de doce horas, durmiendo en un edificio de concreto con baldosas rotas. No tiene recursos, no tiene contactos, no tiene la red que tenía antes. Es un residente común. Y un residente común no puede competir con una operación montada por Edvaldo Batista”, dijo Florencia..
Larissa asintió. Caminó hacia la puerta y salió. El aire de São Paulo la recibió con treinta y dos grados de humedad y el ruido del tráfico de la Marginal Pinheiros.
De vuelta en la terraza de Santa Teresa, Eliza y Marcel seguían con las manos unidas sobre la mesa de madera.
- “¿Quieres que caminemos?”, preguntó Marcel.
- “Sí”, respondió Eliza.
Bajaron por la calle empinada hasta el Largo. El empedrado irregular obligaba a mirar al suelo, y las raíces que sobresalían hacían que Eliza tropezara cada pocos pasos. Marcel le agarró el codo. Ella no se apartó.
- “No sé qué va a pasar”, dijo Eliza.
- “Yo tampoco”, afirmó Marcel.
Marcel le soltó el codo. Le puso la mano en la cintura. La palma abierta sobre la tela de la blusa, los dedos extendidos hacia la cicatriz que bajaba por el cuello pero sin tocarla. Eliza se inclinó hacia él.
- “Ahora bailamos”, dijo Marcel.
No había música para ellos. Una mujer de un bar cantaba para otros, para los que estaban adentro, para los que tenían vasos en las manos y sillas donde sentarse. Eliza y Marcel estaban en la puerta, de pie sobre el empedrado irregular, y no había ritmo que seguir. Pero ella apoyó la cabeza en el hombro de él y él le rodeó la cintura con el otro brazo, y se balancearon lento.
- “¿Vas a buscar a Leo?”, preguntó Marcel contra su pelo.
- “No sé. ¿No quieres que lo busque?”, preguntó Eliza.
- “Quiero que hagas lo que necesites hacer”, dijo Marcel.
- “Lo necesito. Pero te necesito a ti también”, comentó Eliza.
- “Entonces nos quedamos los dos”, respondió Marcel.
Se quedaron los dos. Bailando sin música en la puerta de un bar de Santa Teresa, con la ciudad extendida abajo como un mapa de luces que parpadeaban, sin saber que a en una sala de Higienópolis con aire acondicionado a dieciocho grados, alguien había abierto una carpeta negra y había puesto precio al vacío que ella llevaba dentro.