Cero virgenes.

Capítulo 1: La regla de oro.

Romeo Valmont tenía tres cosas en la vida que consideraba sagradas: su reloj suizo, su auto deportivo y su regla.

Las dos primeras se podían tocar. La tercera, en cambio, se pronunciaba en voz alta, casi como un juramento, cada vez que alguien tenía la mala idea de ponerla a prueba.

—Cero vírgenes —dijo esa noche, alzando su vaso de whisky con la solemnidad de un rey brindando por su reino.

—Cero vírgenes —repitieron a coro Dante y Mateo, sus dos mejores amigos, chocando los vasos con tanta fuerza que media barra se dio la vuelta a mirarlos.

—Algún día alguien te va a hacer tragarte esa regla —dijo Dante, riéndose—. Con cuchara y todo.

—Imposible —respondió Romeo, recostándose en el sillón de cuero del reservado—. Mi regla no tiene grietas. Yo las huelo a kilómetros.

—¿Las vírgenes? —preguntó Mateo, alzando una ceja.

—Las complicaciones —corrigió Romeo con una sonrisa perfecta, de esas que su madre llamaba "el motivo de mis canas"—. Una mujer que nunca ha estado con nadie espera cosas. Flores, promesas, llamadas al día siguiente. Espera un *para siempre*. Y yo no hago *para siempre*. Yo hago *hasta mañana*, y eso siendo generoso.

Dante fingió limpiarse una lágrima.

—Qué poético. Deberíamos grabarlo en tu lápida.

—Mi lápida dirá: "Aquí yace Romeo Valmont. Vivió sin dramas".

Lo que Romeo no sabía era que el destino, que además de puntual tiene un pésimo sentido de la oportunidad, acababa de entrar por la puerta del bar.

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Sandra Ríos llegó al Casa Brava con los tacones en la mano.

No por elegancia, sino porque el derecho se le había roto a tres cuadras y había decidido que caminar descalza era una tragedia más digna que cojear.

—¡Tú! —le dijo a su amiga Lucía, que la esperaba en la entrada con cara de haber visto un fantasma—. ¡Tú me dijiste que este tacón era resistente!

—Yo dije que era *bonito*.

—Es lo mismo.

—No lo es. Y estás descalza en un bar de lujo.

—Estoy siendo auténtica —replicó Sandra, alzando la barbilla y sacudiéndose el cabello castaño, que el viento había convertido en una obra de arte abstracto.

Tenía veinticuatro años, un sueldo que apenas le alcanzaba a fin de mes, una risa que se oía desde la otra cuadra y la firme convicción de que esa noche iba a ser la mejor de su vida. Había una razón: ese mismo día la habían ascendido en la editorial donde trabajaba. Una razón muy buena para celebrar, y una razón todavía mejor para pedir el cóctel más caro de la carta.

—Uno de esos —le dijo al camarero, señalando una copa que brillaba en tonos azules—. Y que lleve una sombrillita.

—Señorita, no llevamos sombrillitas.

—Pues invente una.

Lucía se tapó la cara con las manos.

—Dios mío. Va a ser una noche larguísima.

Tenía razón, aunque no por lo que imaginaba.

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Romeo la vio por primera vez cuando ella se subió a un taburete para alcanzar la sombrillita de papel que el camarero, rendido, le había improvisado con una servilleta y un palillo.

No fue amor a primera vista. Romeo no creía en esas cosas. Fue algo más sencillo y más peligroso: fue curiosidad.

—Miren a la descalza —murmuró Mateo.

—Tiene actitud —dijo Dante.

—Tiene un pie sucio —observó Romeo—. Pero tiene actitud.

Sandra, ajena al comité de evaluación, brindó consigo misma en voz alta.

—¡Por Sandra Ríos, jefa de redacción a partir del lunes! —Y, girándose hacia el bar entero, añadió—: ¡Y por todos los que no me dieron el ascenso, que ojalá se les pinche una llanta!

Un par de desconocidos aplaudieron. Romeo, sin darse cuenta, sonrió.

Se levantó. Dante le puso una mano en el pecho.

—Romeo, no. Tiene cara de buena persona.

—Eso no es un problema.

—Tiene cara de *muy* buena persona.

—Tengo una regla, Dante. Es infalible. —Romeo se ajustó los puños de la camisa—. Solo voy a saludar.

Mateo miró a Dante.

—Diez pesos a que no saluda solamente.

—Hecho.

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—Bonita sombrilla —dijo Romeo, apoyando un codo en la barra, a medio metro de Sandra.

Ella lo miró de arriba abajo con toda la calma del mundo. Camisa oscura, reloj caro, mandíbula de anuncio de perfume y esa sonrisa segura de quien nunca ha recibido un "no".

—Es una servilleta —respondió.

—Pues le queda bien a la servilleta.

—Qué frase tan mala.

—¿Perdón?

—Que es una frase pésima. —Sandra dio un sorbo a su cóctel azul, con los ojos brillantes de diversión—. Llevas años usándola, ¿verdad? Se nota que está desgastada. Tiene marcas de uso.

Romeo abrió la boca. La cerró. Nadie le había dicho jamás que sus frases tuvieran marcas de uso.

—Nunca me han fallado —dijo por fin.

—Entonces ya te fallaron —contestó ella—. Felicidades.

Y le tendió la mano, como quien cierra un trato.

—Sandra.

—Romeo.

—Ay, no —rio ella, con tanta fuerza que un mechón de pelo le cayó sobre la cara—. ¿Romeo? ¿En serio? ¿Y dónde está tu Julieta, o ya la mataste de aburrimiento?

—Nunca hubo Julieta.

—Claro, con esa regla de frases...

—¿Cómo sabes que tengo una regla? —preguntó él, alzando una ceja.

—Cariño, tienes cara de tener treinta reglas y ninguna con sentido común.

Romeo sintió, por primera vez en años, que la conversación se le escapaba de las manos.

Y descubrió, para su enorme disgusto, que le gustaba.

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Hablaron durante una hora. Luego durante dos.

Sandra le contó que trabajaba en una editorial y que soñaba con publicar su propia novela algún día, una historia sobre una mujer que se vuelve detective por accidente después de perder su empleo. Romeo le contó, con menos entusiasmo del habitual, que dirigía la naviera de su familia y que su apellido pesaba más que su nombre.

—Valmont —repitió ella, arrugando la nariz—. ¿Como los Valmont de las revistas? ¿Los de las fotos con smoking en la gala de beneficencia?




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