Dos Casas Más Allá

12. Ahora es suficiente

El primer lunes de marzo comenzó a las seis y doce de la mañana con Enrique gritando desde el baño:

—¡MAMÁAAAA!

Aurora abrió los ojos.

No.

Todavía no.

—¡MAMÁ!

Miró la hora.

6:12.

Había puesto la alarma a las seis y no la había escuchado.

—MIERDA.

Saltó de la cama.

A las seis y diecisiete descubrió que Enrique no encontraba un calcetín. A las seis y veintitrés, que Víctor había dejado cargando el teléfono durante la noche, pero no lo había enchufado. A las seis y treinta, que nadie había puesto agua en el hervidor. Cuatro minutos después comprobó que el pan se había acabado y, a las seis treinta y ocho, encontró el calcetín perdido puesto en el pie de Enrique.

—¿Y el otro?

Enrique lo miró.

—No sé.

Aurora cerró los ojos.

Primer lunes en Santiago.

Colegio nuevo, trabajo, horarios y rutinas nuevas.

Había preparado toda la noche anterior: uniformes, mochilas, documentos, colaciones y botellas de agua. Incluso había dejado sus propios aros encima del velador para no tener que buscarlos en la mañana.

Nada de aquello había servido.

A las seis cuarenta y cinco, El Templo del Alma parecía estar siendo evacuado por una catástrofe natural.

—¡Víctor, desayuno!

—¡No tengo hambre!

—¡No me importa!

—¡Eso no tiene sentido!

—¡Come igual!

—¡Mamá, mi dinosaurio!

Aurora se giró.

—¿Por qué necesitas un dinosaurio para ir al colegio?

Enrique abrió mucho los ojos, como si la pregunta fuera absurda.

—Porque sí.

Aurora respiró.

Ayuda, comida o compañía.

Ninguna.

Necesitaba clonación.

Sonó el timbre.

Los tres se quedaron quietos.

Aurora miró la hora.

7:15.

—Si es una amihermana, juro que la mato.

Abrió.

Fernando estaba afuera con cuatro cafés y una bolsa de pan.

Aurora lo miró.

Después miró el pan.

Después los cafés.

—No.

Fernando levantó una ceja.

—¿No?

—No puedes aparecer así.

—¿Así cómo?

—Con soluciones.

Fernando miró lo que llevaba.

—Ah.

Aurora intentó mantener la seriedad.

No pudo.

—Hueón.

Fernando sonrió.

—Antes de que me acuses de invadir tu autonomía: ¿ayuda, comida o compañía?

Aurora señaló la bolsa.

—Comida.

Le quitó el café de la mano.

—Y esto.

Tomó un sorbo y cerró los ojos.

—Te amo.

Silencio.

Aurora abrió los ojos.

Fernando la estaba mirando.

Víctor apareció detrás.

También la estaba mirando.

Enrique dejó de buscar el dinosaurio.

—¿Qué? —dijo Aurora.

Fernando parpadeó.

—Nada.

Víctor sonrió lentamente.

—Dijiste que lo amas.

—Por el café.

—Dijiste «te amo».

—¡AL CAFÉ!

Fernando levantó su vaso.

—No quiero intervenir en este momento familiar.

Aurora lo apuntó.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Tienes cara.

—Siempre tengo cara.

Víctor soltó una carcajada.

—Ya es frase oficial.

Aurora agarró la bolsa de pan.

—Entren todos a comer.

Fernando no se movió.

Aurora lo miró.

—¿Qué?

—No sé si la invitación me incluye.

—Fernando.

Él sonrió.

—Estoy aprendiendo.

Aurora se hizo a un lado.

—Pasa.

A las siete treinta y cinco estaban desayunando.

Milagrosamente.

Fernando no tomó el control de la mañana. Se sentó, comió pan y escuchó. Cuando Aurora le pidió que ayudara a Enrique con los zapatos, lo hizo. Cuando Víctor preguntó si alguien había visto sus audífonos, no se levantó a buscarlos.

Aurora sí estuvo a punto.

Se detuvo.

—¿Dónde los usaste por última vez?

Víctor pensó.

—Anoche.

—Entonces busca ahí.

—Ya.

Fernando la miró.

Aurora levantó una ceja.

—Ni una palabra.

—Estoy impresionado.

—Cállate.

A las siete cincuenta y dos estaban listos.

Casi.

Víctor permanecía de pie junto a la puerta con la mochila puesta, la chaqueta y el teléfono. Tenía todo.

Pero no salía.

Aurora lo miró.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Conocía ese nada.

—Víctor.

Él apretó las correas de la mochila.

—Es que no conozco a nadie.

Ah.

Aurora dejó las llaves.

—Ven.

—Mamá, estamos atrasados.

—¿Y qué?

Víctor sonrió apenas.

Aurora se acercó.

—No tienes que llegar sabiendo cómo hacer esto.

—Ya sé.

—No. Escúchame.

Víctor levantó la mirada.

—Puedes llegar nervioso. Puedes no hablar con nadie hoy, equivocarte de sala o almorzar solo si quieres. No tienes que demostrar que la mudanza fue una buena idea en el primer día.

La mandíbula de Víctor se movió.

Aurora conocía ese gesto.

—¿Y si no me gusta?

—Entonces vemos.

—¿Y si fue una mala idea?

La pregunta le dolió. No porque dudara, sino porque sabía cuánto había puesto él también en aquel cambio.

—Entonces también vemos.

Víctor la miró.

—No tienes que protegerme de haberme equivocado. Pero tampoco tienes que decidir hoy.

Víctor asintió.

Después la abrazó.

Fue breve, adolescente, pero fuerte.

—Gracias por traernos —murmuró.

Aurora cerró los ojos.

Ahí sí.

El pecho.

—Siempre.

Víctor se separó inmediatamente.

—Ya. Vámonos.

Aurora se secó debajo de un ojo.

—Hueón.

—No llores.

—No estoy llorando.

—Tienes cara.

Fernando, desde la cocina:




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