La primera vez que Fernando invitó a Aurora a comer con sus amigos dijo que sería algo chico.
Aurora ya llevaba suficiente tiempo conociéndolo como para desconfiar de cualquier hombre que usara la palabra chico sin entregar cifras.
—¿Cuántos?
—Pocos.
—Eso no es un número.
—Andrés, Gonzalo y Felipe.
Aurora siguió mirándolo.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Parejas, hijos, gente que aparece porque justo andaba cerca, un primo que vive en el patio, algún vecino que consideren familia desde 1998. Quiero el catastro completo.
Fernando rio.
—Solo ellos. Bueno, Andrés viene con Laura.
—Cinco personas.
—Seis contigo.
—Siete contigo, hueón.
Fernando se quedó pensando.
—Cierto.
Aurora negó con la cabeza.
—Y después te preguntas por qué no confío en tus capacidades administrativas.
—Llegué a una clínica con una carpeta con separadores.
—Precisamente. Compensas.
La comida sería en casa de Andrés. No había ningún motivo especial: un sábado, carne, cerveza y el argumento masculino universal de que hacía mucho que no se juntaban, aunque Fernando había visto a Gonzalo dos semanas antes y a Felipe hacía menos de un mes.
Aurora sabía quiénes eran. Había escuchado sus nombres mezclados con historias que comenzaban con cuando éramos cabros, en la universidad, cuando Martina era chica o una vez este hueón hizo una estupidez, pero hasta entonces habían existido para ella de esa manera extraña en que existen las personas importantes de alguien antes de conocerlas: nombres con historia, afectos ya construidos, habitaciones a las que todavía no había entrado.
La tarde del sábado, mientras buscaba unos aros, Fernando apareció en El Templo con una polera negra doblada bajo el brazo.
—Necesito dejar esto acá.
Aurora miró la prenda.
—¿Por qué?
—Porque no pienso llevarla.
—¿Y por qué la trajiste?
Fernando la metió detrás de un cojín.
—Porque Martina la encontró.
Aurora dejó los aros sobre la cómoda.
—Fernando.
—No.
—¿Qué hay en la polera?
—Nada.
—Muéstramela.
—No.
Aurora avanzó hacia el sillón. Fernando se interpuso.
—Aurora.
—Ahora necesito verla.
—No necesitas nada.
—Ayuda, comida, compañía o polera.
Fernando intentó no reírse.
—No existe esa categoría.
—Acaba de nacer.
Aurora se movió hacia un lado. Él también. Hacia el otro. Fernando volvió a bloquearla.
—Esto es ridículo —dijo ella.
—Estamos de acuerdo.
—Entonces dámela.
—No.
Aurora gritó:
—¡Víctor!
Fernando abrió los ojos.
—No te atrevas.
Víctor apareció en el pasillo.
—¿Qué?
—Fernando está escondiendo algo.
Víctor miró a Fernando y después el cojín.
—¿Droga?
—¡No! —respondió Fernando.
—Entonces no sé si me interesa.
Aurora aprovechó la distracción, metió la mano detrás del cojín y sacó la polera.
Fernando alcanzó a decir:
—Conchetumadre.
La desplegó.
Era negra. En el centro tenía impresa una fotografía enorme de Fernando adolescente.
Con bigote.
El bigote.
El mismo de la fotografía que había aparecido primero en casa de Elena y después en la caja, solo que ahora ampliado a un tamaño que constituía una agresión visual.
Debajo decía:
NUNCA OLVIDAMOS.
Aurora dejó de respirar.
Víctor se acercó.
—No.
Fernando cerró los ojos.
Aurora empezó a reírse.
No una risa elegante. Ni siquiera una compatible con permanecer de pie. Terminó sentada en el brazo del sillón, apretando la polera contra el pecho mientras Víctor la examinaba con una mezcla de horror y fascinación.
Editado: 15.09.2026