Durante las semanas posteriores a la inauguración, Aurora hizo algo que no esperaba.
Volvió a escribir.
No propuestas, presupuestos, planificaciones de clases, listas de materiales ni correos que empezaran con Estimada Verónica.
Escribió en el cuaderno TODAVÍA QUIERO.
Había reaparecido entre las cosas de la bodega cuando ordenaron después de sacar la instalación, y Aurora lo dejó sobre una repisa, junto a la fibra gris del taller que había salido mal y la carta que había escrito años antes para la mujer que todavía no sabía que llegaría hasta allí.
No escribía todos los días ni seguía ningún orden. A veces anotaba cosas enormes.
Todavía quiero que Entreluz pague todas mis cuentas.
Otras eran bastante menos trascendentales.
Todavía quiero aprender a hacer pan sin matar la levadura.
Todavía quiero conocer Irlanda.
Todavía quiero bailar con mis hijos cuando sean adultos.
Todavía quiero una pieza donde pueda dejar materiales sobre la mesa sin tener que guardarlos para comer.
Enrique descubrió el cuaderno y agregó:
TODABÍA QUIERO UN PERRO MÁS.
Aurora tachó la frase.
Al día siguiente apareció nuevamente.
Víctor escribió debajo:
Solicitud rechazada por falta de presupuesto y cordura.
El cuaderno dejó de ser completamente privado. No importaba. Había algo bonito en encontrar deseos ajenos mezclados con los suyos, como si aquella libreta también hubiera aprendido que compartir espacio no significaba perder propiedad.
Pero había una página que Aurora no mostró.
La escribió una madrugada cualquiera, sin que hubiera ocurrido nada extraordinario. No venía de una pelea ni de una noche con Fernando ni de una de esas veces en que él decía alguna hueá inesperadamente bonita y ella tenía que fingir que no la había dejado con el corazón hecho sopa.
Estaba sola.
El Templo permanecía en silencio. Víctor dormía, Enrique también y Fernando estaba dos casas más allá.
Aurora tomó el lápiz y escribió:
Todavía quiero casarme alguna vez sin dejar de pertenecerme.
Se quedó mirando la frase.
Después cerró el cuaderno.
—Ah, conchetumadre.
La palabra matrimonio había vivido durante demasiado tiempo en un lugar incómodo de su cabeza. Había estado asociada a promesas que después se convertían en obligaciones, a cuentas mezcladas y decisiones compartidas que podían terminar significando que alguien tenía más derecho que ella sobre su propia vida. Durante mucho tiempo había confundido amar bien con ceder, adaptarse, hacer espacio y seguir haciéndolo hasta que una mañana resultaba difícil recordar cuánto había ocupado una misma antes.
Volver a casarse le había parecido absurdo durante años. Después dejó de parecer absurdo y, más tarde, incluso dejó de parecer imposible.
Ahora estaba escrito.
Y lo que más la inquietaba no era la primera parte.
Era la segunda.
Sin dejar de pertenecerme.
Llevó el cuaderno de un lado a otro durante tres semanas.
Lo abrió varias veces, leyó la frase y volvió a cerrarlo. No tenía claro qué esperaba. Quizás que desapareciera.
No desapareció.
Un jueves por la tarde estaba sentada en el patio mientras Fernando revisaba una bisagra de la pequeña protección que habían puesto alrededor del limonero joven. La planta había sobrevivido al traslado, a Enrique, a los perros y a una cantidad preocupante de intervenciones familiares no solicitadas.
Tenía dos brotes nuevos.
Aurora miró el cuaderno sobre sus piernas.
Fernando seguía concentrado en la bisagra.
—Escribí algo.
—Bien.
—Algo sobre ti.
Fernando dejó el destornillador.
—¿Bueno o malo?
—No sé.
—Ah.
—¿Quieres leerlo?
—Si quieres mostrármelo.
Aurora abrió el cuaderno en la página exacta y se lo pasó.
—Solo eso.
—Entendido.
Fernando leyó.
No levantó la vista inmediatamente.
Error.
—Di algo.
—Estoy pensando.
—Piensa más rápido.
Fernando volvió a mirar la frase.
—Esto parece importante.
Editado: 15.09.2026