Dos Casas Más Allá

25. El taller que salió mal

El segundo taller en La Hebra no se pareció al primero.

Aurora lo supo mucho antes de que saliera mal.

Lo supo mientras lo preparaba, aunque entonces confundió la sensación con nervios. El primer taller había sido de tejido libre: fibras conocidas, técnicas que dominaba, errores que sabía leer y corregir. El segundo nació de una idea que llevaba tiempo rondándole la cabeza y que, precisamente porque la entusiasmaba, no alcanzó a mirar con suficiente desconfianza.

Quería trabajar con el color desde el origen.

No elegir fibras ya teñidas, sino intervenirlas. Mostrar cómo un tono podía construirse, cambiar, manchar, fallar; cómo la materia no siempre obedecía exactamente a la intención de quien la tocaba.

La idea calzaba demasiado bien con Entreluz como para no enamorarse de ella.

Tintes naturales.

Cúrcuma, cáscara de cebolla, repollo morado, palta.

Durante dos semanas, la cocina de El Templo pareció un laboratorio clandestino. Hubo ollas con líquidos sospechosos, fibras colgando en el patio y frascos etiquetados con fechas. Enrique recibió instrucciones estrictas de no beber nada que no reconociera y preguntó, con bastante lógica, por qué había cosas que parecían jugo guardadas junto a la comida.

—Porque tu mamá perdió el control —dijo Víctor.

—Estoy investigando.

—Llevas tres días hirviendo cebolla.

—La ciencia requiere sacrificios.

Fernando, que acababa de entrar después de tocar, se detuvo frente a una madeja amarilla que se secaba junto a la ventana.

—Está bonita.

Aurora levantó una ceja.

—¿Bonita de verdad o bonita de pololo?

—No sabía que había categorías.

—Hay.

Fernando se acercó, pero no tocó la fibra.

—Bonita de verdad.

Aurora sonrió satisfecha.

—Cúrcuma.

—Ah.

—¿Qué significa “ah”?

—Nada.

—Tienes cara.

—Siempre tengo cara.

Aurora volvió a la olla.

Fernando la observó un momento.

—¿Esto ya lo has hecho antes?

—Sí.

—¿Talleres?

—No. Teñir.

—Ah.

Otra vez.

Aurora giró.

—¿Qué?

Fernando levantó las manos.

—Nada.

—Hueón.

—No estoy diciendo nada.

—Estás pensando.

—Sí.

—¿Quieres decirlo?

La pregunta todavía le gustaba.

A ambos.

Fernando se apoyó contra el mesón.

—Me pregunto si hacer algo tú sola y hacerlo con doce personas son la misma cosa.

Aurora miró la olla.

—No.

—Ya.

—Pero para eso estoy probando.

—Perfecto.

Y no insistió.

Aurora agradeció que no lo hiciera.

Después, cuando todo se fue a la mierda, recordó esa conversación y tuvo que resistir el impulso de odiarlo un poco por haber formulado la pregunta correcta.

Verónica recibió la propuesta con entusiasmo.

Aurora había diseñado una sesión de tres horas: una introducción breve sobre tintes naturales, preparación de fibras, cuatro estaciones de color y una parte final en la que cada participante elegiría qué hacer con lo obtenido.

Entonces Verónica le preguntó si podían ampliar los cupos. Había lista de espera.

Aurora miró la sala, calculó rápidamente y aceptó catorce personas.

Ahí estuvo el primer error.

Doce había sido el límite que ella misma había establecido en el taller anterior. Sabía por qué lo había hecho. Pero dos personas más parecían apenas dos sillas, un poco más de material y una oportunidad que no quería perder.

Además, no quería parecer complicada.

Así que dijo que sí.

El segundo error fue intentar compensar esa incomodidad preparándolo todo.

Pesó materiales, hizo muestras, imprimió una pequeña guía y dejó porciones calculadas para cada estación. El jueves todavía estaba probando concentraciones. El viernes, a las once de la noche, seguía en la cocina comparando dos fibras casi idénticas cuando Víctor entró por agua.

—¿Qué haces?

—Esta estuvo treinta minutos y esta cuarenta.

Víctor las miró.




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