Dos Casas Más Allá

Epílogo - Casa abierta

Un sábado cualquiera, varios meses después, Aurora despertó porque alguien estaba tocando el timbre.

Miró la hora.

Las nueve y diecisiete.

—Ni cagando.

Se dio vuelta y se tapó hasta la cabeza.

Volvieron a tocar.

Después escuchó la voz de Enrique desde el pasillo.

—¡MAMÁ! ¡ES FERNANDO!

—¡QUE ENTRE!

Hubo un silencio.

Aurora abrió un ojo.

Entonces escuchó a Enrique gritar desde el otro extremo de la casa:

—¡DICE QUE TIENES QUE DECÍRSELO TÚ!

Aurora empezó a reír debajo de las frazadas.

—¡CASA ABIERTA!

La puerta se abrió.

Unos minutos después Fernando apareció en el dormitorio con dos cafés y una bolsa de pan caliente.

—Buenos días.

Aurora se incorporó lo suficiente para recibir el café.

—Son las nueve de la mañana de un sábado.

—Nueve diecisiete.

—Peor.

Fernando se sentó en el borde de la cama.

—Martina y Lucas vienen a almorzar.

—Ya.

—Víctor dijo que también.

—Ya.

—Alejandra escribió preguntando qué hacemos hoy.

Aurora cerró los ojos.

—No le respondas.

—Ya respondió Paula.

—Cagamos.

Fernando rio.

Aurora tomó un sorbo de café.

Desde el pasillo llegó Enrique corriendo para anunciar algo relacionado con un perro, una pelota y una tragedia que aparentemente requería intervención inmediata. Detrás apareció una de las gatas huyendo de una responsabilidad que probablemente le correspondía.

Aurora miró a Fernando.

—¿Ves lo que hiciste?

—¿Yo?

—Entraste a esta familia voluntariamente.

—Firmé documentos.

—Con separación de bienes.

—Gracias por recordarlo.

Aurora sonrió y volvió a tomar café.

Más tarde, El Templo estaba lleno.

No había cumpleaños, matrimonio, inauguración ni emergencia.

Simplemente era sábado.

Martina estaba en el patio con Víctor. Lucas y Enrique habían convertido algo que Sebastián construyó con una finalidad perfectamente razonable en una estructura para un juego que nadie más comprendía. Alejandra apareció cerca del mediodía y Paula llegó detrás con sus hijos. Andrea entró quince minutos después, tocando antes pese a llevar años teniendo permiso para aparecer.

Viviana trajo comida.

Fernando también había cocinado.

Hubo una discusión sobre cuál de las dos preparaciones debía servirse primero que terminó, como casi todas las discusiones familiares verdaderamente importantes, poniendo ambas sobre la mesa.

Aurora iba y venía entre la cocina y el patio cuando sonó su teléfono.

Era un mensaje de Elisa.

Una fotografía.

Una mujer sostenía una pieza terminada en uno de los talleres de Entreluz. Detrás había otras tres trabajando.

—Hoy no te necesite para nada, escribió Elisa.

Aurora respondió:

—Maravilloso.

Tres segundos después agregó:

—Eso fue un cumplido, por si acaso.

Elisa contestó:

—Estoy aprendiendo tu idioma.

Aurora guardó el teléfono.

En el taller había pedidos pendientes, fibras esperando y una carpeta con una propuesta que todavía no sabía si aceptaría.

La etiqueta de aquella primera encomienda estaba enmarcada sobre una repisa.

Finalmente, Fernando había ganado esa discusión.

Aurora jamás se lo reconocería.

Debajo del marco había escrito una sola fecha.

Nada más.

—¡MAMÁ!

Aurora salió al patio.

—¿Qué?

Enrique señalaba hacia el limonero.

—¡Mira!

Había un limón en el suelo.

—Se cayó.

—Sí, mi amor. Eso hacen.

—¿Me lo puedo quedar?

Aurora lo miró.

—Sí.

Enrique recogió el limón y salió corriendo para mostrarlo como si acabara de descubrir una especie nueva.




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