Durante las semanas siguientes a la noche en que Paula llegó con sus hijos, El Templo adquirió una reputación.
Aurora no supo exactamente cuándo ocurrió.
Quizás había empezado mucho antes, cuando Alejandra descubrió que podía aparecer con pan un domingo y nadie le preguntaría por qué. O cuando Andrea comenzó a dejar una botella de vino en un mueble de la cocina para “emergencias espirituales”. Tal vez había sido culpa de Paula, que después de sus tres noches de refugio empezó a decir que en esa casa una podía llegar hecha mierda y nadie la obligaba a explicar nada antes de sentarse.
Probablemente había sido culpa de todas.
Incluida Aurora.
Porque le gustaba.
Le gustaba volver del colegio y encontrar a Víctor conversando con Martina en el patio, que Claudia pasara a mostrarle una fibra que había comprado sin necesidad de organizar una visita formal, que Alejandra supiera dónde estaban las tazas y Paula pudiera abrir el refrigerador sin preguntar si podía tomar jugo. Le gustaba escuchar un golpe en la puerta y descubrir que alguien había llegado simplemente porque sí.
Eso era parte de lo que había querido construir.
El problema fue que, durante un tiempo, Aurora no distinguió entre querer una casa donde la gente pudiera llegar y querer estar disponible cada vez que alguien llegara.
Y no eran lo mismo.
La primera señal apareció un miércoles.
Aurora había tenido un día de mierda.
No una tragedia.
Peor.
Uno de esos días hechos de una acumulación de pequeñas hueás que, por separado, no justificaban ninguna crisis, pero juntas conseguían que una quisiera quitarse el sostén, apagar el teléfono y no volver a responder una pregunta hasta el día siguiente.
Había salido tarde del colegio, Enrique había olvidado una tarea, Víctor necesitaba imprimir algo para primera hora, una apoderada le escribió a las siete y cuarto de la tarde por un asunto que llevaba una semana sin resolver y el supermercado decidió que justo ese día era apropiado tener una fila de veinticinco personas.
Cuando finalmente llegó a El Templo, dejó las bolsas sobre el mesón y se quedó quieta.
Silencio.
Enrique estaba con Fernando y Lucas. Víctor había salido.
La casa estaba vacía.
Aurora sintió algo parecido a la felicidad.
Se quitó los zapatos, dejó el teléfono boca abajo y puso agua para la ducha. No iba a cocinar, ordenar, trabajar en Entreluz, revisar correos ni adelantar absolutamente nada.
Whisky, ducha, cama.
Quizás una serie que no requiriera comprender demasiado.
Un plan impecable.
Entró al baño.
Y escuchó la puerta.
No el timbre.
La puerta.
Después una voz:
—¡AURORA!
Alejandra.
Aurora cerró los ojos debajo del agua.
—¡ESTOY EN LA DUCHA!
—¡YA CACHÉ!
No.
No había cachado.
Si hubiera cachado, no estaría adentro.
Aurora terminó de ducharse con una irritación que aumentaba cada vez que escuchaba ruidos en la cocina. Cuando salió, encontró a Alejandra preparando té.
—Hola —dijo ella.
Aurora la miró.
—Hola.
—Te traje pan.
—Ya vi.
Alejandra levantó una bolsa.
—Y unas cuestiones dulces.
Aurora intentó encontrar gratitud.
La encontró.
Debajo de varias capas de ganas de estar sola.
—Gracias.
—¿Qué te pasó?
—Nada.
—Tienes cara.
Otra epidemia.
Aurora abrió el refrigerador.
—Estoy cansada.
—Siéntate. Te hago té.
—No quiero té.
—¿Whisky?
Eso casi la salvó.
Casi.
—Quiero acostarme.
Alejandra se detuvo.
—Ah.
Ahí estaba la oportunidad.
Aurora podía decirlo: estaba agotada, la quería mucho, agradecía el pan, pero esa noche necesitaba estar sola.
Era una frase perfectamente disponible.
En cambio, dijo:
—Pero quédate un rato.
Y se odió inmediatamente.
Alejandra se quedó cuarenta minutos.
Editado: 15.09.2026