Dos Casas Más Allá

22. Las mujeres que no iban a competir

La invitación al cumpleaños de Martina llegó directamente de Martina.

Eso, por sí solo, ya era una diferencia.

No fue Fernando quien le preguntó a Aurora si quería acompañarlo ni Camila quien transmitió algo a través de él. El mensaje apareció un jueves por la tarde, mientras Aurora esperaba que Enrique saliera del colegio.

—El sábado celebro mi cumple en la casa de mi mamá. Quiero que vengan tú, Víctor y Enrique.

Aurora lo leyó dos veces.

Después llegó otro.

—Mi papá obviamente también jajajaja.

Y un tercero:

—Pero te estoy invitando yo.

Aurora sonrió.

—Entonces obviamente vamos.

Martina respondió con un corazón y una advertencia:

—Mi mamá invitó a toda la familia.

Aurora dejó de sonreír.

—Define toda.

Martina tardó apenas unos segundos.

—Abuelos, Claudia, Sebastián, algunos tíos, amigos míos, amigos de Lucas, gente.

Aurora escribió:

— “Gente” es una categoría peligrosa.

—Sí.

Después Martina agregó:

—Y mi mamá quiere que estés tranquila.

Aurora se quedó mirando esa frase.

No porque Camila le produjera miedo. Se habían visto varias veces desde que Aurora y Fernando estaban juntos: entregas de los niños, actividades y algún encuentro breve donde ambas habían sido perfectamente educadas y suficientemente adultas como para no transformar cada saludo en una cumbre diplomática.

Pero nunca habían compartido una tarde completa.

Nunca había estado Aurora dentro de la casa de Camila.

Escribió:

—Dile a tu mamá que estoy tranquila.

Lo pensó.

Añadió:

—Más o menos.

Martina respondió:

—JAJAJAJA.

El sábado, Aurora cometió el error de contarle a la manada dónde iba.

Alejandra dejó el vaso sobre la mesa.

—¿A la casa de la ex?

—Al cumpleaños de Martina.

—En la casa de la ex.

—Sí.

Paula levantó una ceja.

—¿Va Fernando?

—Obvio.

Andrea, que estaba sentada frente a Entreluz revisando unas fibras que nadie le había pedido revisar, preguntó:

—¿Y cómo se siente tu cuerpo cuando piensas en eso?

Las otras tres la miraron.

—Andrea —dijo Aurora.

—Estoy preguntando.

—Mi cuerpo quiere whisky.

Paula asintió.

—Respuesta somática válida.

Alejandra se inclinó hacia adelante.

—¿La conoces bien?

—No.

—¿Te cae bien?

Aurora pensó.

—No sé si bien. Me cae… normal.

—Eso es excelente —dijo Paula—. Mucho mejor que amarla inmediatamente. Esa hueá sería sospechosa.

Andrea dejó las fibras.

—No tienen que gustarse.

—Gracias. Pensaba pedirle matrimonio.

—Tampoco tienen que competir.

La broma se le quedó a Aurora a medio camino.

—Ella tiene una historia con Fernando que tú no tienes —continuó Andrea—. Tú tienes una relación con Fernando que ella ya no tiene. Ninguna puede quitarle a la otra lo que existe.

Alejandra la miró.

—Qué hueá más sensata.

—A veces me pasa.

Aurora tomó su café.

Sabía todo eso.

Intelectualmente.

El problema con las cosas que una sabía intelectualmente era que el cuerpo solía pedir documentación adicional.

Fernando llegó a buscarla a las cuatro. Víctor y Enrique subieron al auto discutiendo por el asiento y Aurora se acomodó adelante con una fuente que había preparado para llevar.

Fernando la miró antes de partir.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Segura?

Aurora giró hacia él.

—¿Tú estás bien?

Fernando pareció sorprendido.

—Sí.

—¿Seguro?




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