La primera pelea entre Aurora y Elisa ocurrió por catorce centímetros de fibra.
No por presupuesto, horarios ni una diferencia conceptual profunda sobre la obra.
Catorce centímetros.
Aurora llegó a la bodega un jueves por la tarde y encontró a Elisa trabajando en uno de los módulos centrales. Había avanzado bastante desde la mañana. La estructura estaba apoyada contra el muro y una serie de fibras oscuras descendía desde la parte superior, mezclándose con otras más claras que Aurora había instalado el día anterior.
Era bonito.
Ese fue el primer problema.
El segundo fue que no era exactamente lo que Aurora había imaginado.
—¿Por qué cortaste esas fibras?
Elisa levantó la cabeza.
—Porque estaban arrastrando.
—La idea era que arrastraran.
—No todas.
Aurora dejó el bolso.
—Esas sí.
Elisa miró la obra.
—No estaba marcado.
—Lo hablamos.
—Hablamos de dejar algunas largas.
—Esas eran las largas.
Elisa se quedó callada.
Aurora sintió que algo se endurecía dentro de ella.
—¿Cuánto cortaste?
—Catorce centímetros.
—¿A todas?
—A nueve.
Aurora cerró los ojos.
No era irreparable. Podía reemplazar las fibras, no era caro, no comprometía la estructura y el módulo seguía funcionando.
Y aun así estaba furiosa.
—Tenemos que cambiarlas.
Elisa dejó lo que tenía en las manos.
—Ya.
La respuesta, demasiado tranquila, irritó todavía más a Aurora.
—No puedes tomar decisiones así sin preguntarme.
Elisa la miró.
—Según las tolerancias que definimos, podía ajustar largos si interferían con circulación.
—No en este módulo.
—Eso no estaba escrito.
—Pero lo hablamos.
—Aurora, hablamos de ciento veinte cosas.
La frase cayó mal.
—Entonces pregunta.
—Pregunto todo el tiempo.
—Esto era importante.
—Para ti.
Aurora sintió el golpe.
—Es mi obra.
Elisa se quedó quieta.
—Sí.
El silencio siguiente fue distinto.
Aurora supo que acababa de cruzar algo, aunque todavía no entendía exactamente qué.
Elisa apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Quieres que trabaje contigo o quieres trabajar tú usando mis manos?
Aurora abrió la boca.
No salió nada.
Elisa tampoco suavizó la frase.
No hacía falta.
Aurora salió al patio.
No para hacer una entrada dramática.
Porque si seguía ahí iba a decir alguna hueá defensiva.
Caminó hasta el limonero.
La pregunta la siguió.
¿Quieres que trabaje contigo o quieres trabajar tú usando mis manos?
Por supuesto que quería trabajar con Elisa.
Para eso la había contratado.
Pero una parte de ella había imaginado algo distinto: que Elisa ejecutaría con absoluta precisión todo aquello que Aurora tenía en la cabeza, incluidas las cosas que Aurora no había explicado suficientemente bien.
No colaboración.
Telepatía remunerada.
Excelente modelo laboral.
Sacó el teléfono.
Su dedo fue hacia Fernando.
Se detuvo.
No.
No necesitaba que Fernando resolviera una discusión profesional. Tampoco Claudia, ni el directorio.
Necesitaba volver adentro.
Respiró.
Cinco minutos después regresó.
Elisa seguía trabajando en otra parte del módulo.
—¿Podemos hablar?
—Sí.
Aurora se sentó.
—Te hablé como el hoyo.
Elisa dejó las fibras.
—Un poco.
—Y usé “es mi obra” como si eso terminara la conversación.
—Sí. También es mi obra.
Editado: 15.09.2026