Dos Casas Más Allá

17. Para mí, cuando se me olvide

La caja permaneció cerrada durante doce días.

Los primeros cuatro, Aurora sostuvo que simplemente no había tenido tiempo. Era una explicación bastante razonable: había trabajo, niños, ropa acumulándose con una capacidad reproductiva preocupante, pedidos de Entreluz, una reunión en el colegio de Víctor, otra cosa de Enrique que había olvidado anotar y la necesidad permanente de alimentar seres humanos varias veces al día.

Al quinto dejó de mentirse.

No quería abrirla.

No exactamente por miedo. Era otra cosa.

La caja había viajado desde Cauquenes en el maletero, había cruzado la puerta de El Templo y ahora descansaba bajo la lámpara de Entreluz como una visita que nadie sabía cuánto tiempo pensaba quedarse. Aurora había pasado alrededor de ella, la había movido para barrer e incluso había puesto una bolsa encima una tarde, para quitarla cinco minutos después porque le pareció irrespetuoso, aunque no tenía muy claro hacia quién.

Enrique había preguntado tres veces qué había adentro.

Aurora había respondido las tres:

—No me acuerdo.

Y era verdad.

Más o menos.

Recordaba papeles, fotografías, cuadernos y un montón de cosas que había guardado porque alguna vez parecieron importantes y que probablemente ya no servían para nada. Lo que no recordaba era exactamente cuáles.

Y ahí estaba el problema.

El domingo, después de almuerzo, fue a la cocina por un cuchillo.

Víctor la vio pasar.

—¿La vas a abrir?

Aurora miró la caja.

—Sí.

Enrique apareció desde ninguna parte.

—¡YO QUIERO VER!

—Ni siquiera sabes qué hay.

—Por eso quiero ver.

Aurora miró a Víctor.

—Es difícil discutir con esa lógica.

Se sentó en el suelo, cortó la cinta y abrió.

Había menos fantasmas de los que esperaba.

Y mucho más papel.

—¿Por qué guardaste esto? —preguntó Víctor, sosteniendo una cuenta de electricidad de hacía años.

Aurora la miró.

—No sé.

—Está pagada.

—Me alegro.

—Mamá.

—¡Era otra mujer, Víctor! Déjala tranquila.

Él rio y dejó la cuenta en el montón de basura.

Enrique encontró un dibujo.

—¡SOY YO!

Aurora lo tomó. Había una figura humana con seis dedos, algo parecido a un sol y la palabra ENRIQ escrita en una esquina.

—Probablemente.

—¿Por qué tengo tantos brazos?

—Evolución.

Víctor miró por encima de su hombro.

—Eras artista.

—Era un pulpo —corrigió Enrique.

Aurora siguió sacando cosas: una cinta de cumpleaños, documentos vencidos, una libreta de controles médicos, una receta que ya no servía, un sobre con fotografías impresas, un llavero sin llave y dos cargadores de aparatos que probablemente ya no existían.

—Estos se botan —dijo Víctor.

Aurora se los quitó.

—No.

—¿De qué son?

—No sé.

—Entonces se botan.

—¿Y si después aparece lo que cargan?

Víctor la miró largamente.

—¿Qué va a aparecer?

—El aparato.

—¿Qué aparato?

—¡El que necesita el cable, Víctor! Concéntrate.

Él se tapó la cara.

—No puedo creer que crucemos regiones transportando basura tecnológica.

—No es basura hasta que sepamos qué es.

Enrique tomó los cables.

—Importante para mí.

—¡Exacto!

—No lo incentives —dijo Víctor.

La caja de IMPORTANTE PARA MÍ comenzó a crecer peligrosamente.

Las fotografías aparecieron después.

Víctor se sentó más cerca y Enrique abandonó los cables.

Aurora abrió el sobre.

Los niños eran mucho más pequeños. En una de las imágenes estaban los tres en el patio de Cauquenes, con el limonero detrás.

Aurora sintió algo que no era dolor.

Era tiempo.

—Eras distinta —dijo Víctor.

Ella levantó una ceja.

—Gracias.

—No fea.




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