Dos Casas Más Allá

15. La Primera Venta

Pedirle ayuda a Sebastián resultó bastante menos dramático de lo que Aurora había conseguido imaginar durante los cuarenta minutos que pasó intentando escribirle.

Abrió el chat y comenzó con un simple Hola, Sebastián. Soy Aurora, pero apenas lo leyó sintió que era ridículo. Por supuesto que sabía quién era. Lo borró y volvió a intentarlo, esta vez procurando ir directo al asunto, aunque tampoco consiguió enviarlo.

Después de varias versiones innecesarias para una conversación que probablemente podía resolverse en tres líneas, Aurora miró la pantalla y se preguntó en qué momento pedir ayuda se había convertido en una actividad de alto riesgo.

Borró todo una vez más.

Hola, cuñis.

—No.

Dejó el teléfono sobre la mesa.

Lo volvió a tomar.

Hola, Sebastián. El sábado tengo la primera feria de Entreluz y necesito trasladar una estructura y unas cajas que no caben en mi auto. Fernando me dijo que quizás podrías ayudarme con la camioneta. Si puedes, genial. Si no, cero problema.

Aurora leyó el mensaje un par de veces y decidió que estaba bien. Era claro, directo y no contenía ningún intento de secuestro emocional, pero tampoco una larga explicación de por qué necesitaba ayuda ni tres alternativas destinadas a evitarle a Sebastián la incomodidad de tener que decirle que no.

Antes de que pudiera encontrarle un defecto nuevo, apretó enviar.

Sebastián respondió cuatro minutos después.

—Sí. ¿A qué hora?

Aurora miró el teléfono.

Eso era todo.

—Tenemos que estar allá a las 9:30.

—Paso 8:45.

Aurora escribió:

—Te pago la bencina.

La respuesta llegó inmediatamente.

—No.

Aurora frunció el ceño.

—Entonces te doy almuerzo.

—Sí.

Sonrió.

Después apareció otro mensaje.

—Claudia quiere ir.

Aurora levantó las cejas.

—¿A ayudar?

Tres puntos.

—Dice que a sapear.

Aurora soltó una carcajada.

—Hueona.

Desde el living, Víctor preguntó:

—¿Qué?

—Nada.

Otro mensaje.

—Yo creo que quiere comprar.

Aurora escribió:

—NO.

Sebastián respondió:

—Pelea con ella.

Aurora dejó el teléfono.

No pensaba pelear con Claudia.

Probablemente.

El viernes por la noche, El Templo dejó de parecer una casa y empezó a parecer una bodega textil que, por alguna extraña razón, también tenía dormitorios.

Había cajas junto a la puerta y la mesa estaba cubierta de etiquetas, fibras, bolsas, tarjetas y cinta adhesiva. En medio de todo estaba el mantel que Aurora había planchado y vuelto a doblar tres veces porque nunca terminaba de quedar como quería.

Con los precios había sido todavía peor. Los cambió dos veces, volvió a los originales y, pocos minutos después, decidió que quizás eran demasiado altos.

Víctor terminó quitándole las etiquetas.

—No.

—Devuélvemelas.

—No.

—Víctor.

—Llevas dos horas cambiando los precios.

—Porque estoy pensando.

—No. Estás entrando en pánico con una calculadora.

Aurora lo miró.

—No sabes nada de costos.

—Tú tampoco, porque cada veinte minutos decides otros.

—Pásamelos.

Víctor sostuvo las etiquetas detrás de la espalda.

—Mamá.

—Víctor.

—¿Cuánto dijiste que valían cuando estabas tranquila?

Aurora se quedó callada.

—Eso.

Le entregó las etiquetas.

—Déjalos.

Aurora las miró.

—¿Y si nadie compra?

Víctor se encogió de hombros.

—Entonces nadie compra.

—Gracias por tu permanente compromiso con mi autoestima.

—Pero si bajas todo porque tienes miedo y compran, tampoco vas a saber si estaban dispuestos a pagar el precio real.

Aurora lo observó.




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