El primer día de montaje comenzó a las seis y cuarenta y tres de la mañana, con Fernando parado afuera de El Templo sosteniendo dos cafés y una bolsa de sándwiches. Tocó, aunque a esas alturas podría haber anunciado su presencia de muchas otras maneras.
Aurora abrió con el pelo todavía mojado, pantalones de trabajo y una expresión que él conocía lo suficientemente bien como para no hacer comentarios.
—¿Casa abierta?
—Sí.
Fernando levantó los cafés.
—Cumplo funciones asignadas.
Aurora tomó uno.
—Excelente.
—También traje desayuno.
—Te amo.
—Eso no estaba en el contrato.
—Beneficio adicional.
Fernando entró y dejó la bolsa sobre la mesa sin preguntar si podía acompañarla al montaje. Tenía que trabajar y Aurora tampoco lo necesitaba ahí. Que cada uno tuviera algo distinto que hacer esa mañana no volvía menos importante lo que estaba ocurriendo.
Víctor apareció unos minutos después y miró el café de su madre.
—¿Hay para mí?
Fernando señaló la bolsa.
—Chocolate.
—Eres mejor persona de lo que pensaba.
—Gracias.
Enrique bajó arrastrando una frazada y todavía con cara de sueño.
—¿HOY PONEN MI PUERTA?
Aurora sonrió.
—Hoy empezamos.
—Pero ¿mi puerta?
—En algún momento.
—¿Hoy?
—Probablemente.
—Entonces voy.
—No.
—Mamá.
—Colegio.
—Pero soy artista.
Víctor abrió el chocolate.
—Artista con asistencia obligatoria.
Enrique lo miró con desprecio mientras Fernando intentaba esconder una risa.
Aurora terminó el café, tomó el bolso y, antes de salir, miró la mesa despejada y la bodega casi vacía. En una de las paredes seguía pegada, torcida y manchada, la hoja del directorio. Desde donde estaba alcanzaba a leer una de las reglas.
Dormir.
Había dormido cinco horas.
Aurora miró a los tres antes de que alguno pudiera decir algo.
—No digan nada.
Víctor levantó las manos.
Fernando también.
—Los odio.
—Te queremos —dijo Fernando.
—Peor.
El espacio de Trama se veía distinto vacío.
Más grande.
Aurora llegó antes que el equipo técnico y caminó hasta el centro del salón. Las ventanas altas dejaban entrar una luz fría de mañana. La pared donde iría la instalación seguía desnuda, con los puntos de anclaje preparados y la estructura metálica apoyada en el suelo.
Seis metros por cuatro.
Ya no parecía una medida.
Parecía una responsabilidad.
Aurora caminó hacia atrás hasta encontrar el punto desde donde, según los planos, debía comenzar el recorrido visual.
Miró la pared.
Intentó imaginar.
No pudo.
Después de meses viendo la obra incluso cuando cerraba los ojos, ahora la tenía demasiado cerca.
—Llegaste temprano.
Aurora se volvió.
Elisa entraba con dos cafés.
—Fernando ya me dio uno.
—Qué invasivo.
—Tiene funciones específicas.
—¿Y yo?
—Tú tienes contrato.
—Mucho mejor.
Elisa dejó el café sobre una mesa.
—¿Lista?
Aurora miró la pared.
—No.
—Perfecto.
—¿Por qué todo el mundo responde eso?
—Porque si dijeras que sí sería preocupante.
Aurora sonrió.
Sebastián llegó detrás del equipo técnico.
—Buenos días.
—¿Trajiste la estructura correcta? —preguntó Aurora.
—No. La de dieciocho centímetros menos.
Aurora lo miró.
Sebastián sonrió.
—Sí, hueona. La correcta.
—Algún día te voy a echar.
—No soy empleado.
—Entonces será más fácil.
Las primeras horas fueron técnicas.
Midieron, marcaron, volvieron a medir, montaron la estructura, revisaron el nivel, ajustaron y esperaron. Aurora descubrió que una cantidad impresionante del trabajo artístico consistía en observar a personas con herramientas mientras una intentaba no estorbar.
A las once y veinte llegó el primer módulo.
Lo levantaron.
Lo fijaron.
Aurora retrocedió.
—¿Qué? —preguntó Elisa.
Ella no respondió.
Algo estaba mal.
No técnicamente. El módulo estaba exactamente donde debía estar. La altura era correcta, la caída también y las fibras se comportaban como en las pruebas.
Pero ahí, en esa pared enorme, parecía otra cosa.
Demasiado denso.
—No respira.
Elisa miró la obra.
Editado: 15.09.2026