La primera reunión oficial con Fundación Trama duró dos horas y cuarenta minutos y terminó con Aurora entendiendo que una obra podía existir perfectamente en su cabeza y, al mismo tiempo, ser completamente imposible de construir con el presupuesto que había presentado.
No fue una tragedia.
Pero estuvo cerca de sentirse como una.
La reunión se realizó en el espacio de Barrio Yungay donde iría instalada la obra. Aurora había visto fotografías, planos y medidas; incluso había visitado brevemente el lugar antes de presentar la propuesta. Sin embargo, verlo ahora, sabiendo que efectivamente tendría que llenar parte de ese vacío, produjo algo distinto.
Seis metros.
Cuatro metros.
La pared parecía haberse agrandado desde la última vez.
Verónica estaba junto a ella.
—¿Sigue pareciéndote buena idea?
Aurora miró hacia arriba.
—No.
Verónica rio.
—Perfecto.
—Pero la voy a hacer.
—También perfecto.
La reunión comenzó.
Había una encargada de la fundación, una persona responsable del espacio, un técnico de montaje, Verónica y Aurora. Cinco adultos hablando durante casi tres horas sobre fibras, peso, anclajes, circulación de personas, seguridad, talleres, derechos de imagen, cronograma y dinero.
Especialmente dinero.
Aurora había preparado el presupuesto con Claudia y Sebastián. Creía que estaba bien.
No estaba mal.
Era peor.
Estaba incompleto.
—Acá tienes treinta horas de producción —dijo Verónica.
—Sí.
—¿Son reales?
Aurora miró la planilla.
—Creo.
El técnico preguntó cuánto tardaría el armado de cada módulo.
Aurora explicó el proceso.
Después hizo el cálculo mental.
Treinta horas no alcanzaban ni cagando.
—No —dijo.
Verónica esperó.
Aurora volvió a mirar la planilla.
—No son reales.
—¿Cuántas?
—No sé todavía.
—Entonces no cierres este presupuesto.
La encargada de Trama intervino.
—Tenemos margen para revisar mientras no cambie sustancialmente el monto total aprobado.
Aurora sintió el reflejo antes de poder detenerlo.
—Puedo absorber algunas horas.
—No —dijo Verónica.
Tan rápido que Aurora casi se rio.
—¿Perdón?
—No presentes un presupuesto construido sobre trabajo invisible.
Ah.
Otra vez.
Las horas preparando talleres, haciendo pruebas, comprando materiales, trasladándose, limpiando, corrigiendo. Todo aquello que durante años había considerado una especie de espacio gratuito alrededor de las cosas importantes.
Aurora tomó el lápiz.
—Tengo que recalcular.
—Sí.
Y no pasó nada.
Nadie retiró la obra ni concluyó que Aurora era una impostora porque su primera estimación necesitara ajustes.
Simplemente siguieron con la reunión.
Durante las siguientes tres semanas, El Templo empezó a cambiar.
Llegaron cajas.
Primero cuatro.
Después ocho.
Luego Aurora perdió la cuenta.
La bodega dejó de parecer una bodega y comenzó a parecer un lugar donde realmente trabajaba alguien. Sebastián instaló un sistema sencillo para almacenar las fibras sin aplastarlas y, por primera vez, Aurora le pagó por hacerlo.
Él miró la transferencia.
—¿Qué es esto?
—Tu trabajo.
—Aurora.
—Sebastián.
—Te estaba ayudando.
—Y yo necesito dejar de construir Entreluz con favores.
Sebastián frunció el ceño.
—No me molesta ayudarte.
—Ya sé. Pero si esto fuera una pieza para mi casa, te dejaría. Esto es un proyecto pagado.
—¿Y si quiero regalarte mi tiempo?
La pregunta era buena.
Aurora pensó.
—Puedes regalarme tiempo como amigo.
—Cuñado.
—Ni cagando.
—Casi.
Editado: 15.09.2026