Claudia llegó a El Templo del Alma el sábado siguiente a las once y nueve de la mañana.
Sola.
Aurora abrió la puerta y la encontró con una bolsa de medialunas en una mano y una botella de jugo en la otra.
—Hola.
—Hola.
—Traje soborno.
Aurora miró la bolsa.
—Pasa.
Claudia sonrió.
—Qué fácil.
—No te acostumbres.
Entró.
Fernando no estaba.
Ese detalle, pequeño y aparentemente irrelevante, Aurora lo registró apenas cerró la puerta.
Claudia no había venido acompañando a su hermano.
No había preguntado si Fernando estaría.
Había escrito directamente la noche anterior:
¿Mañana estás? Quiero conocer Entreluz.
Aurora había respondido que sí.
Y ahí estaba.
—¡Hola! —gritó Claudia hacia el interior.
Víctor respondió desde su pieza:
—¡Hola!
Enrique apareció corriendo.
—¿Quién eres?
Claudia lo miró.
—Claudia.
—¿La hermana de Fernando?
—Sí.
—Ah.
Enrique la evaluó.
—¿Y Fernando?
—En su casa, supongo.
—Ah.
Y se fue.
Claudia miró a Aurora.
—Siento que aprobé algo.
—No te confíes.
Claudia se detuvo frente al rincón de Entreluz.
La lámpara estaba encendida, aunque fuera de día.
Había fibras colgadas, ovillos, bastidores, dos piezas terminadas y una tercera a medio construir sobre la mesa.
Aurora se quedó detrás.
Esperó el comentario habitual.
Qué lindo.
Qué paciencia.
Yo jamás podría.
Claudia no dijo nada.
Se acercó.
Miró.
—¿Puedo?
Señaló una pieza.
Aurora sonrió.
—Te dije que podías tocar.
Claudia pasó los dedos por una fibra gruesa.
—Pensé que iba a ser más suave.
—Esa no.
—¿Por qué usaste esta?
Aurora se acercó.
—Porque no quería que fuera suave.
Claudia levantó la mirada.
—¿Por qué?
Aurora abrió la boca.
La cerró.
—Porque…
Miró la pieza.
La había hecho hacía semanas, tonos crudos, nudos grandes.
Una línea oscura cruzándola de manera irregular.
Nunca había pensado cómo explicar por qué estaba hecha así.
Simplemente lo sabía.
—Porque quería que se notara la tensión.
Claudia volvió a tocarla.
—Ah.
No dijo qué profundo.
No dijo qué artístico.
Solo volvió a mirar.
—¿Y esta parte?
—Esa es más suelta.
—Sí.
—Porque después afloja.
Claudia asintió.
—Me gusta.
Aurora sonrió.
—Gracias.
—Pero no entiendo mucho.
Aurora soltó una carcajada.
—También gracias.
Después de las medialunas, Claudia quiso aprender.
Aurora le pasó cuerda.
—Primero esto.
Le mostró el movimiento.
Claudia intentó copiarlo.
El resultado fue una atrocidad.
Aurora lo observó.
Claudia también.
—Está como el hoyo.
—Sí.
—¿No me vas a decir que para ser el primero está bien?
—No.
—Gracias.
—Martina hizo una medusa atropellada la primera vez.
Claudia levantó la cabeza.
Editado: 15.09.2026