El 21 de marzo, a las seis y doce de la tarde, Sebastián declaró que nadie más podía tocar la estructura.
Aurora levantó la cabeza desde el suelo del patio.
—¿Por qué?
—Porque está terminada.
—Le falta una fibra.
—No.
—Sí. Ahí.
Señaló un punto a la izquierda. Sebastián miró, Claudia también y Fernando, que llevaba veinte minutos sosteniendo una pieza de madera sin saber muy bien si todavía era necesario que la sostuviera, decidió no intervenir.
—No falta nada —dijo Sebastián.
—Yo veo un vacío.
—Porque tiene un vacío.
—No debería.
Sebastián apoyó las manos en la cintura.
—La hueá respira.
Aurora lo miró.
Él sonrió. Había usado su propia frase en su contra.
—Te odio.
—Pero tengo razón.
Aurora retrocedió y contempló la estructura completa. Ocupaba una parte del patio sin dominarlo. La madera que Fernando, Lucas y Sebastián habían trabajado durante semanas se levantaba sencilla, sin barnices brillantes ni adornos innecesarios, y desde arriba caían fibras de distintos grosores y colores. Algunas estaban trenzadas o anudadas; otras permanecían casi rectas. Había nudos torpes, apretados, demasiado gruesos y algunos francamente deformes.
La parte de Claudia era fácil de reconocer, no porque fuera especialmente hermosa, sino porque parecía haber sobrevivido a un accidente.
—No mires mi parte —advirtió ella.
Aurora sonrió.
—La amo.
—Parece intestino.
—Tiene personalidad.
—Te dije —murmuró Claudia, mirando a Sebastián.
—Yo nunca opiné.
—Tu cara opinó.
En otro extremo estaba la trenza de Viviana, firme y pareja, cerca del nudo de Alejandra, que ocupaba mucho más espacio del que le correspondía, cuestión que nadie encontró sorprendente. Paula había conseguido que las distancias generales se mantuvieran razonablemente equilibradas y Andrea había incorporado hilos dorados respetando, para alivio de Aurora, su promesa de no explicar la vibración de ninguno.
Víctor y Martina habían elegido fibras; Lucas había trabajado la madera y los hijos de Paula habían ayudado durante el montaje. Andrés había sostenido piezas durante horas mientras se quejaba de que aquello constituía explotación laboral, Gonzalo no había aprendido un solo nudo y Felipe, contra todo pronóstico, se había convertido en una figura inesperadamente competente a la que Sebastián llamaba cada vez que necesitaba que alguien mantuviera una tensión.
Enrique había conseguido finalmente su puerta.
No era una puerta real, sino un pequeño rectángulo de madera amarilla escondido entre las fibras, tan bajo que un adulto tenía que agacharse para encontrarlo. Aurora había cedido y Enrique había ganado, como ocurría con preocupante frecuencia.
La estructura no era una obra de Entreluz. No exactamente. No tenía autora de la manera en que la tenían sus instalaciones. Tenía historia. Al mirarla, Aurora podía encontrar las manos de casi todas las personas que habían construido algo alrededor de ellos mucho antes de que existiera aquella boda.
Fernando dejó por fin la madera.
—¿Entonces?
Aurora caminó alrededor de la estructura, la miró desde un costado, después desde el patio y finalmente desde la puerta de la cocina.
Sebastián esperó.
—Está terminada.
Él asintió.
—Gracias.
—No te agrandes.
—Demasiado tarde.
A las siete, El Templo parecía haber sido tomado por una organización criminal especializada en matrimonios. Había cajas con copas en el comedor, flores en baldes, bolsas de hielo, manteles, luces, sillas apiladas y una cantidad de comida que sugería que Elena esperaba alimentar a los cincuenta y ocho invitados durante aproximadamente una semana.
Paula caminaba con el computador mientras Alejandra llevaba un teléfono en cada mano. Andrea encendió una vela.
Aurora la apagó.
—Mañana.
—Estoy limpiando.
—Mañana.
—Hay mucha energía acumulada.
—Hay mucha gente acumulada. Se van a ir en un rato.
Claudia pasó cargando una caja.
—Estoy con Aurora.
Andrea la miró.
—No esperaba otra cosa de ti.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Lo recibo igual.
Viviana estaba en el dormitorio revisando por cuarta vez el vestido.
Era rosado, no blanco.
Editado: 15.09.2026