La propuesta llegó un jueves, justo cuando Aurora empezaba a creer que Entreluz había encontrado un tamaño manejable.
No pequeño.
Manejable.
Había aprendido a distinguirlos.
Los talleres en La Hebra seguían funcionando. Ya no aceptaba todas las fechas que le ofrecían y, después del desastre de los tintes, había incorporado una costumbre nueva: antes de decir que sí, preguntaba qué necesitaba realmente cada actividad para existir bien. A veces era tiempo; otras, materiales, una persona de apoyo, menos participantes o simplemente un no.
También vendía algunas piezas. No suficientes para dejar el colegio, ni cerca, pero sí para que Entreluz hubiera dejado de ser una fantasía bonita instalada bajo una lámpara. Había ingresos, gastos, pedidos y personas que preguntaban por talleres. Aurora llevaba una libreta de costos con una disciplina que habría hecho llorar de orgullo a Ricardo y que, por esa misma razón, jamás pensaba mostrarle.
Incluso había comenzado a ocupar parte de la bodega como taller. Las fibras ya tenían estantes, había una mesa de trabajo, cajas etiquetadas, piezas a medio terminar y un pequeño mueble para guardar los materiales que usaba en La Hebra.
Todo parecía avanzar.
Entonces apareció Verónica.
No con un correo.
En persona.
Había ido a El Templo a devolver unas muestras que Aurora dejó en La Hebra después del último taller y se quedó mirando la bodega durante varios minutos.
—Esto creció.
Aurora miró alrededor.
—Un poco.
Verónica sonrió.
—Mientes pésimo.
—Estoy practicando modestia.
—No te queda.
Aurora rio.
Prepararon café y se sentaron en el patio.
Verónica dejó la taza sobre la mesa.
—Quiero proponerte algo.
El cuerpo de Aurora reaccionó antes de saber qué.
Ya no era exactamente miedo. Era esa mezcla de entusiasmo y sospecha que había empezado a aparecer cada vez que alguien decía oportunidad.
—Ya.
—No tienes que responder ahora.
Eso ayudó.
—Mejor.
Verónica abrió una carpeta.
—Hay una fundación con la que trabajamos. Se llama Trama. Están desarrollando un proyecto comunitario en Barrio Yungay y van a intervenir uno de sus espacios.
Aurora escuchó.
—Buscan una obra textil permanente.
—¿Permanente cuánto?
—Instalación de largo plazo. Interior.
—Ya.
—Seis metros por cuatro.
Aurora dejó la taza.
—¿Qué?
Verónica sonrió.
—Eso mismo dije yo.
—Yo hago cosas que caben en autos.
—Lo sé.
—Mi obra más grande cabe en el auto de Sebastián.
—También lo sé.
—Seis metros por cuatro no cabe ni en l camioneta de Sebastián.
—Probablemente Sebastián diría que sí.
Aurora tuvo que concederlo.
—Ese hueón amarra cualquier cosa.
Verónica rio y empujó la carpeta hacia ella.
—No te estoy ofreciendo la obra.
Aurora miró los papeles.
—Ah.
Sintió alivio.
Y decepción.
Las dos cosas al mismo tiempo.
Verónica lo notó.
—Te estoy ofreciendo participar en el proceso de selección.
—Eso suena más aterrador.
—Probablemente.
Aurora abrió la carpeta.
Había fotografías de un salón alto, con muros antiguos, ventanas enormes y una estructura metálica en uno de los extremos. Después encontró las dimensiones, el carácter permanente de la instalación y una frase que consiguió que dejara de leer.
Proceso participativo mediante talleres con comunidad local.
—No.
Verónica esperó.
—No como respuesta —aclaró Aurora—. Como reacción fisiológica.
—Entiendo.
—Conchetumadre.
—También.
Aurora volvió a mirar las fotografías.
Podía imaginarlo.
Ese fue el problema.
No le contó a nadie durante tres horas.
Últimamente estaba haciendo eso más seguido. Guardaba las noticias un rato antes de entregarlas al coro porque le gustaba descubrir qué pensaba ella antes de escuchar lo que pensaban quienes la querían.
Editado: 15.09.2026