Tres semanas después del matrimonio, Aurora anunció que el viernes había pijamada.
Lo hizo mientras cenaban en casa de Fernando. Martina y Lucas estaban ese fin de semana con él; Víctor había ido a juntarse con unos amigos y Enrique comía arroz seleccionando cuidadosamente cada arveja para dejarla en un montón aparte.
Fernando levantó la vista.
—Ya.
Aurora esperó.
Nada.
—¿Ya?
—Sí.
—¿Eso es todo?
Fernando dejó el tenedor.
—No sé. ¿Necesitas una autorización firmada?
—No.
—Entonces ya.
Martina sonrió desde el otro lado de la mesa.
—Está esperando que te pongas raro.
—Eso parece.
Aurora la señaló.
—Tú come.
Fernando volvió al plato.
—¿En El Templo?
—Sí.
—¿Alejandra, Paula y Andrea?
—Sí.
—¿Whisky?
—Probablemente.
—Entonces voy a esconder las cosas inflamables.
Aurora rio.
—Andrea no va a hacer rituales.
—Eso dices siempre.
Enrique levantó la cabeza.
—¿Yo puedo estar en la pijamada?
—No.
—¿Por qué?
—Porque es de grandes.
—Yo soy grande.
Martina miró su montaña de arvejas.
—Claramente.
Enrique la ignoró.
—¿Entonces dónde voy a dormir?
Aurora abrió la boca, pero Fernando respondió antes.
—Acá, si quieres.
Enrique lo miró.
—¿Con Lucas?
—Si Lucas quiere.
Lucas se encogió de hombros.
—Ya.
—¿Y puedo traer mi frazada?
—Obvio.
Enrique lo pensó un momento.
—Ya.
Volvió al arroz.
El asunto quedó resuelto con una facilidad que a Aurora le produjo una incomodidad absurda.
Fernando la observó.
—¿Qué?
—Nada.
—Tienes cara de nada.
—Es que pensé que íbamos a tener que organizarnos más.
—Nos acabamos de organizar.
—Sí, pero…
Aurora no sabía qué venía después del pero.
Fernando esperó.
Ella terminó riéndose de sí misma.
—Nada. Hueás mías.
—Ah.
—No preguntes.
—No estaba preguntando.
El viernes, después del trabajo, Aurora pasó por El Templo antes de buscar a Enrique.
La casa estaba exactamente como la había dejado esa mañana. Había una taza en el lavaplatos, fibras sobre la mesa del taller y una chaqueta de Víctor tirada en el respaldo de una silla pese a que Aurora le había pedido aproximadamente trescientas veces que no hiciera eso.
Dejó el bolso y recorrió el living.
La primera pijamada después de casarse.
Se sintió ridícula apenas formuló la idea.
No era la primera vez que veía a sus amigas desde el matrimonio. Habían estado en la boda, habían aparecido después, hablaban todos los días y Andrea había enviado una cantidad ofensiva de mensajes preguntando por “la vibración conyugal”, todos ignorados.
Pero una pijamada era otra cosa.
Era un espacio antiguo. Uno de los lugares donde Aurora había aprendido que podía desarmarse sin explicar demasiado, donde había llorado, tomado, reído hasta hacerse pipí, dormido atravesada en una cama y despertado con una amiga usando su pierna como almohada.
Había existido antes de Fernando, antes de El Templo, incluso antes de algunas de las versiones de Aurora que ya no estaban.
Quizás por eso una parte de ella seguía esperando que ahora hubiera que negociarlo.
Fernando llegó cerca de las seis para buscar a Enrique.
Tocó el timbre.
Aurora abrió.
—Hola, marido.
—Hola, esposa.
—Vienes por un menor.
—Eso suena pésimo.
Enrique apareció detrás cargando una mochila gigantesca.
Editado: 15.09.2026