Aurora despertó a las seis y treinta y ocho de la mañana del 22 de marzo.
No porque sonara una alarma. Abrió los ojos y durante unos segundos no recordó nada especial. Vio la claridad entrando por la ventana, escuchó un auto pasar por la calle y sintió el peso familiar de Mili acomodada cerca de sus pies.
Después vio el vestido.
—Ah, conchetumadre.
Se casaba ese día.
Permaneció acostada un momento, observándolo colgado frente a la ventana. Había imaginado que despertaría emocionada o aterrada, quizás con esa electricidad insoportable de las fechas que parecen exigir una versión extraordinaria de una misma. En cambio tenía sueño, ganas de hacer pipí y un poco de hambre.
La normalidad le pareció un regalo.
Fue al baño y después caminó descalza hasta la cocina. El Templo estaba en silencio, algo que duraría poco y que decidió disfrutar mientras pudiera. Preparó café y se sentó a la mesa con los pies apoyados en otra silla.
Había flores esperando en baldes, algunas cajas contra la pared y un cartel que Alejandra había dejado la noche anterior con instrucciones que Aurora se había negado a leer. Desde ahí alcanzaba a ver parte de la estructura textil en el patio, iluminada por la primera luz.
Todo estaba suficientemente listo.
Aurora tomó un sorbo.
—Mamá.
Víctor estaba parado en la puerta del pasillo, despeinado.
—Hola.
—¿Por qué estás despierta?
—Porque me caso.
—Es a las doce.
—Gracias por la información.
Víctor se acercó y se sirvió agua.
—¿Dormiste?
—Sí.
—¿Bien?
Aurora lo pensó.
—Sorprendentemente.
Él asintió como si aquello fuera un dato importante.
—¿Y tú?
—Enrique me pateó.
—¿Por qué estaba en tu cama?
—Porque dijo que hoy éramos familia matrimonial y había que dormir juntos.
Aurora cerró los ojos.
—¿Familia matrimonial?
—No pregunté.
Desde el pasillo llegó un grito.
—¡MAMÁ!
Enrique apareció corriendo en calzoncillos.
—¡HOY ES TU MATRIMONIO!
—Me informaron.
—¡TE VAS A CASAR!
—Eso parece.
Enrique se abalanzó sobre ella. Aurora dejó la taza justo a tiempo y lo recibió riendo.
—¿Estás feliz?
—Mucho.
—Yo también. ¿Fernando ya es tu marido?
—Todavía no.
—¿A qué hora?
—Después de la ceremonia.
Enrique la miró con seriedad.
—¿Y después qué?
Aurora levantó una ceja.
—Después seguimos viviendo.
La absoluta falta de espectacularidad de la respuesta pareció decepcionarlo.
—Ah.
Víctor sonrió.
—¿Esperabas que explotara algo?
—No sé.
Aurora besó la cabeza de Enrique.
—Yo tampoco.
A las ocho cincuenta y nueve tocaron el timbre.
Aurora miró el reloj antes de abrir.
Claudia estaba afuera.
—Nueve.
Aurora sonrió.
—Estoy orgullosa de ti.
—Llevo doce minutos dentro del auto.
—Eso cuenta como crecimiento.
Claudia entró con una bolsa de ropa y otra de comida.
—Mi hermano está vivo.
—Buen dato.
—No se cortó afeitándose.
—Milagro.
—Le saqué la máquina.
Aurora empezó a reír.
Sebastián apareció detrás cargando una caja.
—Antes de que preguntes: no son herramientas.
—¿Qué es?
—Emergencia.
Abrió la caja. Había cinta adhesiva, hilo transparente, alfileres, tijeras, analgésicos, curitas, agua, toallitas húmedas y una cantidad absurda de objetos pequeños.
Aurora lo miró.
—Eso es una caja de herramientas.
—Conceptualmente, quizás.
Claudia dejó las bolsas.
—Yo le dije que no trajera el taladro.
Editado: 15.09.2026