La primera vez que Aurora pagó por una mesa para mostrar Entreluz en público sintió que estaba haciendo una estupidez.
Una estupidez de treinta mil pesos.
Tenía el comprobante abierto en el teléfono y llevaba casi diez minutos mirándolo cuando Víctor pasó por detrás.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
Víctor retrocedió.
—Esa es tu cara de cuando hiciste algo y todavía no decides si estás feliz o arrepentida.
Aurora bloqueó el teléfono.
—Pagué una mesa.
—Tenemos una.
—No una mesa-mesa. Un espacio.
—Ah.
Víctor esperó.
—¿Dónde?
—En una feria.
—Ah.
Otra pausa.
—¿De Entreluz?
Aurora asintió.
Víctor sonrió.
—Bacán.
—No sé.
—¿Qué cosa no sabes?
—Si tengo suficientes cosas.
—Tienes como cuatrocientas.
—No son cuatrocientas.
—Trescientas.
—Víctor.
—Doscientas.
Aurora lo miró.
—No es la cantidad.
—Entonces, ¿qué?
Aurora volvió a abrir el comprobante.
Ahí estaba.
Su nombre.
La fecha.
El monto.
Espacio expositor.
No taller.
No regalo.
No algo hecho para la casa de una amiga.
No una pieza subida a Instagram desde la seguridad de El Templo.
Afuera.
—Que va a haber gente mirándolas.
Víctor frunció el ceño.
—Para eso es la feria.
—Gracias.
—De nada.
Aurora se dejó caer en una silla.
—Pueden encontrarlas feas.
—Sí.
—Pueden encontrarlas caras.
—Sí.
—Pueden no comprar nada.
—Sí.
Aurora levantó la cabeza.
—Eres pésimo dando apoyo.
Víctor se encogió de hombros.
—¿Quieres que te mienta?
Aurora soltó una risa.
—No.
—Entonces puede pasar todo eso.
Se acercó a la mesa.
—Y también pueden gustarles.
Aurora miró el comprobante otra vez.
Víctor ya se iba cuando se detuvo.
—Además, si no vendes nada, igual hiciste una feria.
—¿Eso debería consolarme?
—No sé. Pero es verdad.
Y desapareció por el pasillo.
Aurora se quedó mirando la pantalla.
Había pagado.
Ya estaba.
Entreluz iba a salir de la casa.
Fernando recibió la noticia esa noche.
—¿Cuándo?
—El sábado doce.
Él tomó el teléfono.
—Lo anoto.
Aurora lo miró.
—No puedes ir.
Fernando levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Lucas tiene el campeonato.
Se quedó quieto.
—¿Cómo sabes?
—Me contaste.
—Es temprano. Podría pasar después.
—No.
—Aurora—
—Fernando.
Él dejó el teléfono.
—Puedo hacer las dos cosas.
—No quiero que hagas las dos cosas.
Fernando frunció el ceño.
—No te estoy pidiendo permiso.
—Y yo no te estoy dando permiso.
—Eso no tiene ningún sentido.
Aurora soltó una risa.
—Ya. Escúchame.
Se acomodó frente a él.
—Es la primera feria de Entreluz.
—Precisamente.
—Y es un campeonato importante para Lucas.
Fernando guardó silencio.
—Tu hijo lleva semanas hablando de eso.
—Sí.
—Entonces vas a estar ahí.
—Puedo estar en las dos partes.
Aurora negó.
—No quiero empezar esto aprendiendo que cada cosa importante para mí tiene que convertirse en una prueba de amor para ti.
Fernando la miró.
—No lo siento así.
—Bien. Entonces no la conviertas.
Él bajó la vista.
Aurora suavizó la voz.
—Quiero que estés con Lucas.
—También quiero estar contigo.
—Lo sé.
—Es importante.
—Lo sé.
—Entonces déjame decidir a mí qué puedo hacer.
Ahí Aurora se detuvo.
La frase le devolvió algo conocido.
Fernando lo vio en su cara.
—No estoy diciendo que voy a ir igual.
Aurora esperó.
—Estoy diciendo que no quiero que decidas por mí lo que puedo sostener.
Ella respiró.
—Tienes razón.
—Gracias.
—Qué desagradable.
Fernando sonrió.
—Muchísimo.
Aurora pensó.
—Ya. ¿Qué quieres hacer?
Fernando miró el calendario del teléfono.
—Quiero ir al campeonato completo.
Aurora asintió.
—Bien.
—Y quiero ayudarte con la feria sin estar en la feria.
—¿Cómo?
Fernando pensó.
—¿Ayuda, comida o compañía?
Aurora sonrió.
—Ayuda.
—Ya.
—Pero específica.
—Mejor todavía.
Aurora abrió una libreta.
—Necesito transportar el perchero, dos cajas grandes, una estructura y probablemente una mesa auxiliar.
Fernando miró la lista.
—Eso no cabe en tu auto.
—Lo sé.
—Sebastián tiene camioneta.
Aurora levantó la mirada.
—¿Tu hermano?
—Sí.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no voy a mandar a tu hermano a trabajar para mí.
—No lo voy a mandar.
Fernando tomó su teléfono.
Aurora lo miró.
—Fernando.
Él se detuvo.
—¿Qué?
—No lo llames tú.
Fernando tardó un segundo.
Después sonrió.
—Bien.
Buscó el contacto.
—Llámalo tú.
Aurora lo miró horrorizada.
—Ni cagando.
—¿Por qué?
—Porque es tu hermano.
—Lo conoces.
—Lo he visto dos veces.
—Tres.
—Una fue desde lejos.
—Cuenta.
Aurora lo empujó con el pie.
—Hueón.
Fernando dejó el teléfono sobre la mesa.
—Si quieres construir una relación con mi familia, eventualmente tendrás que hablar con ellos sin que yo sea traductor simultáneo.
Aurora frunció el ceño.
—¿Quién dijo que quiero construir una relación con tu familia?
Fernando se quedó inmóvil.
Aurora aguantó aproximadamente dos segundos.
Editado: 15.09.2026