Miércoles, siete y diecisiete de la mañana, mientras Aurora untaba mantequilla en un pan y Enrique buscaba un cuaderno que, según él, había desaparecido durante la noche. Víctor, apoyado contra el refrigerador, tomaba leche mientras miraba el teléfono.
Sonó el timbre.
—¡Yo abro! —gritó Enrique.
—¡No!
Aurora llegó primero.
Fernando estaba afuera, vestido para trabajar y sin café.
Eso fue lo primero que notó.
Lo segundo fue su cara.
—¿Qué pasó?
—Mi papá está en la clínica.
Aurora abrió completamente la puerta.
—¿Qué le pasó?
—Todavía no sabemos. Se sintió mal durante la madrugada. Mi mamá llamó a Claudia y Claudia me llamó a mí.
Hablaba rápido, con una precisión excesiva.
—¿Está consciente?
—Sí.
—¿Vas para allá?
—Ahora.
Aurora asintió.
—¿Qué necesitas?
Fernando abrió la boca.
—Nada.
La respuesta fue inmediata.
Automática.
Los dos la escucharon.
Durante un segundo se miraron.
—Ya —dijo Aurora.
Nada más.
Fernando pareció sorprendido. Quizás había esperado que discutiera.
—Te aviso.
—Ya.
Aurora se acercó y lo besó brevemente.
—Anda.
Fernando se dio vuelta.
—Fernando.
Él miró hacia atrás.
Aurora no repitió la pregunta.
—Estoy aquí.
Fernando asintió.
—Lo sé.
Y se fue.
A las ocho y media todavía no había noticias. A las nueve, tampoco.
Aurora estaba en el colegio y miró el teléfono durante una reunión sin encontrar ningún mensaje. A las nueve y cuarenta escribió:
—¿Cómo sigue Ricardo?
Fernando respondió seis minutos después.
—Estable. Le están haciendo exámenes.
Aurora escribió:
—Ya.
Después redactó otras tres cosas y las borró.
Finalmente preguntó:
—¿Necesitas algo?
La respuesta llegó enseguida.
—No por ahora.
Aurora miró la pantalla.
Antes habría podido encontrar muchas cosas dentro de esas tres palabras. No te necesito. No vengas. Esto no te corresponde. Estoy cerrando la puerta.
Esta vez leyó exactamente lo que Fernando había escrito.
No por ahora.
Respondió:
—Ya. Estoy aquí. La oferta no vence.
Fernando puso un corazón.
Nada más.
Aurora guardó el teléfono y siguió trabajando.
Le costó una barbaridad.
A las once llamó Claudia.
—Está bien.
Aurora soltó el aire que llevaba horas administrando.
—¿Qué pasó?
—Todavía están viendo. Parece que fue una arritmia, pero están descartando otras cosas. Fernando está insoportable.
—¿Insoportable cómo?
—Fernando.
Eso era suficiente.
Aurora sonrió.
—¿Está resolviendo?
—Llegó con una carpeta.
—No.
—Sí.
—¿De dónde sacó una carpeta?
—No sé. Fernando siempre tiene una carpeta.
Aurora rio.
—¿Y Sebastián?
—Fue a buscar a mi mamá porque se vino sin remedios, sin lentes y casi sin cartera.
—¿Y tú?
—Acá, intentando que nadie mate a nadie.
—¿Necesitas algo?
Claudia suspiró.
—Café.
—Eso sí puedo resolverlo.
—Te amo.
—No le digas a Fernando. Se pone celoso.
—Imposible. Está hablando con admisión.
Cortaron.
Aurora encargó café para la clínica.
Editado: 15.09.2026