Dos Casas Más Allá

39. La mesa nunca estuvo coja

La casa tardó varias horas en recuperar una apariencia razonable.

Después del desayuno, Martina y Lucas regresaron a casa de Fernando. Andrea fue la primera de las amigas en marcharse porque tenía algo que hacer que nadie consiguió entender del todo; Paula salió después de comprobar tres veces que llevaba teléfono, cartera y computador, y Alejandra buscó sus llaves durante casi diez minutos antes de descubrir que estaban dentro de su propio bolsillo.

Víctor salió.

Enrique desapareció hacia su pieza después de declarar que necesitaba descansar de los adultos.

Aurora se quedó en la cocina mirando el desastre.

Había tazas sobre el mesón, vasos en la mesa y una fuente cuya propietaria era imposible determinar. El Tres de Copas seguía junto a una servilleta arrugada y alguien había dejado medio pan dentro de una bolsa abierta.

Fernando apareció desde el patio con una botella vacía.

—¿Esto se guarda o se bota?

Aurora la miró.

—¿Por qué guardaríamos una botella vacía?

—En esta casa nunca sé.

—Buen punto. Bótala.

Fernando la dejó en el reciclaje y volvió.

—¿Por dónde seguimos?

Aurora señaló la mesa.

—Por ahí.

Empezaron sin apuro.

Fernando juntó vasos mientras Aurora retiraba platos y restos de comida. Durante varios minutos apenas hablaron, no porque hubiera algo incómodo entre ellos, sino porque estaban cansados y porque la casa, después de tantas voces, parecía agradecer que nadie intentara llenarla inmediatamente con otras nuevas.

Aurora encontró tres cucharas que no reconocía.

—Estas no son mías.

Fernando las miró.

—Parecen de Alejandra.

—Todo recipiente y cubierto sin dueño parece de Alejandra.

—Es parte de su sistema de reproducción.

Aurora levantó la vista.

—¿Sus recipientes se reproducen?

—Sí. Los deja en otras casas y después aparecen dos.

—No tiene ningún sentido.

—¿Desde cuándo eso es requisito para una teoría?

Aurora dejó las cucharas junto a la fuente desconocida.

—Después pregunto en el grupo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque van a venir a buscarlas y tendremos otra pijamada.

Aurora lo pensó.

—Buen argumento.

Continuaron limpiando.

Fernando retiró las copas y Aurora pasó un paño sobre la mesa. Al mover una silla vio algo sobresaliendo cerca de una de las patas.

Un pedazo de cartón.

Se quedó mirándolo.

—No puede ser.

Fernando se volvió.

—¿Qué?

Aurora se agachó y tiró del cartón. Estaba viejo, doblado en una esquina y tenía una marca que probablemente había dejado alguna bebida derramada meses atrás.

Fernando empezó a sonreír.

—Mira tú.

Aurora se enderezó con el cartón en la mano.

—¿Por qué esta hueá sigue acá?

—Rigor histórico.

—Tú lo pusiste.

—Y tú nunca lo sacaste.

—Porque me olvidé.

—Yo preferiría pensar que respetaste una instalación patrimonial.

Aurora le lanzó el paño.

Fernando lo atrapó.

—La mesa nunca estuvo coja.

—Lo sé.

—Desde el principio.

—También lo sé.

—Inventaste una falla estructural para volver.

Fernando apoyó las manos sobre la mesa.

—Necesitaba una excusa.

—Podrías haber dicho hola.

—Demasiado arriesgado.

—Pero entrar a mi casa con un nivel cuatro veces te pareció razonable.

—Parecía profesional.

Aurora rio.

—Parecía psicopático.

—Funcionó.

—No uses el resultado para validar el método.

Fernando seguía sonriendo cuando Aurora volvió a agacharse para revisar si había quedado algo más debajo.

Entonces vio el papel.

Estaba plegado y metido entre la pata de la mesa y la pared, casi escondido detrás del cartón.

Lo sacó.

Al principio no supo qué era.

Después reconoció su nombre.




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